Viernes
10 de Julio de 2020
Cultura

Asimetrías: Tres cuentos de Kevin

Kevin Soto escribe poesía y narrativa. Estudia Periodismo en la Facultad de Comunicación y tiene una sensibilidad muy propia para mirar el mundo y luego contarlo. Sus personajes e historias son en apariencia sencillos, pero no simples. Al contrario, guardan en sí el encanto de lo cotidiano con dosis bien manejadas de humor y fantasía. Lean y comprueben.

Autor: Kevin Soto
Fotos: Tomadas de varios medios
Fecha: 26 de Mayo de 2020
Foto tomada de https://noticiasrtv.com/

«Salsa de tomate»

Pablo Lafonte, en la quietud del domingo, arregla su distintivo bigote tras haber lavado y planchado sus ropas, todas de color blanco.

La apariencia lo es todo, y mucho más para el único acomodador de interiores de neveras de todo el Pueblo Baraja, oficio muy requerido en la región pues tras la derrota definitiva del hambre y la miseria, la gente suele presentar dificultades para acomodar su refrigerador de manera tal que al abrirlo sea agradable a la vista. Y como Pablo es el único encargado en toda la región, está disponible todos los días las 24 horas. Pero es domingo, y gracias a la paz característica de este día de la semana está entregado a cuidados personales.

No obstante, el teléfono irrumpe en la serenidad dominical como en anunciación escandalosa de un militar ¡de pie! El acomodador, sin susto y sin apuro, atiende displicente mientras lanza una fugaz mirada al reloj de pulsera que marca las 6 de la tarde.

Al otro lado de la línea habla un señor de voz aguda y nerviosa quien se presenta como un tal Arturo Farat. Atormentado al parecer, pide la ayuda del señor Lafonte casi en llanto y, sin dar más datos que su dirección, cuelga el teléfono.

Sin merodeos, Pablo prepara su maleta y parte hacia la casa del señor Farat. Una vez en la dirección indicada es recibido por el desdichado. Hombre este muy delgado, casi famélico, de ojeras severas y barba sin arreglar a conjunto con su pijama desteñido, quien con postura de abad lo guía hacia su tormento: el refrigerador.

Antes de abrirlo, Pablo examina el exterior de la nevera mientras oía al pobre Arturo dar explicaciones y justificaciones del posicionamiento en el frigorífico de las últimas compras.

Después de las observaciones previas, el acomodador se dispone a abrirlo. El terror de Arturo, quien busca escondite tras un aparador, acentúa la tensión. Pablo sigiloso se acerca, toca despacio la agarradera y en un movimiento brusco hala la puerta dejando ver un interior desolador, poblado únicamente por un tarro de cristal con salsa de tomate.

El acomodador desconcertado saca a Arturo de su escondite y lo comienza a interrogar:

- ¿Es usted un hambriento o un pobre? Tengo entendido que de esos ya no existen.

- No, señor, no lo soy.

- Entonces, si el asunto no es de dinero ni de hambruna ¿por qué su refrigerador está tan vacío?

- Mire señor Lafonte, el problema es que ese tarro de salsa de tomate tiene algo que me perturba, que no me deja concebir una estética digna de admiración en mi refrigerador. Ya no duermo, no tengo apetito, ni compro comida por miedo a empeorar el estado de mi nevera… para colmo no lo puedo botar porque está prohibido desechar alimentos en buen estado y, además, la ley frigorífica aprobada hace 20 años impide el consumo de cualquier producto que dentro de la nevera no encaje armoniosamente. ¿Comprende mi desesperación? ¿Puede usted ayudarme?

El acomodador saca de su maleta un set de medición. Comienza a medir los lados del artefacto para calcular el volumen y el área. Emplea la posición del tarro como referente, busca lugares posibles, pero nada. Dibuja un croquis del interior y hace una lista extensa de posibles productos que pudieran hacer juego con el tarro según el tamaño o el color, pero nada, no es un tarro muy grande, pero tampoco pequeño, y el color da la impresión de tener propiedades camaleónicas. Finalmente se dispone a moverlo dentro del refrigerador para intentar desmentir las teorías y los planos, pero nada, sigue sin encajar.

Arturo al verse ahogado en un vaso de agua o, mejor dicho, en un pomo de salsa de tomate, coge el tarro con brusquedad y llorando grita: «¡No me importa ir a prisión, voy a acabar con esto ahora mismo!». Pablo reacciona a tiempo, impide que salga de la casa a deshacerse de la salsa de tomate e intenta arrebatársela. El desdichado la sostiene con fuerza al igual que Pablo, quien mientras forcejea intenta calmarlo y hacerlo entrar en razón, pero Arturo está fuera de sí, lleva tiempo sin dormir y sin comer, está desesperado.

