Martes
15 de Octubre de 2019

Cordón umbilical

El cirujano cardiovascular bloquea con extremo cuidado la arteria, sujetándola con la punta de unas enormes pinzas. El anestesiólogo, a su derecha, vigila con detenimiento los signos vitales del paciente. El cirujano hace una seña dirigida a la asistente de salón, que parece entenderlo y se encamina hacia el lugar indicado atravesando, sin percibirlo, el haz de luz muy blanca que rodea a otros dos hombres atentos a la mesa de operaciones. Uno de ellos, el más joven, de amplia frente y nariz de payaso, mira con insistencia aunando en sus ojos toda la energía posible de su inmaterialidad, como si con aquella fuerza en la mirada pudiera socorrer a aquel hombre de rostro idéntico al suyo, con amplia frente y nariz de payaso, que, aunque inmóvil por la anestesia, se debate entre la vida y la muerte sobre el helado metal de la mesa quirúrgica. El otro, anciano ojeroso, divide su atención entre el pecho abierto del operado y la pequeña caja situada sobre la mesa del instrumental, que en ese momento es abierta con suma cautela por la asistente. Un robusto corazón se asoma, arrancándole al joven cubierto de luz una mueca insólita, mientras el anciano aprieta los labios para no sonreír. La asistente de salón, minuciosa, ajena a esos gestos también invisibles para el resto del equipo quirúrgico, transporta el órgano vital hasta donde el cirujano espera inquieto, atravesando, nuevamente sin saberlo, el haz de luz proyectado por el dúo de antagónicos seres. Al llegar junto al cirujano, este examina la preciosa carga asegurándose de su estado. Luego induce al instrumentista a sostener las pinzas que aún mantiene presionadas. Una vez libre la mano derecha, se inclina veloz sobre el pecho abierto del paciente.

Con milimétricos movimientos extrae de la caja torácica el corazón que palpita agónico, sofocado por el intento de latir sin sangre. Hecho esto, lo deposita en las manos de un enfermero que lo lanza dentro del cesto de desechos, sin escuchar los gritos desgarradores del joven cubierto de luz.

—Tranquilo —intenta consolarlo el anciano poniéndole su mano huesuda sobre el hombro—, tienes que ser fuerte ahora.

El joven continúa quebrando su voz en lastimeros alaridos. Es inútil. Desesperado extiende los brazos sin conseguir aferrarse a la mano del cirujano, que ahora coloca en el espacio donde segundos antes estuvo el suyo, aquel corazón lleno de vida.

—Así es el destino— sentencia el anciano, justo al instante en que el cirujano conecta la arteria al nuevo corazón.

El joven cae de rodillas. A su alrededor el haz de luz se hace muy tenue. La piel del rostro se le vuelve flácida de súbito. Ya comienza a desaparecer cuando ve al anciano, urgido por ese vigor estimulante casi olvidado desde hace mucho por sus propias entrañas, caminar hacia la mesa de operaciones. El viejo espíritu, apoyando sus manos frenéticas en el borde, salta y se funde con el cuerpo del hijo. Este ahora permanece exánime frente a las expectantes miradas del cirujano y su equipo médico que aguardan algún signo positivo del trasplante. Los aires de la habitación se condensan. La joven alma mira por última vez su propia carne. Pierde espacio. No hay tanto lugar dentro de un cuerpo. Y acaba de desaparecer dejando un estigma aceitoso sobre el suelo, que los encargados limpiarán dentro de algunos segundos, sin preocuparse. En ese momento los médicos giran al unísono hacia el monitor, donde acaba de reflejarse con un ligero delta, el primer latido.

 

Marlon Dariel duménigo Pau