Miércoles
15 de Julio de 2020
Sociedad

Aprendamos de los niños hoy y siempre

Autor: Isabel Cristina
Fotos: Jorge Ricardo
Fecha: 1 de Junio de 2020
Día de la Infancia.  Foto de Jorge Ricardo

Cuando mi hijo tenía tres años sustentaba, firmemente, la teoría de que «todos los poemas que se han escrito en el mundo es porque a Martí se le olvidaron». Con la celebración del Día de la Infancia, se festeja también su sabiduría instintiva y su inocencia, eso mágico que los conecta a lo silvestre y los hace ser la esperanza del mundo.

Si las leyes del mundo fueran dictadas por los niños seguirían haciendo las tareas, pero supieran que jugar es lo más importante. Quisieran a sus maestros, pero no delatarían a los niños revoltosos del aula. Tuvieran más caries, besarían más a sus abuelos, les harían muecas a las mamás cuando los mandaran a dormir, serían cómplices de sus papás y mandarían siempre el papelito que dice: «¿SÍ o NO?»

Si las leyes del mundo fueran dictadas por los niños, romperían los juguetes para ver de qué están hechos; tuvieran muchos hermanitos; verían mil veces El Rey León y marcarían con una X en el SÍ del papelito. Tomarían yogurt de soya y pedirían postre siempre, alegando que el dulce fija el hierro. Aprenderían a pararse de cabeza para entender mejor el mundo de los grandes. Tuvieran mascotas para entender mejor el amor y la muerte y vivirían como los animales salvajes para entender mejor la libertad.

Si la historia de Cuba fuera contada por sus niños, sería una historia muy distinta. Tal vez nuestros héroes fueran superhéroes, pero seguramente fueran más humanos que en los libros. Junto a sus estrategias de combate, conoceríamos sus colores favoritos, junto a sus ideales patrios, sabríamos qué soñaban cuando dormían boca arriba y si les gustaban los caracoles y las telas de araña.

Si la historia de Cuba fuera contada por sus niños, sería más cierto eso de que la Revolución Cubana es una sola desde Céspedes hasta Fidel. Porque los niños, románticos y soñadores, confundirían épocas y luchas y pintarían al Ché fumándose un tabaco con Máximo Gómez, a Celia sentada en el regazo de Mariana, a Agramonte con el sombrero de Camilo y a Guiteras con el machete de Maceo. Los niños hermanarían a sus héroes y alejarían sus rostros de los mármoles, escribirían con tiza y sobre el asfalto sus frases célebres y se pondrían flores detrás de la oreja, porque allí, en sus cabecitas despeinadas vivirían los héroes y las grandes hazañas.

Si la historia de Cuba fuera contada por sus niños las crisis fueran menos tristes, los apagones del Período Especial fueran la fiesta de las canciones y la algarabía de los portales, el momento perfecto para que entraran volando los cocuyos. La época del coronavirus pasaría a la historia como el año en que los padres más aplicados aprendieron de los niños, como el instante en el que el mundo dejó de girar y cambió para siempre.

Cuando comenzó la pandemia dela COVID-19, mi hijo, que ya tiene 9 años, me dijo que «si los que se morían de coronavirus eran los adultos, entonces los niños serían los dueños del mundo y todo sería más bonito y más justo». También me dijo que «los adultos, para salvarse, tenían que volverse un poco niños».

Para protegernos de esta y de las otras crisis que vendrán, tenemos que aprender más de nuestros niños, escucharlos y seguirlos, porque ellos perciben la realidad más profundamente, aunque parezca imposible. Ellos son el resultado de nuestro pasado y nuestro presente, la prueba definitiva e irrefutable de lo que hemos construido como planeta, como país, como familia. En los niños está la clave del porvenir, intercambiar saberes con ellos es nuestro encargo para construir un mundo mejor, para que la gente siga escribiendo los poemas que a Martí se le olvidaron.

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