Los dos, tercos como burros, no sueltan el pomo porque motivos tienen para forcejear. Hasta que Arturo, quien ya no puede con su alma, pierde fuerzas en las manos y sin querer lo suelta, provocando que el tarro y Pablo caigan. El cristal se estrella y parte de la salsa mancha las ropas blancas del acomodador, pero, aunque su obsesión por la pulcritud es excesiva, ahora no importa. Están frente a la escena del crimen.

Arturo se lleva las manos a la cabeza y balbucea algo sobre suicidarse. El acomodador cansado de tanta tensión se queda en el suelo como intentando coger fuerzas, reposa la cabeza en el suelo, la gira en dirección al estropicio digno de un filme de Tarantino y observa un trozo de cristal con la etiqueta aún pegada. Por instinto, lo recoge y entre toda la información contenida ve que la dichosa salsa venció hace tres meses.

1-4-2020.

«Los dos negocios»

En el poblado de Santa Josefa de los Callados la gente era tan responsable y trabajadora que, por las preocupaciones, quien no padecía de malos sueños sufría insomnio. Pero las farmacias no disponían de sedantes, por eso no había otro remedio que acudir a la tienda de almohadas de Don Narciso Tegui.

Foto tomada de amazon.com/


Lo bueno del negocio no era que solucionaba el problema más grave del pueblo, sino que lo hacía de manera temporal, pues si las nubes no se gastaran, la gente no tendría que comprar más. Era un negocio redondo.Las personas no sabían cómo esas almohadas lograban hacerlos conciliar el sueño de manera tan placentera. El secreto estaba en que eran hechas de nubes. Don Narciso las bajaba del cielo todas las mañanas, y aunque este no se cansaba de decir su receta a modo de propaganda, la gente en su escepticismo no le creía, entonces era como si fuera un secreto.

Pero un día no tan bueno, llegó a Santa Josefa de los Callados una nueva empresaria llamada Olga Duarte, quien abrió un establecimiento donde vendía relojes hechos de pezuña de perezoso que ahuyentaban las preocupaciones y relajaba a quien lo portara.

El nuevo negocio tenía gran aceptación y ganaba en popularidad, cosa que no le agradaba a Don Narciso, quien poco a poco perdía clientela. El tiempo pasó y ya nadie necesitaba de las almohadas de nubes, lo cual hizo que el desbancado vendedor de sueños fuera a intentar llegar a un acuerdo con la nueva adversaria empresarial.

El encuentro aconteció en el nuevo establecimiento. Tegui con mucho respeto le pidió a Olga que trabajara con él en el mejoramiento de las almohadas con su fórmula para hacer esos mágicos relojes, y así ganaban los dos, a lo cual Doña Duarte muy prepotente le respondió que no necesitaba de ninguna alianza con nadie, las almohadas de nubes eran cosa del ayer.

Según Olga, la gente necesitaba de soluciones seguras, respuestas sólidas e imperecederas a sus problemas, no de ardides tramposos para sacarle descaradamente el dinero como bien hacía Don Narciso.

El vendedor de almohadas de nubes, como inmune a esas palabras, respondió que tal vez él era un tramposo, pero su negocio mantenía vivo a Santa Josefa de los Callados. Olga, envuelta en su prepotencia de ganadora, lo expulsó de su local, y Narciso entendió la desgracia de su pueblo.

Cinco semanas pasaron desde la reunión de los dos empresarios. El pueblo lleno de relojes parecía deshabitado, muerto. Los negocios estaban cerrados, la gente se quedaba en sus casas bajo cualquier justificación, y los que aún se dignaban a trabajar llegaban tarde a sus puestos. Las personas se habían vuelto terriblemente vagas. La responsabilidad que antes molestaba al dormir, ahora era muy necesaria para revivir al pueblo. Todos estaban tan despreocupados que ni siquiera les importaba vivir o morir.

A Doña Duarte ya nadie le compraba relojes porque todos tenían, se quedaba sin dinero. En ese momento entendió las palabras de Don Narciso y comprendió que su negocio no solucionaba el problema.

Entonces, se dirigió a la tienda de almohadas para pedirle perdón y solucionar juntos el asunto. Cuando llegó se encontró con una tendera dormida sobre el mostrador. Doña Duarte la zarandeó desesperadamente, la joven se despertó y con muecas para desperezarse le preguntó qué buscaba. La vendedora de relojes preguntó sobre la presencia de Don Narciso.

