Viernes
14 de Diciembre de 2018
Humor

Antes… ¿mejor que ahora?

Fotos: Ilustración: Yaimel
Fecha: 3 de Diciembre de 2015

El otro día una vecina comentaba que los garbanzos de ahora no se podían comer; ni la Reina (la olla) lograba ablandar esos granos. «En cambio, los garbanzos de antes, —decía— parecían seda, una mordidita y camino fácil por el esófago».

Al menos en un primer momento, aquella analogía rozaba lo ilógico: hasta entonces mis ínfimos ­conocimientos culinarios y/o agrícolas indicaban que la característica principal de los susodichos garbanzos era su dureza, unas bolas algo difíciles de tragar. Esto sin contar el requerido acompañamiento porcino, propenso a quedar fuera de la receta dado su astronómico precio actual.

Sin embargo, la irritada evocación de la señora me llevó a meditar en las veces, ¡innumerables!, en que las llamadas personas mayores nos contaban a los muchachos del barrio las «delicias» de su pasado. Que si el refresco a medio, que si la galletica de soda, que si ganso, uvas y manzanas, que si carnavales y refrigeradores llenos, que si navidades de verdad…

Millones de fabulaciones nos narraban los mayores, mientras nosotros, chiquillos al fin, abríamos la boca muy grande (el gesto propio del impresionado), casi al punto de dejar correr la baba. Imagínense el trauma de un niño, de apenas ocho años, ante el dilema de cuántos refrescos compraría con un peso en la época de los abuelos o en la temprana edad de sus padres. 

Yo mismo llegué a sentirme frustrado cuando Tata (Lucila su nombre real), mi abuela, sacaba a relucir en la casa el asunto del pan, con la explícita intención de restarle crédito a la «cosa» que todas las mañanas comprábamos en la bodega. «El pan de antes, narraba, venía envuelto en un papel lleno de grasa que le chorreaba. Y podía estar una semana guardado, que no se ponía verde. Eso era pan».

Dicho aquello, la comparación resultaba inevitable. Mi pan no venía en papel, menos en uno aceitado.

Mi pan no tenía grasa, en ocasiones ni sal, unas veces estaba duro y otras suave. Y si en realidad quería comerlo fresco debía ser en la mañana, porque de esperar a la tarde corría el riesgo de cierto olor a moho. O sea, que en este punto abuela tenía razón: mi pan era una cosa. 

Ahora bien, en el asunto de los huevos nadie me convence aún. Hay que tener mucha imaginación para inventarse que los huevos de antes superaban en tamaño a los de hoy. Aunque claro, uno por creer y enamorarse de cualquier idea mejor, se deja llevar por las fantasías. Lo digo, porque tampoco es que la vida fuera fácil.

Recuerdo que a ratos salía a relucir la historia del tío Agustín, un machetero de la zafra que, en el llamado tiempo muerto —él desempleado—, se dedicaba a limpiar botas para subsistir. O también la historia de Pablito, mi abuelo, no por gusto unido al movimiento revolucionario de los años 50.

Ciertamente, las remembranzas de abuela, y de otros adultos del barrio, tenían su exotismo. Yo me quedaba extasiado cuando Tata relataba su juventud y evocaba la boda con Pablo, allá en el pueblito de Caonao, en Cienfuegos; hecho que tuvo, incluso, repercusión en la prensa de la época, en una nota publicada por el periódico sureño El Comercio.

Aunque, ya después de grande aquellos cuentos perdieron su gracia. Al tiempo que supe de los refrescos a medio que compraba mi abuela y de su infancia aparentemente feliz, conocí que apenas pudo vencer el sexto grado por los prejuicios de la familia. Y que Pablo, mi abuelo, un carpintero de oficio, apenas llegó al cuarto grado.

De solo pensar, nada me parecía más duro que el antes. Posiblemente ellos suplieran sus necesidades con holgura, porque con unos pocos pesos garantizaban la comida del mes. Pero al margen de esas bondades, su ahora carecía de lucidez como para enjuiciar mi presente. La excusa de los garbanzos era su única opción.

 

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