Lunes
03 de Agosto de 2020
Cultura

Amor y redención para una poeta eterna

El 27 de abril de 1997 fallece, en La Habana, nuestra única mujer Premio Cervantes de Literatura. 23 años después, aparecen escritos que consolidan algunos espacios vacíos dentro de la historia de su vida. Alma Mater revela el hallazgo de estos «Textos reencontrados»

Autor: Verónica Alemán Cruz, Licenciada en Letras, investigadora del Centro Cultural «Dulce María Loynaz»
Fotos: Cortesía de la autora
Fecha: 27 de Abril de 2020
El 27 de abril de 1997 fallece, en La Habana, nuestra única mujer Premio Cervantes de Literatura. 23 años después, aparecen escritos que consolidan algunos espacios vacíos dentro de la historia de su vida. Alma Mater revela el hallazgo de estos «Textos reencontrados»

No mentiría si dijese que Dulce María Loynaz se ha vuelto mi más ferviente obsesión literaria. Antes de descubrirla, ya tenía algunas que, de un modo u otro, me remitían a ella. Hace casi una década atrás, en el año 2012 —y en el cual se arribaba al 110 aniversario de su natalicio— tuve la dicha de comenzar mi servicio social en el Centro Cultural que lleva su nombre. Una colega decía que la casa tenía su halo de misterio, y creo que es cierto: la magia de la poeta deambula por ella. Basta con entrar y sentirse atraído no solo por la arquitectura y el refinamiento de sus bienes materiales sino también por toda la historia que recoge la que fuera su última morada. Aquella que la vio eternizarse para siempre un día como hoy, hace ya veintitrés años.

No conocí a «La Loynaz» personalmente. Mi corta edad al momento de su desaparición física lo habría hecho imposible. Sin embargo, hoy la siento tan mía como fue de María del Carmen, sobrina y amiga que la acompañó hasta el último de sus instantes; de su hermana Flor —a quien tanto cuidó en la vejez y lloró luego de su deceso—; del propio Aldo Martínez Malo, su albacea literario, al que debemos muchos de los acercamientos a su persona mediante sus Confesiones y Cartas que no se extraviaron.

Y la siento mía, porque ella ha sido objeto de mis más peliagudos estudios, búsquedas, sueños y desvelos. Ha valido infinitamente la pena.

***

Hace poco «encontré» en la Biblioteca Nacional de Chile trece cartas manuscritas de Dulce María Loynaz dirigidas a Gabriela Mistral, comprendidas entre enero de 1948 y 1954. Estas no figuran en el epistolario que compilara Aldo Martínez Malo, donde solo una bien escueta —fechada en 1938— revela el interés de nuestra poeta por conocer a la Mistral. Asimismo, figura entre las halladas, una larga esquela —también manuscrita— que le hiciese a la (en aquel entonces futura) Premio Cervantes la Premio Nobel chilena. Acompañan a estos textos, una nota manuscrita por alguien no identificado dirigida a Dulce María Loynaz, dos cartas mecanuscritas. Una es de Pablo Álvarez de Cañas y su esposa a Gabriela Mistral; la otra, de Consuelo Morillo de Govantes (Presidenta de las Damas Isabelinas de Cuba) al esposo de la Loynaz con fecha 28 de enero de 1953 en la que declara al cronista social emisario oficial para solicitarle a la Premio Nobel que, a su paso por La Habana, ofreciera conferencias en la Casa Cultural de Católicas, sede de la institución que Consuelo dirigía. También, un telegrama de los esposos Álvarez de Cañas-Loynaz alegrándose del restablecimiento de la Mistral.

Mirta Aguirre, Gabriela Mistral y Dulce María Loynaz

Mirta Aguirre, Gabriela Mistral y Dulce María Loynaz

En los predios latinoamericanos, encontramos estas misivas. Cuál sería nuestra suerte que, desde Islas Canarias llegaría un joven, José Alberto Delgado, a nuestro Centro. Consigo traía su estudio sobre un intercambio epistolar entre María Rosa Alonso y Dulce María, hecho que vendría a agrandar el número de documentos recobrados. La tierra ibérica también conserva los manuscritos de nuestra Premio Cervantes a la escritora Carmen Conde y su esposo, el poeta y periodista Antonio Oliver. De la misma manera, la Fondazione Mondadori guarda celosamente dos misivas de Dulce María a su prima, Alba de Céspedes.

En Cuba, seguramente muchos atesoren cartas de Dulce María Loynaz. Entre las conocidas están las cartas que enviase a Jonhy Ibáñez, nieto de Juan Gualberto Gómez, y las que conserva William Gattorno Rangel.

