Domingo
20 de Septiembre de 2020
Sociedad

Cambiar el cristal... ¿El nombre es arquetipo de la cosa?

Apuntes para ser hombre o mujer, cuando no se tiene ni idea (Primera parte)

Autor: Nueve Azul
Fotos: Ilustración de Gerd Altmann. Tomada de tendencias21.es/
Fecha: 9 de Septiembre de 2020

Hace un tiempo, durante una conversación aparentemente casual (ergo trascendentalísima), jugaba con el poema de Borges que tomo hoy prestado para mover algunas inquietudes sobre el tema de la masculinidad. El Golem tiene una interpretación manifiesta por su autor. Yo, impía escribiente, me atreveré sin embargo a trazar caminos con un par de versos suyos, a través de algunos hechos, nada o casi nada relacionados con la «vasta criatura» borgeana.

La dinámica relativa a la interacción entre hombres y mujeres está marcada eminentemente por la jerarquía entre las denominaciones de hombre y de mujer. Sí, el patriarcado se fundamenta en la superioridad/inferioridad, y en la imposición: «yo mando, ella sirve». Unidireccional y vertical, sin dudas.

Ser hombre o mujer trasciende la distinción sexual (biológica) hacia el conjunto de percepciones que se ha ido asentando en el imaginario colectivo de la sociedad, con el transcurso de la historia y los procesos de transmisión cultural. Hablamos entonces de significado, de interpretaciones, distinciones económicas, sociales, psicológicas, afectivas, culturales, eróticas, políticas y jurídicas; por mencionar algunas. Rasgo esencial: estas distinciones nos han sido impuestas. Ya en estas fechas del siglo XXI se nos ha dejado sin opciones para pensarnos en medio de un sinfín de estereotipos que pautan, organizan y rigen nuestras representaciones sobre los fenómenos y el comportamiento a seguir.

La concepción de masculinidad ha sido esbozada sobre la base de significados sociales construidos en la interacción entre los individuos: entre los hombres y, por supuesto, en relación con las mujeres.

Entre hombres, la historia apunta hacia una solidaridad horizontal, un vínculo de camaradería que es fácil para todos advertir incluso desde la distancia: los socios, ambias, colegas, hermanos, aseres… que han formado una cofradía sin demasiadas complicaciones ni «dramas», si se mira desde fuera. Ahora, ¿por qué sin «dramas» ni «complicaciones»? Porque esas son cosas de «jevas».

La definición de masculinidad se sostiene, además, en el distanciamiento de lo femenino. En el establecimiento de lo que es «de chica» y lo que es «de chico». La virilidad masculina se basa en la reacción a la feminidad. En la búsqueda de la organización y simplificación del mundo, se ha llegado a un nivel exagerado que —sobre todo— presiona a hombres y mujeres a encajar en esas categorías (las de hombre y mujer).

Al vivir en una sociedad patriarcal donde —es un hecho— no se valora con justeza lo femenino, se obtiene una visión del asunto polar por antonomasia; en la cual lo femenino está asociado a las emociones y el comportamiento empático. Lo masculino, por el contrario, a la agresividad y la dominación.

Ello ha traído consigo que los hombres subestimen su necesidad de relacionarse y de ser comprendidos por sus iguales, y disfracen sus emociones y sensibilidades con las relaciones sexuales y el consumo de alcohol, cigarros y drogas.

Tres elementos importantes rigen la visión de lo masculino, que hoy constituyen patrón para medir la masculinidad, como si esta pudiese ser «medida»:

  1. Las habilidades para el deporte
  2. El éxito económico/laboral
  3. La conquista sexual

Este artículo tendrá segundas y terceras partes, en las que excavaré modestamente en estas representaciones.

Ser hombre, podríamos decir —por ahora— implica un estricto control emocional y social, un distanciamiento extremo de las prácticas y costumbres entendidas como «femeninas» y la fuerza y la violencia como las vías más expeditas para probarnos nosotros mismos y demostrar nuestra hombría.

Como el rabí de Borges, la sociedad ha «explicado» a la humanidad qué significa ser hombre o ser mujer más allá de la cuestión biológica. Hoy la creencia colectiva es que, porque nuestro cerebro es biológico, las diferencias de sexo están marcadas mentalmente, como si hubiésemos sido programados, a espaldas de una extensísima continuidad de generaciones que ha fortalecido, incentivado el desarrollo de habilidades y competencias que marcan la diferencia entre los sexos. Esta potenciación de aptitudes y actitudes en virtud de la feminidad y masculinidad es lo que nos condiciona como tal, y dirige nuestro comportamiento hacia la empatía o la agresión. A mí que no me pregunten, pero ello se traduce siempre como deshumanización de nuestras emociones y maneras de sentir y percibir lo que nos rodea. Denigrante.

En realidad no podemos encontrar el punto exacto en que los constructos de la masculinidad y la feminidad se constituyeron como tal. Ha sido un proceso continuo, muy dinámico, en el que todos hemos aportado, ya sea en favor de su solidez o su disolución. Este proceso es una conexión con nuestro pasado y nuestro futuro, una relación lúcida con el presente, con lo que hoy creamos. Lo masculino es una inmensa síntesis cultural, política, jurídica, lingüística, étnica…

No obstante, nos ha sido demostrado que cada día es más difícil «encasillar» la masculinidad y feminidad en un estándar o clasificación universal. Los medios de comunicación (casi demiurgos del Universo) han convertido a lo masculino y lo femenino en categorías sólidas, pero no necesariamente herméticas. Se están desmoronando, castillos de sal en manos de todos los que sembramos la duda sobre la factibilidad de estas nociones cuando hablamos de nuevas y dinámicas identidades de género. Total, las identidades se construyen en las prácticas sociales, y esta sociedad no para, no para… Todos, en nuestra interacción con el resto, configuramos, reconfiguramos nuestra visión del mundo y de nosotros mismos, y en cualquier tramo de la espiral, podremos descubrir que nuestra interacción con el «yo» y con nuestro cuerpo precisa ser modificada. Y por eso crecen los colores.

Por ahora voy a dejarlo aquí. Cumpliré mi promesa de entregas más claras, de atrevidos cuestionamientos a Borges y a la sociedad. Se trata de eso, ¿no?, de no acostumbrarnos a ser, simplemente otra causa, otro efecto y otra cuita del Universo.

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