Sábado
05 de Diciembre de 2020
Cultura

Bad Bunny: las claves de un trapero tonto

Autor: Max Barbosa Miranda
Fotos: Ilustración de Yuset Sama
Fecha: 29 de Abril de 2020

Benito habla feo, sucio, es violento al oído, es vulgar; quizás porque así se habla en las calles de Vega Baja, donde nació y creció. Quizás, porque comenzó imitando a Vico C para escribir, o mejor, se inspiró en su lírica. A fin de cuentas, Vico es uno de sus ídolos; uno de esos que — como Benito — prefieren decir en voz alta lo que otros dicen bajito.

Entró a la high¹ cuando el reguetón ya había atravesado el Mar Caribe, de Panamá a Puerto Rico, y de ahí a las comunidades latinas del mundo entero. En ese tiempo en que algunos detractores del sonido que vino después ganaban varios Grammy Latino, llenaban estadios y provocaban que más de una abuela prohibiera aquella «música del demonio» a sus nietas.

Por entonces, él aún no era el de hoy. Eso vino después, cuando llegó la moda de los raperitos de Soundcloud² a Puerto Rico. Le siguió tener a Luián y los Mambo Kings como mentores y representantes. Ahí sí Benito Antonio Martínez Ocasio perdió su nombre para convertirse en Bad Bunny, un fenómeno que puede no gustarte, pero al que no puedes ignorar.

Cuando yo lo conocí, era una de las apuestas más promisorias del trap en español, la primera del sello Hear This Music. Mis estudiantes en la universidad — más cercanos a su edad que a la mía — no paraban de repetir sus letras hasta en conversaciones académicas. Entonces tuve que aprender de él, de su música y su extravagancia, para poder dialogar con esa «generación de Instagram».

Para mí, era un idiota. Aún lo es. Lo peor es que él lo sabe; lo mejor, que no lo oculta. Y no ha hecho nada nuevo: Madonna aún finge ser la rubia tonta con eterna juventud; Lady Gaga usó un vestido de carne antes de filmar A star is born, Melendi cortó sus dreadlocks y hasta cambió la rumba flamenca por baladas rosas. Benito se pinta las uñas, usa ropa ridícula y ridículamente caras, se llama a sí mismo «bobo», luce mal. ¡Ardides de la cultura pop! Pero tiene público, seguidores, mucha gente dando likes y esperando por su próxima movida en redes sociales. ¿Yo? También, uno de ellos.

Creo que fue en San Valentín cuando me dejó prendado. «Amorfoda», video que se lanzó en Youtube, alcanzó más de un millón de vistas en menos de un día. La letra, igual de sosa que las anteriores: estribillo fácil sobre cuatro acordes al piano, un par de palabras altisonantes, líneas marcadamente infantiles. No obstante, el clip fue una joyita breve. Plano secuencia — real, sin corte detectable — con un montón de elementos codificados: la huida del pasado, la abundancia de la vida nueva, la indolencia de ese momento en que todo acabó para uno de los dos. ¿La clave del éxito?, cantarle al desamor el 14 de febrero.

Mientras todo el mundo hacía loas para el ser querido, su himno rezaba: «No quiero que más nadie me hable de amor. / Ya me cansé. To’ esos trucos ya me los sé. / To’ esos dolores los pasé». A fin de cuentas, estar solo y mal amado, depende de uno. Y los solos son más.

Desde entonces persigo sus «clásicos». Temas efímeros, pero pegadizos, rápidamente descartables, a tono con los días que corren. Pero Bad Bunny es una máquina de la industria cultural. No es solo un wonder boy carente de pensamiento, como lo han querido exhibir. Tras de sí hay un aparataje comunicativo que ha sabido moldearlo como un artista entendido en las lógicas del consumo, en los tiempos en que los medios tradicionales han quedado relegados a la cultura del single. Por eso, Bad Bunny sabe cómo sorprender, a pesar de ser producto enlatado, a pesar del derroche de autotune para corregir su mala voz.

El lanzamiento digital de su álbum debut — no podría ser de otro modo — en la Nochebuena de 2018, rompió las lógicas de distribución de su música. X100pre, se convirtió en la anunciación de que el Conejo Malo nos había cambiado para siempre al género urbano como lo conocíamos.

El disco se pinta solo como plataforma para dar el salto a la exploración de ritmos que vendría después en su carrera. Un par de invitados, de los que se reconoce fácil su intencionalidad: Drake, como el corista famoso que intenta versos en Español para entusiasmar al público angloparlante; Diplo, quien le pone al trap ese sonido que lo hace más digerible; El Alfa, con su flow dominicano casi de risas; Ricky Martin, quien hace tan solo un cameo que no aparece ni en los créditos. Un disco con varias pistas memorables. Una de ellas, «Estamos bien», que ya anunciaba el interés político del cantante — real o de oportunidad — sobre la isla de Puerto Rico, tras la devastación que dejó el huracán María.

