Viernes
24 de Mayo de 2019

Domingo Sombrío

Budapest se hace cada día más sombrío. En un ático el cuerpo rígido de un hombre enjuto se mece con oscilaciones lentas y monótonas, esperando a que el detective Sándor ordene a los oficiales que le dejen caer por fin.  Budapest es dominada por el miedo al futuro, a lo maléfico que se acerca dentro de las nubes negras provenientes del noroeste. El muerto tiene las manos engarrotadas, “¿cómo alguien así pudo realizar un nudo o escribir una nota?”, piensa Sándor. El Danubio fluye oscuro, parsimonioso, triste. En la nota de despedida están las palabras “mi corazón y yo hemos decidido poner fin a todo”. Los bares están llenos de clientes, pero aun así son silenciosos, esperando la hora que nunca llega y que ha de llegar. Reconoce la frase, Sándor la recuerda, por momentos tararea la canción de pena. En el bar de Szergej un cliente apura la copa, llama al cantinero, le pregunta por Hektor. Un testigo conoce al suicida, su nombre es József, Sándor pide a uno de los policías nacionales que le indique dónde se encuentra, le urge hablar con él. El cantinero asiente, taciturno, deja un trapo sobre el mostrador y atraviesa una cortina carmesí que oculta la habitación contigua. Allí encuentra al testigo, asustado, sus manos tiemblan sobre la mesa en la que tiene apoyado sus brazos fornidos. El cantinero regresa y deja una nota sobre la mesa del cliente. El testigo es un hombre de corta estatura y con una calvicie expandida hasta la coronilla, viste un frac sucio y rasgado sobre el hombro izquierdo, impera a su alrededor un fuerte olor a alcohol barato, Sándor le hace un ademán antes de sentarse en la otra silla cercana a la mesa, y enciende un cigarrillo. El cliente pide otra copa, tira sobre el mostrador sus últimas monedas, llenas de residuos de pan y aprieta en su mano derecha la nota del cantinero. “Usted no imagina cómo su mundo se derrumbó cuando no pudo tocar más el violonchelo”, el testigo habla con voz trémula mientras observa fijamente al detective. Terminada la copa, se pone el sombrero y sale a la calle. “No, señor detective, no puedo decirle, en los años que trabajamos juntos en el bar de Szergej nunca le vi ni escribir su propio nombre”, Sándor libera una bocanada de humo y queda pensativo. Las calles grises de Budapest soportan el paso depresivo de los ciudadanos, el cliente es uno más de ellos, está en lo más hondo de los infortunios, ha caído en desgracia. Sándor regresa a su oficina, habla con su secretaria Aliz, le pide algunos informes. El cliente lleva un año sin trabajo, y algunos meses sin casa, ahora vaga con ropa sucia y ajada, le protege del frío un abrigo encontrado a orillas del Danubio. Lee, mujer.., edad veintidós años…, estatura un metro y sesenta…, muerte por estrangulación (ahorcamiento)…, equimosis en el cuello…, distancia entre la viga y el suelo dos metros y cuarenta…, largo de la soga dos metro y setenta…, no se encontró mueble alguno en el sitio, ni punto de apoyo para poder realizar el  amarre de la soga a la viga del techo…, madera de la viga rasgada en dirección a la derecha en la zona en que la soga está sujeta…, cerca del lugar, a un metro de distancia sobre el piso, una nota de despedida…, “mi corazón y yo hemos decidido poner fin a todo”  Sándor abre la siguiente carpeta, lee, hombre, edad treinta y dos.., viudo…, sus hijos también murieron de cólera…, estrangulación (ahorcamiento)…, la letra de la nota no coincide con la suya…, “mi corazón y yo hemos decidido poner fin a todo”, “es la misma letra”, piensa Sándor en voz alta mientras ve el papel dentro del estuche de la evidencia, se sorprende, llama a Aliz y luego murmura “Domingo Sombrío”. Les mendiga a viejos colegas, comienza hablándoles de los mejores tiempos, y estos por lástima le dan alguna moneda perdida en los bolsillos, pero cada día resulta más difícil desasirse de ellas para ayudar a otros, a pesar de ser aquel hombre su antiguo jefe, y a la vez su maestro. “Un hombre con el reuma tan avanzado en las articulaciones de sus dedos no pudo haber realizado los amarres de la soga, ni haber escrito una nota suicida; además, Aliz, hay muchas coincidencias con estos otros dos suicidios, y sobre todo con el de la muchacha, donde técnicamente le fue necesaria una ayuda para realizar su empresa, y por último la letra de las tres notas es la misma, observa, y ¿has escuchado la canción “Domingo Sombrío” de Rezső Seress?”, Aliz afirma y Sándor prosigue, “en las notas aparece parte de la letra del poeta Javor: mi corazón y yo hemos decidido poner fin a todo”.  