Martes
21 de Mayo de 2019

Junta directiva

En la mesa ovalada no cabía un asiento más. El jefe máximo se hallaba sentado en una silla que destacaba por su altura y espaldar reluciente. Los arcángeles se miraban serios. La situación era crítica, debían resolver el problema cuanto antes.

—Ya lo habíamos advertido hace quinientos años —comenzó un arcángel en voz alta—. No podemos seguir así. Debemos reducir gastos.

—No es cuestión de reducir gastos, sino de explorar otros materiales —apuntó otro.

El jefe máximo se acomodó en la silla. Todos se detuvieron a mirarlo.

—¿Cuánto oro nos queda? —preguntó.

—Nos da para terminar este siglo. Los halos y el ribete de las túnicas es lo que más consume —explicó el primer arcángel.

—¿No podemos sustituirlo por latón? —preguntó el jefe máximo.

Los arcángeles guardaron silencio.

—La burguesía hizo algo parecido ¿o no? —continuó el gran líder.

—Eh… bueno señor, sí podríamos hacerlo, aunque si la noticia se filtra y llega a manos de esos demonios… imagínese usted las connotaciones políticas.

El jefe máximo se acarició la larga barba. Seiscientos años atrás enfrentaron la misma crisis. En aquel entonces hicieron que los europeos conquistaran el Nuevo Mundo y se llevaran todo el oro de los salvajes. Esta vez no quedaban más territorios por descubrir, debían hallar otra solución.

—¿Han analizado alternativas? —preguntó.

El segundo arcángel asintió con un gesto.

—Nuestro departamento aboga por la utilización de nuevos materiales. Los halos, en vez de oro, podemos hacerlos con tecnología led, al igual que los ribetes de los trajes. Alumbrarían igual. Y las luces celestiales para subir o bajar gente, en vez de suspender partículas de oro, podemos hacerlo con partículas plásticas refractantes. Ya hemos hecho pruebas. Diez ángeles se presentaron ante mil personas en diferentes partes del mundo, todos bajaron en este haz experimental, y con sus halos de led al igual que los ribetes de los trajes.

—¿Resultados? —preguntó el máximo líder.

—Bueno… —el arcángel se aclaró la garganta—. El cincuenta y cinco por ciento pensó que eran abducciones o visitas de extraterrestres, como la luz queda muy blanca e intensa. Un veinte por ciento que se trataba de nuevas armas del gobierno. Otro quince dijo que era un helicóptero de noticias y el otro diez que se trataba de una propaganda de algún nuevo centro nocturno.

—¿Nadie reconoció nada? —preguntó el jefe máximo.

—Solo un sacerdote y una monja identificaron la presencia divina. Aunque el sacerdote dudó un poco al principio.

El jefe máximo negó levemente con la cabeza.

—No podemos permitirnos equívocos. Debemos encontrar otra solución.

Un arcángel pidió la palabra levantando la mano. El jefe máximo se la dio.

—Soberano, creo que tengo una alternativa viable.

—Hable.

El arcángel comenzó su exposición.

Ahí estaba él. Uno de los cien ángeles seleccionados para llevar a cabo la primera fase de la tarea. Había descendido esa mañana en las afueras de la ciudad. Sin luces ni cantos celestiales. Fue un descenso silencioso, tranquilo. Nadie debía saber que estaba en la Tierra. Así lo quería la Junta Directiva, que desde hacía dos meses preparaba la misión. Si daba resultado enviarían más ángeles.

Llegó a la primera zona de operaciones, en un barrio central de la ciudad. Se detuvo al inicio de la primera cuadra. Respiró lentamente, estaba nervioso. El futuro del cielo dependía de él.

Echó a andar. Se aclaró la garganta y gritó lo más fuerte que pudo:

—¡Se compra cualquier pedacito de oro!

 

Daniel Burguet