La joven lanzó un bostezo y tranquilamente dijo: «Don Narciso hace dos semanas que subió a una nube y se fue, pero me dejó para usted esta almohada».

La empresaria cogió la almohada y se percató que portaba una etiqueta con indicaciones para su uso, las cuales cumplió golpeándola contra la calle. De repente, un nubarrón de tormenta se salió de la funda, escaló al cielo y de un aguacero, como ningún otro, rompió todos los relojes del pueblo.

Hoy día, Santa Josefa de los Callados tiene más vida que nunca, y Olga Duarte vende las mejoradas almohadas de nubes esperando el regreso de Don Narciso Tegui.

9-4-2020

«El ángel desalado»

En Pueblo Baraja no había persona más amargada que Margot: mujer viuda, sola, gorda y con más de 50 años sobre el lomo. Pero ahora de repente hace ejercicios, sale más a menudo y es un poco más jovial, parece otra.

Margot se ha enamorado de Narciso Tegui, el nuevo vecino. Y es que la viuda solo puede sentirse atraída por alguien caído del cielo como el susodicho, quien literalmente cayó del firmamento dos semanas atrás. El caído es noticia en todo el pueblo porque, además de no tripular ningún artefacto volador, no se hizo ningún rasguño en el descenso. Al llegar solo preguntó por el paradero de Matías Pérez. En medio de la estupefacción de las personas alguien le dio la dirección y, como si nada hubiera ocurrido, Narciso dio las gracias y se fue.

Ilustración tomada de es.wikihow.com/


Matías es toldero y fabrica globos aerostáticos que ayudan a las personas perdidas a encontrar su destino. Ahora su producción es mayor y de mejor calidad gracias a la colaboración de Narciso.Los pueblerinos estaban muy sorprendidos. Comenzaron a decir que era un ángel, a pesar de no tener alas, y sobre él inventaron historias y le confirieron poderes sobrenaturales que adornan su figura. Es toda una novedad, además, no habían recibido a ningún otro caído del cielo desde Matías, quien casualmente resultó ser un viejo amigo del supuesto «ángel».

Margot, por su lado, despliega toda una serie de tácticas para seducir al «ángel desalado». Visita con frecuencia la tienda de Matías, compra grandes cantidades de telas y toldos sin ninguna explicación aparente, habla alto, sobreactúa los gestos en intentos desesperados por llamar la atención y se aparece con ropas que para su edad resultan un tanto más repulsivas que seductoras.

En fin, al parecer las carnes vencidas no son el fuerte de Narciso, así que, aún sin darse por vencida, piensa que la única manera de seducirlo es a través de un conjuro. Entonces coge un mazo de lechuga, una col, un frasco con sangre de pollo, tres dientes de ajo, una biblia, un Corán y una Torá (para no fallar en la procedencia religiosa del ángel), mete todos los «ingredientes» en un caldero y para el microwave porque hace semanas que tiene problemas con el gas.

Lamentablemente entre la desesperación, la obsesión y toda la fe en el ritual a Margot se le olvidó que en el micro no se pueden meter objetos de metal, por lo que el artefacto revienta dejando la cocina hecha un estropicio.

En medio del desorden yace Margot, estoica y buscando alternativas de seducción. Pero solo queda vacante la opción del método conversacional. Tenía que ser directa e ir sin miedo a hablar con Narciso. Pero, ¿de qué diablos iba a hablar si lleva años de soledad, sin nadie con quien hablar, sin ningún tema de conversación?

La viuda al ver su situación comienza a llorar porque comprendió en ese momento que había desperdiciado toda su vida y cuán triste es su día a día. Entonces, toma la decisión precipitada de suicidarse. Así que coge un cuchillo y, en el momento que va a hacer de sus venas canales, ve sin querer sobre la meseta la tarjeta de propaganda de la tienda de toldos, la cual anuncia: «Si te encuentras perdido y crees que tu vida no vale la pena, pues no lo piense más ¡viva el sueño de un destino inmejorable con uno de nuestros globos!».

Son las ocho de la noche y Narciso ya está cerrando la tienda. En ese momento llega Margot, desesperada, sudada, con el maquillaje corrido y con el último aliento le pide de favor a Narciso que le venda uno de esos globos aerostáticos. A lo cual Narciso desconcertado responde: «¿Por qué querría irse de aquí la mujer más linda de este pueblo?».

20-4-2020

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