Los pasos son lentos, no hay porqué apurarse, la ciudad ha perdido todo color, está inundada de seres abandonados, en recesión, no hay lugar para ellos en una economía contraída, el gobierno solo promete represión, y en su discursos solo se manifiestan las vagas esperanzas en Alemania. “¿La canción lleva al suicidio?”, Aliz pregunta asustada, “no, no es eso, es alguien que ayuda al suicidio inspirado en esa canción”, le aclara Sándor, pero parece ser que Aliz no comprende esto último, ya en la noche no evitará comentar a su esposo las consecuencias nocivas de oír la canción de Rezső. Se detiene frente a una vitrina, observa su reflejo, su rostro atrapado por una barba espesa, su falta de esperanza reflejada en sus ojos claros. Sándor recibió apoyo de los superiores, “Muy bien, encárguese de eso Sándor, pero no gastes mucho tiempo y recurso, que hay cuestiones de mayor importancia como para concentrarnos en raros suicidios”, le dice personalmente su superior. Mete la mano izquierda en el bolsillo del abrigo y aprieta el papel dado por el cantinero, lo saca y lo desdobla, lee: “a las tres en casa de József”. Aliz en la noche aún está asustada, ¿y si la escucha su marido ignorando la letalidad de tal canción?, no puede permanecer discreta, le cuenta a su esposo, ¿y si mi madre la escucha?, llama a su madre, le cuenta, ¿y si mi hermana la escucha?, le cuenta a su hermana: “Domingo Sombrío es una canción que lleva a la angustia, a la desesperación y al suicidio, no la escuches nunca, dile a los tuyos”. Aprieta nuevamente el papel, vuelve a su caminata oscura por una Budapest oscura, condenada a unas largas tinieblas. Una mujer comenta en una fila de ciudadanos silenciosos: “la canción “Domingo Sombrío”, no la escuchen, dicen que mata”, una anciana frente a la iglesia de San Matías alerta que Satanás ha creado una canción asesina llamada “Domingo Sombrío”. El cliente llega al lugar indicado en el papel, está en un callejón lleno de basuras, y hay una puerta de madera al fondo, el cliente toca y espera, luego de un momento se abre estrepitosamente la puerta y todo dentro parece consumido por la penumbra. A Sándor le resulta cada vez más difícil diferenciar un verdadero suicidio de uno encubierto, son cientos los que ocurren, día y noche, nuevos reportes, entre ellos está el testigo llamado József, y “Domingo Sombrío” aparece detrás de todos. Entra, ve una sombra dirigirse hacia unas escaleras de maderas ubicadas al fondo de la habitación en penumbras, le sigue. Sándor no sabe qué hacer, entre tantas evidencias y carpetas sobre el buró de su oficina no encuentra la manera de poner orden, “algo pasa, o ¿quizás sea cierto?”, piensa por un momento, luego llama a Aliz, le pide que le ayude a recoger todo el desorden. En el ático, ve por primera vez el rostro de Hektor, el hombre que ha sido inspirado macabramente por “Domingo Sombrío”, el cliente se quita el sombrero, y mientras lo sostiene entre ambas manos le pregunta: “¿Por qué?”. Sándor pierde el apoyo de sus superiores, “el problema es sencillo, debemos prohibir la canción para evitar más desgracias”, le dice su superior, Sándor explica que solo son supersticiones urbanas, que una canción por más melancólica que sea no puede llevar al suicidio. “Para ayudar”, le responde Hektor, “creo que ya lo comprendes, ¿Por eso no estás aquí hoy, detective?”. “Permíteme una semana más y le traeré un culpable psicópata de carne y hueso”, intenta Sándor convencer a su superior, mas este parece irritarse y pide que tan solo cumpla la orden. “Todos eran personas infelices, a muchos les ayudé a emprender el difícil viaje, pero luego la propia canción alivió parte de mi trabajo”, continuó explicando Hektor hasta que el cliente le interrumpió, “¿y todos te dejaron sus bienes?” Sándor no se da por vencido, no tiene tiempo para otros casos, ante la desobediencia es despedido de la comisaría mas no se detiene una vez fuera, al final logra descubrir el paradero del criminal tras los suicidios, su nombre es Hektor y era el pianista del Bar Szergej, donde tocaba junto a József y al suicida del violonchelo, pero Sándor ahora está en la miseria y pidiendo limosna. “Algunos cedieron varios o todos sus bienes como József, pero la mayoría no tenía dónde caerse muerto, no obstante fue solo elección de ellos, yo solo ayudo a huir de este mundo terrible, como lo haré ahora con usted detective Sándor, pero solo usted lo decide, es una cuestión que le corresponde a usted y a su corazón”, el cliente suspira, parece meditar, luego da unos leves pasos y estrecha la mano abierta de Hektor, por un momento parece sonreír. Días después del descubrimiento del responsable de las primeras víctimas, el cuerpo rígido de Sándor es encontrado por la Policía Nacional mientras se mece con oscilaciones lentas y monótonas, esperando a que el sol de una tarde sombría de domingo permita caer la noche sobre Budapest.

Alejandro Barrios Cordovéz

17 de Diciembre de 2013