Sábado
25 de Noviembre de 2017
Ciencia y tecnología

¡Abajo el arado! ¿Y los bueyes? Agricultura de conservación

Autor: Ms.C. Jorge Sariol
Fecha: 2 de Noviembre de 2017

Está de moda hablar de sustentabilidad. Y de ecología. Como la alimentación es un problema crucial, la agricultura es terreno fértil para debatir lo que cada quien entiende como sustentable y ecológico y otros temas afines.

A la agricultura convencional —intensiva, extensiva o mecanizada—, le compiten la de precisión o consumidora, a gran escala, de insumos ultra especializados. Y en los últimos tiempos pugna la basada en el uso de ingeniería genética y biotecnología.

La nomenclatura al uso, como un temerario juego de palabras, es tan profusa como difusa.

Desde hace algún tiempo una corriente más actualizada habla —también en Cuba— de Agricultura de Conservación (AC). Pero muchos solo saben a medias de qué se trata.

Todos cantan ditirambos cuando leen que —según definición (en versión corta) de la FAO— es aquella cuyo sistema de producción comprende un conjunto de prácticas agrarias adaptadas a las condiciones locales de cada región y a las exigencias del cultivo, a fin de mejorar calidad y biodiversidad y evitar erosión y degradación del suelo.

Y hasta aquí, nada nuevo bajo el sol.

Bajo riego natural o artificial, la AC permite rendimientos comparables con la agricultura moderna intensiva y reduce costos de producción, tiempo y mano de obra, en especial en periodos de alta demanda.

Como cualquier modalidad agrícola, precisa naturalmente de buenas prácticas «con uso de semillas de calidad, manejo integrado de plagas, nutrientes y malezas. Y su aplicabilidad es factible en diversos tipo de paisajes agrícolas o uso de la tierra», lo cual parece bastante obvio.

Tal vez el primer indicio de algo peregrino es que admite incluso agroquímicos o abonos de origen sintético, siempre «que no interfiera o haga daño a los procesos biológicos». Y ya aquí suena un acorde discordante.

La aplicación de la AC exhibe tres principios fundamentales: A) Diversificación de Especies Cultivadas en Secuencia y/o Asociaciones, lo que siempre se llamó, simple y llanamente, rotación de cultivos. B) Cobertura permanente del suelo con materia orgánica, es decir, residuos de los propios cultivos, que en forma de «mantillo» vegetal protege del impacto físico de la lluvia y el viento.

Del mismo modo provee humedad y por tanto de hábitat para numerosos organismos —insectos grandes, hongos y bacterias— que descomponen el «mantillo» y lo incorporan y mezclan, para dar lugar al humus y así favorecen la estabilización física de la estructura del suelo.

Finalmente, entra en liza el principio C): Perturbación Mínima del Suelo en Forma Continua. Esto último, traducido al «humano», es cero roturaciones de tierra —o al menos mínima— en una conjunción verdaderamente sorprendente.

Y aquí arde Troya.

Toda la sabiduría agraria de milenios; de civilizaciones, señoríos y caudillajes; de culturas y procederes atávicos chocan con la AC, de frente y a velocidad cósmica.

El arado, que en su momento fue tecnología de punta, y aun hoy es base, no solo es arcaico, sino también contraproducente.

Otrosí

La AC —y sus promotores— se ­encargan de suavizar el electroshock: No es necesario el laboreo, la roturación o labranza mecánica, porque en medio de tal «mulch» —mantillo— en el que gracias al «edafón» —organismos vivos del suelo—, se procesa toda la materia orgánica, puede producirse la siembra, lo que puede considerarse «labranza» biológica.

La argumentación necesita ahondar en el hecho de que, si bien la labranza tradicional del suelo ha estado asociada con la fertilidad en el proceso de mineralización de nutrientes, se afirma que a largo plazo reduce la materia orgánica. «Por tanto, la mayoría de los suelos se degradan bajo una agricultura arable intensiva y prolongada. Esta degradación estructural promueve la formación de costras y compactación y lleva a la erosión. Bajo condiciones climáticas tropicales, es notoria, pero se puede observar en todos los climas del mundo».

Afirman que «labranza cero», particularmente en el sur de Brasil, Norte América, Nueva Zelanda y Australia, ha dado excelentes resultados.

Desde luego, la Agricultura de Conservación* precisa de un particular—y obligatorio— manejo integrado de plagas. En tal sistema con labranza cero o reducida, basado en cobertura de «mulch», la aparición de plagas y malezas no es poca. Es por ende un elemento importante la rotación de cultivos para interrumpir la cadena de infección.

Los pesticidas químicos sintéticos, en especial los herbicidas, son, en los primeros años, inevitables, pero empleados con sumo cuidado evitan impactos negativos sobre la vida del suelo. También inevitable, principalmente por motivos fitosanitarios, es la quema de los residuos de plantas, con la consiguiente pérdida de nutrientes.

Pero los expertos aseguran que con las prácticas de control integrado de plagas y la rotación de cultivos se producen balances estables entre los organismos del ecosistema y son cada vez más innecesarios pesticidas sintéticos y fertilizantes minerales. La quema de los residuos de cultivos y malezas por motivos fitosanitarios se reduce a un nivel por debajo del sistema original «convencional».

Tantear ventajas y desventajas de la AC inclinarían la balanza del lado positivo, pero nada es en blanco y negro.

¿Cuba, debe?

Los aborígenes cubanos empleaban la coa cuando en el viejo mundo araban a diestra y siniestra, desde A.D.E. Pero medio milenio pesa en las usanzas. Y la necesidad obliga, tanto como la ciencia, la tecnología y la innovación.

Cuba, alargada, estrecha y con escasas lluvias, posee un total de 8 millones 709,3 ha., de las que según la Clasificación Agroproductiva de los Suelos  Cubanos 1 millón 436.6 ha. son muy productivas, mientras que poco productivas son algo más de 4 millones de ha. con erosión ―de muy fuerte a media―, la proporción de superficie del país anda por un 26,4%; con baja fertilidad, un 27,3%.

En el tema agrícola, el país no puede renunciar a ninguna experiencia, las esenciales y las potenciales; las ancestrales y las novedosas; las tradicionales y las ecológicas, muchas veces coincidentes.

La vida es de constante alternativa.

 

 

*El empleo de la agricultura de conservación consigue alta infiltración de agua, que evita el escurrimiento superficial y por la misma razón la erosión. Ambas cuestiones mejoran los recursos subterráneos de agua. En muchas regiones del mundo en que se ha empleado la AC, manantiales naturales secos durante mucho tiempo, rebrotaron nuevamente. Pero las investigaciones están aún por demostrar orígenes y motivaciones.

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