Lunes
25 de Marzo de 2019
Opinión

Cambio que nace torcido…

Autor: Luis Antonio Gómez Pérez y Nelson González Breijo
Fotos: Internet
Fecha: 8 de Noviembre de 2013
Las Casas de Cambio complementaron la que fue una de las decisiones más difíciles para la economía cubana.

¿Acaso alguien puede negar que el cambio es una necesidad inherente a los seres humanos? El devenir de nuestra especie se articula, sobre todo, a partir de grandes transformaciones. Así ha sido desde que algún intranquilo par de criaturas engendró, hace más de 200 mil años, al primer Homo sapiens del que se tienen noticias.

¿Cómo seríamos hoy si nunca hubiésemos pasado de la vida nómada al asentamiento para desarrollar luego los cultivos y la escritura? Sería difícil imaginar el mundo sin Gutenberg, Einstein o Marx; sin las innovaciones que en su tiempo marcaron el paso de la evolución en las más disímiles esferas de la vida social.

Cuba, por supuesto, no está exenta del constante y a veces vertiginoso ritmo que imponen los cambios. Hoy la palabra parece alarmar a muchos en la Isla. Desborda los marcos de lo épico y lo histórico para inundar la cotidianeidad del ciudadano común.

La década de los noventa fue una en la que más cambios hubo para los cubanos. Hábitos de vida, realidades familiares, creencias políticas y religiosas, todo removido de golpe por transformaciones ocurridas del otro lado del mundo.

Entonces la Isla vio pasar ante sus ojos un desfile de alternativas  implementadas por el Estado para salir a flote en el mar revuelto en que nos encontrábamos. Una de ellas devino práctica necesaria hasta el presente para buena parte de la sociedad haciendo que el destino de casi todos convergiese en un pequeño punto multiplicado a lo largo de la geografía nacional: la CADECA.

Estos espacios aparecieron en 1995, un poquito después de que la crisis económica, cariñosamente llamada en la Isla Período Especial, obligase al Estado a dar un filón de legalidad a los dólares que entraban en el país, así como a las remesas procedentes de los emigrados a Estados Unidos.

Las Casas de Cambio complementaron la que fue una de las decisiones más difíciles para la economía cubana que, como es de suponer, pedía divisas hasta por señas para poder insertarse en el mercado mundial. Con este objetivo se había creado una red de comercio y servicios para la captación de los llamados “fulas” y, en 1994, comenzó a emitirse el Peso Convertible (CUC).

En corto tiempo, la CADECA permitió intervenir y regular el mercado cambiario que se había establecido ya como mercado informal –o “por detrás del telón”. Desde su creación fue ganando terreno en la sociedad y pudiera decirse que para muchos se convirtió en la llave de acceso a la dualidad de mercados que enreda la economía nacional.

Actualmente las Casas de Cambio forman parte del itinerario habitual de cualquier vecino. Pudiera creerse que el trueque monetario es una gestión burocrática más, pero no. La CADECA nada tiene que ver con esas oficinas que parecen trabajar por inercia. En ella muy poco se debe a la casualidad o a la rutina, cada acción responde a una lógica subyacente que regula la interacción social en sus áreas y alrededores.

Por si fuera poco, allí los roles están matemáticamente determinados, incluyendo el de los usuarios, por ejemplo: si eres cajero solo debes dar 24 pesos por un CUC, si eres cliente sabes que no es lo mismo. Tal sentido de la organización inspira tranquilidad, respeto; sin duda, le quita un peso de encima a cualquier cubano.

El canje monetario funciona con la precisión de un reloj. En él no solo participan el SUJETO-CAJERO y el SUJETO-CLIENTE, cada transacción está mediada por la presencia de agentes externos. Se trata de dos o tres individuos que ejercen como cadequeros por cuenta propia, y, de paso, contrarrestan las molestias causadas por esa extraña reacción en cadena denominada cola.

Algunos estudiosos coinciden en que sería posible, incluso, hablar de una cultura del cambio entre los cubanos, probablemente tan arraigada ya como los juegos de la pelota o el dominó. No es un secreto que con un CUC se pueden pagar cuatro ensaladas en la Heladería Coppelia y aún sobra para la guagua. ¡Ah!, pero qué distinta fuera la cuenta si el aludido CUC estuviese en menudo, en esa situación el regreso a casa deberá solventarse con otros medios.

Llegados a este punto es fácil darse cuenta de lo complejo que puede ser este proceso. Tal vez, sus verdaderas dimensiones afloren solo mediante el análisis detallado de las repercusiones que tal práctica pueda originar en el carácter, las maneras de percibir el mundo y hasta los modos de vida de los sujetos.

A pesar de su inserción en la cotidianeidad, la gran mayoría de los cubanos coincide en que este mecanismo ya vivió sus días de máximo esplendor. En la memoria de muchos ha quedado aquel período en que CUC, CUP y dólar estadounidense circulaban en la Isla como Pedro por su casa: una experiencia insólita para cualquier economía.

Varios estudiosos aseguran que la CADECA, y con ella la dualidad económica, tiene su tiempo contado. El posible luto que guardaría la población ante esta sensible baja se evapora ante lo que ya se comenta en las calles: CUC y CUP ahorrarán problemas a todos cuando sus caminos finalmente se crucen.

El refranero popular condena el destino de lo que nace torcido; tal vez la dualidad monetaria y las Casas de Cambio no escapen de tal sabiduría. Seguramente alguna nueva transformación las desterrará del paisaje económico cubano en los próximos años, hasta entonces, a cambiar cuanto deba ser cambiado para que crezca el esbelto árbol de la eficiencia.

 

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