La reciente aparición de todos estos apuntes posibilita comprender con mayor facilidad ciertas etapas desconocidas de su vida, mas eso quedará para estudios posteriores.

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En el trabajo con la amplia papelería de la autora que hoy nos convida, y que resguarda la Biblioteca Nacional de Cuba «José Martí», no aparece texto alguno donde hablase del Apóstol. Sin embargo, en la compilación digital de la Colección Herencia Cubana de la Universidad de Miami, en La Florida, al solicitar documentos en los que se mencionara el nombre de la hija del General, resaltó un ejemplar titulado José Martí y la comprensión humana (1853-1953) dedicado a su centenario, donde la poetisa escribe una página a la que titula «Martí, hombre de fe». A continuación, pongo el texto mecanuscrito y transcribo el contenido de la imagen:

Hay un modo de servir mejor —y como más dulce para quien ha de ser servido— que el ofrecer el tesoro de la bolsa o la inteligencia, el calor de las palabras o el ejemplo, la fuerza de los brazos o del carácter, y hasta el pecho del amor o de la bala que lo busca.

Hay, digo, un modo de servir, de dar, de hacer, más hondo y más enraizado, más difícil y más generoso, que más que en ningún hombre del Continente, se da en José Martí: y este modo de servir es creer. Creer es todavía más que amar. José Martí no solo amó; también creyó.

El amor pudo moverlo a servir a la Patria. Y como a otros, la justicia de su causa, la conciencia del deber, y aun la rebeldía de la sangre joven. Pero a servirla sin cansarse, sin ceder un instante al desaliento y contagiando a los demás aquel fervor irresistible, a servir como él servía, solo mueve la fe.

Cuando Martí servía a Cuba, creía en ella, estaba seguro de su destino y de su puesto en el mundo.

Y ante esta certidumbre, jamás juzgó perdido un solo paso suyo, inútil una jornada, incapaz un solo hilo de tejer la gran red. Jamás le dolió el esfuerzo sin recompensa urgente, el sacrificio desprovisto de fin inmediato, la palabra que se dice con sangre y parece que nadie oye…

Martí jamás se queja, jamás vacila, jamás retrocede.

No sabemos los ríos de amargura que se volcaron sobre él porque su miel está intacta. Ignoramos qué frío le puso alguna vez los labios blancos porque todo él es como una ola tibia que tibia llega todavía hasta nosotros. No nos queda memoria de sus noches de insomnio si las tuvo, de sus días de soledad que fueron muchos, porque él solo habló y escribió de amor y de esperanza. No sabemos de él nada que no sea fecundo, pleno, firme, jubiloso.

Él es quien ve nacer los pinos nuevos tras la tormenta reciente, por bajo de los pinos caídos, cuando casi no han asomado aún sus verdes puntas a flor de tierra; él, quien descubre la cosecha de perlas que da el mar arado por un rejón de fuego.

Y es que solamente creyendo se empuja a veces la verdad reacia.

Solamente creyendo le traspasamos nuestra sangre, le damos cuerpo vivo más allá de nuestro cuerpo y nuestra sangre.

Por eso, cuando las pasiones propias de un pueblo joven, en pugna unas con otras parece que nos ensombrecen el horizonte, yo evoco la confianza, el crédito de bondad y eficiencia que nuestro Apóstol abrió siempre a su Patria…Y digo entonces:

-Somos los hijos de su fe, y Dios no dejará que nos perdamos…

Dulce María Loynaz

Con estas palabras de reflexión sobre Martí, hasta entonces desconocidas públicamente en nuestro país, concluye este homenaje diferente. En tiempos normales, los loynacianos todos (trabajadores del Centro Cultural y del Centro Hermanos Loynaz de Pinar del Río, investigadores de su obra, amigos y amantes de su literatura) habríamos visitado su tumba. Le hubiésemos regalado un ramo de flores, conversado sobre estas mismas apariciones —alegrías infinitas para la cultura cubana y muestra fehaciente de que hay Dulce María Loynaz para rato—, declamado alguno de sus poemas ante el Cristo que se alza en la bóveda familiar y hecho alguna anécdota sobre su existencia. Pero la vida puede variar en solo un instante y, ahora, confinados al recogimiento hogareño, evoco su —bien largo— aislamiento voluntario (como ella misma declarase en 1987 en su discurso por la entrega del Premio Nacional de Literatura) y desde mi casa intento imaginar cuán hermoso ha de ser lograr que perdure una vida a través de la palabra, como ella lo hizo.

 

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