Martes
18 de Junio de 2019
Sociedad

Bailarín de ballet

Autor: Yoandry Avila Guerra
Fotos: Tomada de www.flickr.com
Fecha: 5 de Febrero de 2019
Protagonicé una obra de ballet. «El acordeón deseado» podría titularla. El primer acto comenzó en la puerta del medio de un p2. Foto tomada de www.flickr.com

Protagonicé una obra de ballet. «El acordeón deseado» podría titularla. La música acompañante no fue de Chaikovski ni Stravinski, en bucle el “Bajanda” de Chocolate sonó durante toda la función.

El primer acto comenzó en la puerta del medio de un p2. Yo, involuntariamente, en primera posición, luego en tercera, después en primera, más tarde de cuarta a primera, y luego de quinta a tercera, nunca pude salirme del escenario por la aglomeración de personas en el ómnibus.

Las variaciones no estaban coreografiadas, obedecían al espacio dejado por el público espectador del acordeón –menos apolismado-  quien más que solidarizarse con la obra, se preocupaba por llegar a tiempo a sus centros de trabajo o estudio.

La sesión rodante siguió por toda la calzada de Güines –Dolores-Lacret, y pensé que terminaba en la Ciudad Deportiva. Pero ahí comenzó el segundo acto, cuando los empujones de una señora muy gorda me obligaron a sostenerme en la punta del pie izquierdo por más de cinco minutos.

Luego, en el clímax dramático más largo de la historia, viajé por todo Boyeros en quinta posición (con los pies cruzados, los dedos chocando con los talones contrarios, y las manos alzadas intentado alcanzar algún pasamanos) los casi 20 minutos restantes del viaje.

Me bajé en el Vedado con la carga dramática en el rostro de las interpretaciones de Carlos Acosta y su fuerza muscular en las pantorrillas.

Creo que la Empresa Provincial de Transporte de La Habana tiene un convenio oculto con el Ballet Nacional de Cuba para que la población capitalina vivencie la ardua ejercitación de sus bailarines.

 

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