Miércoles
27 de Mayo de 2020
Sociedad

Acciones que cuentan. La historia de Muñeco, en cuatro tiempos

Autor: Lisandra Ronquillo Urgellés, estudiante de Periodismo y Rodolfo Romero Reyes
Fotos: Del autor
Fecha: 30 de Septiembre de 2019
Hace seis años de mi entrevista con Muñeco. Todavía vive en Centro Habana. Tiene una niña de cinco años que en este septiembre empezó prescolar. Me escribe por Facebook. Dice que es feliz…

Había una vez un niño

Nací en Cayo Hueso, en Centro Habana. De mi papá no les puedo contar mucho porque a Carmen no le gusta hablar de eso. Las pocas veces que le pregunté me formó tremenda cantaleta. Con lo poco que me contó mi abuela, y lo que dicen algunos vecinos, he ido atando cabos de esa historia.

Parece que se conocieron en pleno periodo especial. Él estaba en uno de sus «pases por buen comportamiento». Imagínate, sales del combinado el fin de semana y te encuentras a una mujer bachatosa y bailadora como la pura, y entonces te enredas. Mi mamá salió embarazada; fue a verlo incluso a la prisión, pero él decidió darle la espalda.

Cuando cumplió su condena, pasó un día por la casa; yo estaba para la escuela, tenía como seis años. Habló con mi mamá, tomó café y le dijo que se iba del país; eso me contó abuela.

Un día en el barrio, hablando ahí con los socios, alguien preguntó — tal vez lo hizo para hacerme sentir mal — . «Mi puro vive en la yuma», le respondí. Y Gustavo, un negro viejo de aquí de la cuadra, que conoce a todos los que han estado en cana, me dijo: «No sea comemierda, que su papá sigue preso y no va salir más nunca. Dicen que está en “kilo 7”, eso es máxima seguridad, allá en Camagüey».

Vaya, la verdad es que no me interesa mucho saber de él. Yo vivía en mi cuartico con Carmen — sí, porque ya mi abuela se murió cuando yo empezaba la secundaria — y allí vacilaba lo mío: jugaba a las bolas, trompo, a la manito. Después andaba de bonche en bonche; mi mamá no me decía nada. Empecé a juntarme con el elemento del barrio, y terminé arrebatándole una cámara a un extranjero, tremendo empujón que le di, cayó de cara contra el contén.

La Escuela de Formación Integral y el proyecto Escaramujo

Amanda es bajita, y delgada, por eso cuando llegó a la Escuela de Formación Integral (EFI) casi nadie creía que venía con el grupo de universitarios del proyecto Escaramujo. Parecía una más entre los adolescentes que llegan a estos centros por mantener conductas desajustadas o cometer algún hecho tipificado como delito.

Desde el primero de los talleres, Muñeco le cayó un poco mal. No quería participar; saboteaba cualquier técnica de integración que proponían los jóvenes que coordinaban el espacio; se burlaba de sus compañeros cuando estos querían hablar o contaban algo de sus vidas; incluso, se sentaba fuera del círculo, alejado de los demás.

«Me gusta, de comida arroz frito, de postre el flan, color morado y sabor chocolate», así escribió en el pequeño papel que Amanda puso en sus manos. No entendía por qué una maestra quería saber aquello, ni que tenían que ver sus gustos con aprender a filmar o a hacer fotografías. En fin de cuentas, había un montón de cosas que tampoco comprendía: qué hacían unos universitarios dando clases a muchachos como él que lo único que saben en fajarse, portarse mal, robar, deambular por ahí.

A Amanda siempre le han gustado los tatuajes; ha querido hacerse uno pero no se decide dónde y menos qué. Nota enseguida que todos en el grupo tienen, incluso más de uno. Muñeco es el que más: dos lágrimas en la cara, el nombre de su mamá y el de su abuela en el brazo… dice que tiene otra figura, bastante abstracta, en la espalda.

Pasan los días y el grupo comienza a motivarse. El propio Muñeco está mucho más integrado a las actividades. En un clima de mayor confianza, admite: «Al principio, me apunté por embullo; es mejor estar aquí que estar chapeando o limpiando los pasillos. Pero este cursito de Periodismo está chévere, la paso bien, aprendo cosas interesantes y me relaciono con mis compañeros».

Un día los jóvenes del proyecto Escaramujo coordinan una técnica en la que, cada adolescente debe hacerle por escrito un regalo a su compañero. Muñeco se alegró al recibir los suyos: «Pórtate bien para que salgas conmigo de esta escuela. Piensa que el respeto es lo principal de un hombrecillo sencillo y una mujercita como yo. Amiguito, cuídate mucho. Eres un buen muchacho y una bella persona».

Después de varias semanas de debate acerca de sus familias, barrios y la propia escuela, y tras aprender distintos tipos de movimientos de cámaras, planos y otros elementos de la realización audiovisual, el grupo de adolescentes se propuso contar su historia. «Tiene que ser un documental donde todos podamos participar como actores y periodistas», exigió Muñeco. Amanda comprendió que el adolescente había transitado finalmente, del interés a la implicación.