Pero sus dos genialidades fueron los clips de «Si estuviésemos juntos» y «Solo de mí». En el primero vuelve a la fórmula del desamor en San Valentín, pero esta vez llena de un halo sutil: tonos claros, la añoranza del amor perdido, las claves que le había dejado sacar — tiempo atrás — el videoclip de «Si te acuerdas», donde la tercera edad es protagonista. Para el otro video, buscó a una modelo-actriz trendy, con una intencionada imagen andrógina, que dobla la canción ante una cámara que se acerca, mientras el agresor invisible-macho-violento deja moretones en su rostro hasta que ella lo detiene. Así, Benito se metió en el bolsillo a quienes comenzaron a guardar dedos acusadores fundados en la misoginia en sus canciones. También me ganó entre los suyos, “por siempre”.

Por el camino, también vino el disco sorpresa junto a J.Balvin, guiado por dos exitosos y experimentados en la industria: Tainy, el nuevo productor del Conejo; y Sky, la carta de triunfo del colombiano. ¿El resultado? Oasis, una buena placa sonora con no tan buenos audiovisuales.

Por el camino, además, Bad Bunny conoció a Residente, con quien hizo un par de canciones y, juntos, montaron guardia a Ricardo Roselló afuera de La Moraleja y se subieron a los camiones con quienes pedían la renuncia del gobernador. Por el camino, vino el éxito de Callaíta, y el aval de compartir la escena con otros artistas de éxito: Marc Anthony, Jennifer López, Cardi B, PJ Sin Suela…

Por ese mismo camino, febrero tuvo un día más. A las doce de la noche, Bad Bunny lanzó en Spotify los veinte temas de YHLQMDLG (Yo hago lo que me da la gana), su obra maestra hasta el momento.

Quizás ahí no están sus mejores canciones. Quizás la lista de invitados termina convirtiendo al fonograma en un escaparate para exhibir cuántas relaciones ha logrado el artista en tan solo cinco años de carrera profesional. Quizás moleste, en ocasiones, la falta de modestia y la autorreferencialidad, como marcas distintivas de los géneros que defiende. Pero es indudable que tantos nombres en los créditos de producción hicieron bien su trabajo.

En el videoclip de «Vete» — sencillo previo al lanzamiento del álbum — , los protagonistas discutían acerca de un niño que se ha convertido en una incógnita. Lo vi aparecer en «Ignorantes», el 14 de febrero previo a la salida del disco, en un audiovisual que merece mención aparte. Si bien no supera a ninguno de los que han acompañado las baladas sufridas del boricua para la fecha, con esta pieza, la estrategia para ganar adeptos llegó a otro nivel. Parejas interraciales, gays, lesbianas, heterosexuales conforman una historia coral que culmina con muchos besos, digna de su letra erotizada.

Antes de YHLQMDLG, ya Benito había dado muestras de que vive añorando su adolescencia³, en eso se parece a mí. De cierto modo, sus letras son posadolescentes, a pesar de sus 25 años. Pero, en este CD, el pasado es un pretexto para enganchar a las generaciones más adultas, a la mía.

Hace un viaje a los orígenes del ambiente sonoro de las marquesinas⁴. Recrea la «Garota de Ipanema» con el sonido de los 8 bits de Súper Mario, a quien le copia el estilo en el clip de «Si veo a tu mamá». Armoniza el tránsito del dembou al dancehall, en una cúspide que se alcanza con el tema «Safaera». Hace gala de los recursos que ha aprendido de otros artistas. Aclara los rumores sobre sus conflictos con Anuel AA y genera otros al vestirse de mujer para cantar «Yo perreo sola». Se para, de tú a tú, al lado de consagrados como Daddy Yankee, Jowell & Randy y Arcángel.

Va oscureciendo lo que se escucha. Pasa del mover la cintura, a la variante romántica del trap latino, de ahí al rap y luego a la estridencia del metal, para caer en un melódico final. Y una vez más, juega con el audiovisual a su antojo. Te mantiene frente a la pantalla, pendiente a relatos inconclusos llenos de caos e irrealidad, viendo aparatos obsoletos pero entrañables para los milenials y ambientes que recuerdan al inicio de los años 2000.

A estas alturas, no logro adivinar qué más vendrá. Su música: fea, sucia, violenta, vulgar, buena o mala, ya importa poco. Solo quiero participar de esa habitación, donde no deja claro si remite a su infancia o a los recuerdos colectivos que conectan a varias generaciones con sus múltiples historias.

Como ya me atormenta, le escribo:

«Buenos días. Soy periodista, de Cuba. Quisiera entrevistarlo para publicar en la isla, donde tiene muchos seguidores. Un saludo y que siga cosechando éxitos».

Recibo un «Visto» como respuesta. Me siento frente a Youtube a esperar la próxima canción para dejarle un like, uno más.

***

¹ La High School es la escuela secundaria, en Estados Unidos y el estado libre asociado de Puerto Rico.

² Muchos músicos noveles, comienzan sus carreras en las redes sociales, donde se hacen populares y son descubiertos por los productores.

³ En el tema «Como antes» hace referencia a varios elementos que evocan los inicios de los años 2000.

⁴ Conocidas en Cuba como «bonches», se volvieron populares durante la década pasada.

 

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