Miércoles
21 de Agosto de 2019
Cultura

Asimetrías

Autor: Coordinador: Antonio Herrada
Fotos: Ilustración de Carralero
Fecha: 9 de Diciembre de 2016
Crónica premiada en el concurso Reivindicación de Emilio Salgari.  Ilustración de Carralero

LAURA MERCEDES GIRALDEZ COLLERA, estudiante de tercer año de Periodismo.

Facultad de Comunicación

Crónica premiada en el concurso Reivindicación de Emilio Salgari, convocado por la Facultad de Comunicación  de la Universidad de La Habana, el Centro Pablo de la Torriente Brau y la revista Alma Mater

 

La obrerita

Mientras Afrodita la envidia desde el Olimpo, ella camina despampanante hasta la entrada de la Facultad. Sus tacones apuñalan las losas como las navajas de los lanzacuchillos. El vestido largo guarda para sí una figura que hace voltear la vista a hombres y mujeres. Labios que invitan al amor, nariz puntiaguda, pómulos volcánicos y ojos encendidos descansan en un rostro de piel curtida a fuego lento.

La premura de una labor inacabada la persigue, pareciese como si al oscurecer el vestido se hiciera harapos, el carruaje se descompusiera en ratones, lagartos y calabaza: escapa corriendo de las fiestas universitarias y de las peñas que hacen en la Facultad alguna que otra tarde.

Ella no es la misma muchacha sencilla de hace un mes atrás. Ya tiene teléfono móvil, conoció Varadero, cambió la jaba de lienzo por un bolso de la boutique, desechó las sandalias por unas botas altas que van a juego con el vestido que acaba de perder la etiqueta. Ahora viaja en taxi, porque en las guaguas le estropean el peinado.

Sin embargo, llevar los estudios y el trabajo no es coser y cantar, bien lo sabe.

Todo comenzó una tarde de enero. Serían las cinco cuando abrió el refrigerador y ni siquiera hielo encontró, solo unos cuantos huevos adornaban el panorama. Su cabeza quería viajar a una de esas películas en las que cuando una va a comer ya la cena está servida y no hay que preocuparse ni por lavar la vajilla.

En la mesa del comedor descansaba la jaba con panes que había comprado hacía unos minutos en el camino de regreso de la Facultad. Se le ocurrió que podría preparar arroz con algunas tortillas y pan con aceite, eso bastaría para acallar los lamentos de los estómagos de la abuela y el hermanito, porque papá suena a extraño y mamá salió hace un tiempo al agro y jamás regresó para preparar la comida.

A la mañana siguiente el despertador le avisó que ya era hora de hacer el desayuno y llevar a Ernestico a la escuela. ¡Cuánto la alegraría que la hubiese despertado un teléfono como los que tienen en la facu, o como el de Yarelis la del edificio de enfrente! Esa noche no había huevos.

Abrió el escaparate y comenzó a buscar ropa para ir a la fiesta en La Tropical. Su saya más bonita era de cuando cumplió 15, y los zapatos que debía ponerse serían los mismos con los que hacía año y medio estaba yendo a la escuela.

Salió desaforada hacia «el parque» del solar. La vecina, con las uñas acrílicas casi del mismo tamaño que el celular, le propuso conversar sobre negocios, mercancías, ser compañeras de trabajo. No le afectaría la escuela, aunque cuando empezase en el trabajo ya no necesitaría estudiar. Ella la pondría en contacto con su «jefe» y le daría algunos consejos que toda primeriza debe saber. — ¡La prima, te veo mañana antes de ir pa’ la pincha!— gritó.

Entró a la casa. Caminaba pensativa hacia la cama cuando una gota cayó sobre su cabeza, y otra, y otra, y otra más. Alzó la vista y vio cómo la lluvia se escurría entre las tejas caídas del techo para penetrar en las habitaciones. Unos cuantos náilons colocados sobre los muebles y algunos calderos donde los huecos eran  mayores, serían suficientes. Siempre y cuando no apretase la lluvia, entonces  tendrían que llevarlo todo para la casa de al lado.

El reloj ha marcado las nueve en punto. Se apresura a dar la respuesta antes del tiempo «acordado». Yarelis, que la ve venir hacia ella con el alma en las manos, mueve la cabeza en tono de aprobación.

Al pasar por la mesa donde se jugaba dominó, Yunior, el pepillo del barrio, la agarra por el brazo, la arrastra hasta sí y le susurra al oído «Te quiero lista en una hora».

Del cuartucho de su compañera de trabajo sale con dos años menos. Ha vuelto a los diecisiete, aunque la tarea que le espera podría doblarle fácilmente la edad. Luego salen juntas.

De pie en la esquina del Habana Libre, ofrece mercancías y pone tarifas. Luce como una extensión del mural que rodea al hotel.

Y allí la encontré, como salida de un sueño tropical. No necesitaba el famoso pomo en una mano, ni la toalla en la otra. ¿Para qué? Si el aliento entrecortado estaría fingido y tan poca agua no le alcanzaría siquiera para quitar la mancha en el corazón. Su oficio no era difícil de saber, bastaba prestar un poco de atención a la falda que mostraba desprejuiciadamente sus muslos, la blusa que dejaba entrever el alma desgastada y los zapatos de «Lady Gaga» con los que pasaba horas practicando en el cuarto.

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