Lunes
25 de Marzo de 2019
Opinión

Al alcance de la mano

Autor: Dainerys Mesa Padrón
Fotos: Ilustración de ALEJ&RO
Ilustración de ALEJ&RO

Quién dice que se han perdido los valores. Están como el amor, flotando en el aire; solo que a algunos no les interesa mucho estirar la mano para agarrarlos.

Escuchamos, y repetimos como verdaderos papagayos: la caballerosidad ya no existe. El no encontrarnos a diario con un héroe que nos rescate del apretado pasillo de una guagua, ofreciéndonos en sublime acto de honor su asiento, no condiciona a estar huérfanos de Lancelotes contemporáneos. Sin embargo, deben andar en misiones bien encubiertas… Se recompensa a quienes venzan la utopía de vivir una experiencia cortés.

Realmente puede transcurrir un año sin tropezar con una mano para subir o bajar, un «pase usted primero», y todas esas proezas a las que no estamos acostumbrados; pero seguimos echando de menos.

El temor a la mentira no asusta ni a los párvulos. Con el escudo de la piedad  más de unos cuantos las inventan en el aire. Y si solo fueran ingenuas fabulaciones; sin embargo, tales engaños a veces arrastran consecuencias bien desagradables para muchas personas. Lástima que la nariz de Pinocho no haya marcado la diferencia.

La desconsideración se acompaña de la agresividad y como inseparables se legitiman. Se nos puede nublar la vista viendo cómo un empleado ignora a un anciano —su cliente— que no escucha bien, no ve bien, no entiende bien.

De ese retroceso espiritual apegado a una selección natural donde el «quítate tú pa´ponerme yo» se hace lema, nacen los peores males de la humanidad.

La culpa, que nunca cae al piso, se refugia bajo las faldas de las condiciones económicas, la crisis, el Apocalipsis. Entonces surge una contradicción básica: en los momentos más difíciles deberían florecer los mejores sentimientos. Pero la familia, célula fundamental de la sociedad, nos hace trizas la teoría.

En el interior de los hogares se forjan y hacen poderosos los desarraigos, las crueldades, la falsedad... Muchas veces sucede en las escuelas. No digo que los maestros; aunque algunos sí fomentan las malas actitudes, como en ocasiones también lo hacen los medios de comunicación.

«Lo que se ve y escucha en la calle no es fácil», me dijo alguien. Y definir «calle» se me hizo un tema de tesis.

La calle viene siendo la práctica, el despliegue, la demostración de los prospectos que fuimos un día, bajo la tutela de padres, educadores, líderes grupales… A la vez, resulta la manera más cómoda de meternos a todos en el mismo saco, guiándonos quizás por ejemplos muy contundentes, pero no mayoritarios; o sí, numéricamente superiores.

La cuestión es que ninguna cualidad le es ajena a la naturaleza humana. No busquemos más culpables mientras el tiempo pasa y los momentos de apropiarnos de ellos también. Subámonos a algún trasto (NO A LA ESPALDA DE ALGUIEN), para agarrar con fuerza eso que flota sobre nuestras cabezas: respeto, lealtad, honradez, consideración, cortesía…

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