Sábado
24 de Julio de 2021
Sociedad

Cambiar el Cristal... El «bosque impenetrable» de los premenstruales

Autor: Nueve azul
Fotos: Tomada de soloelena.com
Fecha: 23 de Febrero de 2021
Cambiar el Cristal... El «bosque impenetrable» de los premenstrualesIlustración tomada de soloelena.com

Quizás muchas de nosotras hayamos experimentado la sensación de descontrol. La montaña rusa de lo inexplicable —sí puede explicarse—, el sube y baja de emociones, la avalancha de instintos destructivos, demoledores, casi infames.

Con cierta regularidad, sentimos llegar «antojos» y fatigas, miedos, tristezas…

Y no decimos nada. Tratar de explicarlo no es sencillo cuando no se sabe a ciencia cierta qué es lo que pasa.

Pudiera explicarte que durante todo el mes no estás igual, que somos un amasijo de hormonas. Lo sé, pero probablemente ya tuviste esta conversación con una amiga, y ya evitaste esta conversación con un chico. Probablemente ya te llamaron «trágica», o «histérica», o «desequilibrada». Probablemente ya has dicho la frase «ni yo misma me soporto», y te rendiste.

Hasta cierto punto, es eso lo que tienes que hacer: ríndete. Quédate en la cama si es eso lo que quieres. Hazte un ovillito en una mantita tibia y descansa. Confía en tu cuerpo. Es un buen termómetro para ti y la circunstancia.

Lo describo, en nombre de aquellas que se lo han callado, y para aquellos que aún no lo entienden:

Se llama premenstrual. ¿En Google? Síndrome Premenstrual, SPM, PMS (por sus siglas en inglés) y, en su forma más severa, Trastorno Disfórico Premenstrual.

En el período comprendido entre los días en que quemaban a las mujeres en la hoguera y hoy, que nos defenestran en las redes sociales, algunos le llamaban «histeria». Por suerte, esa denominación se va, se va…

Cinco días, diez; en que somos hijas de las brujas más enojadas. Sin ánimos de explicar las variaciones químicas (favor buscar en Google). Sin ánimos. En realidad es eso. Pareciera que nuestra fuerza (a veces muy poca) se concentra en sostenernos y mandarnos —contradictorias— señales para que paremos de una vez de servir al mundo, y nos centremos en nosotras mismas.

Es normal que estemos irritables. Tres de cuatro mujeres están irritabilísimas al menos una vez en la vida por esta causa. Despierta hostil, tempestuosa, con ganas de comerse al mundo-de quedarse en casa-de comerse al mundo (con mucha azúcar, preferiblemente)-de leer o ver cine-de tomarse un café-de llorar hasta desfallecer con el libro o la película que estabas viendo y no vas a terminar porque la protagonista te recuerda aquel momento en que… y allí nos perdemos, imposible seguir el ritmo, el torrente mental que aparece y desaparece las cosas a nuestro alrededor.

Recuerdo hace poco una conversación con una amiga. La cuarentena le había hecho menstruar interminablemente (tres meses son una eternidad menstrual). A mí, me había arrebatado «la regla», el buen humor, la asertividad, la calma. El asunto es que caminábamos juntas a tomar el tren a la Universidad en la ilusión de la «nueva normalidad» de hace unos meses. Ambas pasaditas de peso. Ambas muertas de risa. Ambas hablando del premenstrual como de un viejo conocido (un tanto homicida él), que igual nos hacía comer de forma insaciable o usar calcetines a rayas, «porque son de la suerte, y son esos, y punto». O gritar, o llorar.

¡Teníamos tanto para decir! ¡Nos sentíamos igual! ¡La cofradía femenina existe! No voy a hablar de luchas políticas (Esto también es político, ¿qué no lo es?), ¡somos compañeras hormonales! Sí, las profesoras universitarias y sus alumnas, las que se encuentran en las colas para las toallitas húmedas, las que conversan en la peluquería, o en la biblioteca, o en la casa. Estamos juntas, felizmente atrapadas en el bosque impenetrable de los premenstruales.

Amigos míos: comprendo como mujer que haya mucho de indescifrable aquí (la experiencia ajena es la experiencia ajena), pero este no es un asunto de chicas.

Amigas mías: este no es un asunto de chicas:

Podemos compartirlo con amigas, hermanas, hijas, madres. Podemos divertirnos, cómplices de las travesuras de nuestras hormonas, supervivientes de los muchos días de mal humor o debilidad o instintos de todo tipo, glotonas de los dulces o de las pasiones; pero no debe quedarse ahí.

Estas cosas son un asunto serio. Nuestro cuerpo no es nuestro enemigo y deberíamos aprender a saberlo. Muchas maestras del arte de la feminidad nos enseñan a respetar esos momentos, porque el cuerpo necesita recuperarse. Pienso ahora en una frase impactante para mí en su momento, inspiradora y —como casi todo— igual de limitada, pero inspiradora al fin: las mujeres sangramos durante cinco días, y somos tan fuertes que sobrevivimos a ello cada mes.

A veces pienso que la fortaleza reside más en que sobrevivimos cada mes a los malditos desórdenes hormonales.

Lo que puedo decir es que la sabiduría de nuestras madres y abuelas está a nuestra disposición. A mí me ha funcionado ponerme en pausa y esperar a estar más disponible después, cuando —también— esté mejor. Ojo: después.

Si leemos al respecto, incluso habrá alusiones a las fases de la Luna que podrán ayudarte, como mínimo, a saber por dónde andas en el Universo, y sincronizarte un tanto con él y contigo.

Pero necesitas hacer algo.

Empieza por aquí (no lo había olvidado):

Tienes que ponerle nombre y explicárselo a cuanta persona lo necesite. No tienes que enfrentarlo sola y en silencio porque no estás sola, y tu cuerpo te pertenece; tanto, pero tanto, que los demás también poseen la responsabilidad de respetar sus cambios.

Como decía, este no es un asunto de chicas. Estamos demasiado acostumbradas a estar disponibles, listas, alertas. Acostumbradas a renunciar a escucharnos. Acostumbradas a ser esclavas.

Quizás, si tratamos de vivirlo con cierta normalidad sea incluso más cómodo, un proceso ligero y hasta divertido. Una mujer medianamente consciente de sí misma puede también experimentar sus cambios en pareja, ser cómplice de su cuerpo y sus rituales, y dejarse fluir. Nunca mejor dicho, por cierto…

He robado a Margaret Atwood parte del título de este articulejo. En un instante he deshecho el mensaje inicial, no tan lejano a este otro: es oscuro, impredecible, tenebroso, pero es nuestro bosque. Mejor: es nuestro aquelarre. Una vez al mes.

No somos desequilibradas, ni histéricas, ni estamos locas. No podemos estar iguales todo el mes, porque a lo largo de este período nos preparamos para ser madres una y otra vez, naturalmente. Ello lleva crecimiento y recomposición. Exige hacer sitio para el descanso y el recogimiento. Si no fuera así, si no existiese esa recuperación, no habría vida. Vuelvo a hablar de los estados de conciencia, de estar presentes, de abrirse a otros. Vamos, a este paso, encontrando las respuestas.

 

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