El documental

Llegué a la escuela con cierto temor. Esa era una realidad muy distinta a mi vida universitaria. De todos los procesos, el que más disfruté fue la realización del documental. Alternaron los roles y mientras uno era entrevistado, el otro hacía las preguntas. Trabajaron en parejas, Muñeco entrevistó a Claudia. Los dos estuvieron bastante comunicativos. Él, al finalizar la grabación, comentó que había omitido detalles de los delitos que había cometido porque realmente no le gustaba que esas cosas aparecieran en cámara. Por su parte, durante la entrevista a Claudia, sorprendió a todos al preguntarle por su intento de suicidio, algo que no se había mencionado nunca antes en las sesiones del taller.

En el guion, los adolescentes habían incluido el simulacro de robo con fuerza. Muñeco dio muchas ideas para los movimientos de cámara, incluso, cuando otros eran quienes tenían la cámara en la mano.

Cuando llegué a la casa, descargué los archivos de la cámara de video y me puse a verlos en la laptop del trabajo de mi mamá. Fui directo a su testimonio: «En el destacamento se vive una rivalidad tremenda, a veces hay desconsideración y falta de respecto entre nosotros mismos. No me gusta meterle el pie a los otros, ni las faltas de respeto. Siempre se puede cambiar; en la vida hay que saber comportarse de acuerdo con el lugar donde uno esté.
En mi barrio hablo de una forma, actúo de una forma; ahora cuando salga y consiga un trabajo, si es con gente fina y elegante, yo tengo que portarme fino y elegante también. Ya casi tengo 17 años, ahora las cosas son muy diferentes, ya soy mayor de edad».

Corrí el video y revisé la parte en que hablaba del egreso: «Mi mamá ya habló en el Hospital Ameijeiras para un trabajito como técnico automotriz, y si no se puede, una plaza como camillero. Por la escuela me llevaron a conocer el lugar, y mis compañeros de trabajo son súper estelares. Tengo un jefe que también es bueno, nada, lo que tengo es que aprovechar esta oportunidad. Superarme para tener mis cosas, hasta que llegue a tener mi hijo y mi familia».

Después de ver todos los videos, tomé algunas notas en mi libreta: «Muñeco, vive en Cayo Hueso, Centro Habana, lleva un año y once meses en la escuela, egresará con 17 años. Come mucho. Dice que le gusta el pan con coquito y el flan».

La calle, el futuro, los estigmas

Hacía cuatro años que Amanda había participado del proyecto Escaramujo. Le hablé de mi proyecto de investigación sobre los procesos de reinserción social de los adolescentes en escuelas de conducta; ella me contó de su experiencia, y me puso en contacto con Muñeco, un joven de 21 años a quien ella conoció durante aquellos talleres.

Estaba mucho más delgado que en las fotos. Había crecido. Vestía un overol azul. Me contó que al salir de la EFI trabajó par de años en el Ameijeiras como camillero y ahora es albañil en una brigada de construcción. Me cuenta que el proceso de reinserción no fue nada fácil.

«A mí, en ningún momento nadie fue a brindarme apoyo, al contrario. Me metí por lo menos un año con la policía detrás de mí, tocándome la puerta, con citaciones; si robaban cerca de mi casa o se fajaban en la cuadra, enseguida iban a buscarme. Mi jefe de sector nunca hizo otra cosa que no fuera eso, nunca pasó a preguntar cómo tú estás, nunca me ayudó a buscar trabajo, los que he tenido los conseguí yo solo; y al principio, con la ayuda de los oficiales de Menores», comenta.

En Cuba existe un mecanismo que garantiza a los adolescentes que egresan de la EFI, una ubicación laboral o para continuar los estudios. Durante todo un año se les debe dar seguimiento por la Dirección de Menores del Ministerio del Interior, el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, el Ministerio de Educación. Los centros de estudio y de trabajo están en la obligación de recibirlos y ofrecerles un empleo que puedan desempeñar.

Cuando conversé con Carmen, la madre de Muñeco, comprendí que, como casi siempre, la realidad es mucho más rica. «Al principio los trabajadores sociales me dijeron que buscara unas cartas de la escuela, y que ellos me iban a ayudar. Todo fue entre comillas. Pasar por la EFI es algo que te marca. Yo misma hice varias gestiones y nadie me resolvía. Te daban una luz apagada o te decían: «Mamá, él estuvo preso, aquí no puede trabajar».

En Cuba, según la ley, los menores de edad están despenalizados. Las modificaciones realizadas en las EFI persiguen formar a estos adolescentes desde una perspectiva integral para que continúen sus estudios o se formen en un oficio que les permita reinsertarse — o insertarse por primera vez — en la sociedad. No obstante a lo establecido, persisten los prejuicios, la estigmatización y el rechazo.

«Se pasa trabajo a veces hasta para buscarse una novia. Los padres le decían: no salgas con ese chiquito que es un presidiario, un delincuente, siempre está faja´o. En el trabajo la gente te recibe con una mala opinión. No se dan cuenta que un error lo comete cualquiera en la vida, y después, cuando tú les demuestras que no eres malo, que estás trabajando, que no tienen que llamarte la atención en nada, ya es tarde porque te hicieron pasar el mal rato».

Hace seis años de mi entrevista con Muñeco. Todavía vive en Centro Habana. Tiene una niña de cinco años que en este septiembre empezó prescolar. Me escribe por Facebook. Dice que es feliz: «Al fin salí bien, nunca caí preso, me he vuelto una persona muy trabajadora. La escuela no la extraño. A las muchachas que estudiaban conmigo allí, a esas sí me gustaría volver a verlas, seguro muchas han parido, pero deben seguir igual de lindas».

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