Lunes
03 de Agosto de 2020
Cultura

Asimetrías: BLEU

Mirelle Cristobal Fariñas (La Habana, 1987). Graduada de Arquitectura en 2012. Se desempeña como profesora de Apreciación del Patrimonio Cultural Universitario en la Cujae.

Autor: Mirelle Cristobal Fariñas
Fotos: Tomada de besthdwallpaper.com
Fecha: 6 de Junio de 2020

Viernes. 6.57pm, hora lunar.

Azul.

Todo en lo que podía pensar era azul.

No el color que alguna vez había tenido la Tierra antes de que la termináramos matando. No el color del cielo en un día de primavera justo antes del apocalipsis tecnológico.

No.

Era un azul inusual, sobre todo en nuestra colonia.

Pieles morenas, cabellos oscuros, ojos negros de pupilas insondables... Esos éramos nosotros. Una amalgama de ADN mezclado que solo intentaba sobrevivir a la devastación dejada por las guerras y una última bomba nuclear. Momentos que nadie recordaba salvo por una granulosa grabación dejada en un contenedor de esos que llamaron, en su momento, «cápsula del tiempo». Se suponía que fuera para recordar una época anterior con motivos de fiesta. No esta vez.

Así que, cuando se descubrió el rostro, mi piel se erizó como nunca lo había hecho, acostumbrada como estaba a predecir las acciones de los demás. No era algo que me gustara; simplemente me habían diseñado así.

No. Tenía que ser un error. Sus pupilas no eran reales. ¿Ojos biónicos? Era un avance tecnológico, uno de los primeros, pero también de los más problemáticos.

Sin embargo, ahí estaba él, sonriendo como si fuera lo más natural del mundo, sin enterarse de que mis piernas acababan de desconectarse de mi cerebro, dejándome clavada en el lugar, mirándolo. Pretendí que no me había dado cuenta. Después de todo, esta anomalía era solo eso, una irregularidad, pero no estaba penado por la ley. Estas personas, simplemente, no sobrepasaban la veintena.

Me entraron deseos de hablar con él, pero mi interlocutor era el nexo entre ambos. No nos presentamos, aunque sentí una conexión instantánea. Me pregunté si lo vería de nuevo. En el campus universitario éramos más de diez mil, así que las probabilidades estaban en mi contra. Mis habilidades investigativas eran vastas, pero usar esos recursos solo para verle de nuevo no parecía algo que una persona en mi posición debía hacer.

No me quedó más remedio que alejarme. El bus me llevó como única pasajera, y mientras veía el desértico paisaje lunar por la ventana casi opaca, algo mandatorio para protegernos de los rayos ultravioletas, no podía dejar de pensarle. Era más joven, no cabían dudas. También era un estudiante. El uniforme blanco con líneas negras diagonales a través del pecho era el distintivo. Eso lo ponía en el límite de esa veintena, la edad a la que no todos querían llegar, pero que a otros les parecía una utopía. Sospechaba que él se encontraba entre esos últimos.

Un salto en mi centro me desconcertó. Supongo que era lo que se daba en llamar «reacción visceral», o como le decían los poetas de la Antigüedad: «mariposas en el estómago». La biología ciertamente se había encargado de poner las cosas en claro: no había mariposas, y era imposible que semejantes insectos habitaran dentro del cuerpo humano. Aunque, considerando que ya no era la Tierra nuestro ambiente, lo de las mariposas se quedaba en pura metáfora.

Tenía que dejar de leer esos pergaminos que me contrabandeaba la vecina, adicta como era a tecnología obsoleta e historias igualmente difuntas.

Mi viaje ese día concluía una semana de exámenes y retórica. Ojalá hubieran servido para algo, pero hacía tiempo que estábamos intentando averiguar la razón por la cual no nos habíamos extinguido, y todavía nadie daba con una respuesta. Simplemente habíamos colonizado otro sitio. No era empezar de cero. Sencillamente nos adaptamos.

Como él y sus ojos celestes.

El suspiro que dejé escapar no pasó desapercibido para mi muy estricta mentalidad erudita. Sí, joven era, pero mis maestros me habían iniciado con prontitud, y era un prodigio. Sus palabras, no las mías. Se suponía que mi vida estaba definida por esas mismas interminables lecciones sobre el pasado: «aprender de dónde vienes para saber a dónde vas». En el fondo, mi alma siempre se rebelaba.

Era inevitable. O, para ser honesta, yo lo hacía inevitable.

Una pizca de color aquí; un objeto arcaico por allá. Mi pequeña cápsula no podía albergar mucho, pero era suficiente para recordar que no podía perder quien era. Los años terminarían erosionando mi personalidad, un detalle que todavía los Ingenieros del Alma —o lo que es lo mismo: los que se encargaban de modificar todo el ADN— no habían conseguido eliminar.

¿Qué era lo que me diferenciaba de los demás?

¿Por qué me habían elegido cuando apenas contaba con una década de vida recién cumplida, entre candidatos a eruditos que me doblaban la edad?

En un principio, la sapiencia y el acceso a ese enorme edificio que se alzaba sobre la plaza del mercado habían sido suficientes para seducir a la joven mente de mi yo del pasado. Más de veinte años después, todo el brillo había convertido esos sueños en polvo lunar, y era más una prisión que un paraíso.

Por eso los eruditos necesitaban sangre nueva continuamente. Por eso me habían permitido a mí, una de las pocas mujeres eruditas, y encima, la única cuyo cabello aún no era blanco, el poder asistir a la universidad. Socializar con otros entes, le llamaban a esta suerte de experimento que ya llevaba más de cinco años. La frase era una de desprecio, y el detalle no se me escapaba.

Pero esas preguntas me seguían plagando. Así que cuando ese viernes lo conocí y perdí casi el sentido de la orientación gracias al impacto, supe de pronto las respuestas.

Yo no era como las demás. Nunca lo había sido. Nunca lo sería.

Estábamos destinados a conocernos, y no había manera de detener eso.

A pesar de toda la manipulación a la que nos habían sometido durante un centenar de años, todavía conservábamos el libre albedrío del primer día. Todavía éramos dueños de nuestro destino, cualquiera que este fuera. Solo necesitábamos un pequeño impulso, una pequeña piedra en el estanque.

Sus ojos azules fueron la mía.

Era hora de entrar en acción.

 

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