Martes
20 de Agosto de 2019
Cultura

Asimetrías

Autor: Coordinador: Antonio Herrada
Fotos: Ilustración de Carralero
Fecha: 11 de Octubre de 2016
Ilustración de Carralero

Sobre mi abuela, las deudas y un árbol genealógico

Ania Terrero /(abril de 2016)

Si yo tuviera un blog, y fuera disciplinada, y escribiera a menudo, el post de esta semana sería sobre mi abuela. Porque esta semana mi abuela cumpliría años, la familia inmensa se vería para un almuerzo en su casa y ella cocinaría… muy tarde. Antes, yo me escaparía de la oficina, compraría dos potes de helado y aparecería en su casa de sorpresa para contarle de la FEU, de Cachivache, del periodismo y de todo lo que pasa.

Pero mi abuela ya no está, o está en otra parte. Y yo siento que debo estas líneas. Aunque no tenga un blog, aunque a lo mejor no se publiquen y casi nadie las lea. Pero mis hijos, mis nietos y hasta mis bisnietos tienen que poder, dentro de muchos años, leer sobre su tatarabuela. Sobre la Escalante que crió Terreros.

Mi abuela hizo cosas raras y en medio de todo fue coherente consigo misma. Cuando yo era niña nunca me dejó ver la novela. Los días que me quedaba en su casa a las ocho y media de la noche me mandaba a bañar y acostar. «Porque las novelas no se hacen para los niños y en tu casa tú te acuestas temprano, así que dale… para arriba». Así me decía, y se quedaba frente al televisor hasta las dos o las tres de la mañana. Sin embargo, si pasadas unas horas no me podía dormir, me escabullía escaleras abajo y me sentaba en el sillón a su lado mientras veía Un palco en la ópera o algún programa similar. Ella me miraba por encima de los espejuelos, sonreía, y sin darme permiso me daba permiso.

Otras veces, mi abuela y yo nos íbamos de excursión Habana adentro en busca de cualquier cosa: un tornillo especial para la máquina de coser que nunca arregló, el hule para renovar el forro de las sillas de la cocina que nunca cambió, o la tela específica para unas cortinas que nunca me hizo. Porque mi abuela hacía de todo, pero a su ritmo.

Y en medio de una de aquellas aventuras, pleno Obispo, doce del día, me antojé de tomar helado: un frozen de a peso de los que venden en todas las esquinas. ¡Y mi abuela me dijo que no! Porque quién sabe con qué agua hacen eso, y qué rayos le echarán. Eso es puro químico y bacterias. Y yo anonadada, sorprendida, insultada. Hasta que en la esquina siguiente paró mi abuela en una tienda y me compró un helado caro, de los que se llaman Extreme o Supreme, ya ni me acuerdo. Y yo emocionada, sorprendida, anonadada.

A veces mis primos y hermanos decían que yo era la nieta favorita de mi abuela. Para nada: me consta que mi abuela tenía un corazón gigante equitativamente dividido entre hijos, nietos, sobrinos, primos y todos los muchos otros miembros de la gran familia. Pero mi abuela y yo nos parecíamos: físicamente, en el carácter, en la inquieta pasividad. Nos entendíamos, nos llevábamos bien. Ante el asombro de mis hermanos, podía dormir con ella incluso cuando eso implicaba ni respirar a su lado. Y conversábamos horas de cuando ella era revolucionaria clandestina y la torturaban los soldados de Batista, de los errores que se le escapaban al noticiero de televisión, de cuando vivía en Francia con mi papá acabado de nacer, del último juego de computadora con el que se había obsesionado o de cómo hacer una solianka y de la smetana de la URSS que nunca había vuelto a probar.

Porque mi abuela era una mujer de historias, y con un carácter de anjá. De las que, con toda parsimonia, terminaba de maquillarse mientras en la sala la esperaban los guardias para llevársela presa; de las que le metía la cartera en la cara a los policías durante las manifestaciones en La Habana de antes de 1959; de las que establecían relaciones diplomáticas en la Revolución naciente. Y todo aquello con su porte de lady francesa. El mismo con el que se ganó varios chistes admirados de hijos y nietos cuando con más de 70 años aún se ponía tacones y caminaba erguida en cada una de las reuniones familiares.

Mi abuela nunca supo que el texto con el que aprobé las pruebas de aptitud de periodismo trató sobre ella. Sobre su tenacidad cuando empezó a acumular años y se fue a hacer taichi en las mañanas y a estudiar álgebra en las tardes, para mantener el cuerpo y la mente activas. Tampoco supo lo mucho que sufrí las últimas madrugadas en el hospital, cuando ella apenas podía respirar y yo tuve que crecer años en minutos. Y seguramente no supo lo tan adentro que llevo el último «yo siempre voy a estar con ustedes», que dijo con gestos a través del cristal de la terapia intensiva.

Pero al fin y al cabo estas tienen que ser líneas alegres, porque mi abuela era una mujer práctica, realista, parsimoniosa y optimista. Y yo me pregunto, sobre todo me pregunto, si en donde quiera que esté se acuerda que al final nunca hicimos el árbol genealógico de la familia.

 

Nota: Este trabajo resultó el 1er premio en el concurso de crónicas «Reivindicación a Emilio Salgari», organizado por la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, el Centro Pablo de la Torrente Brau y la revista Alma Mater.

 

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