Domingo
21 de Octubre de 2018
Humor

Cary, Cary cuchi cuchi Cary

Autor: Nemo
Fotos: Ilustración de Miguel LP
Fecha: 14 de Mayo de 2015
Ilustración de Miguel LP

Este cuento prometí no contarlo hasta que pasara un buen tiempo, y ya de eso hace dos años. Andaba yo por Villa Clara con un amigo, cuyo nombre no voy a mencionar porque nunca me lo perdonaría. Habíamos quedado con dos santaclareñas para «dar una vuelta», pero a la cita solo asistió una de ellas.

Fuimos los tres para un bar, nos sentamos en la única mesa vacía que quedaba y, justo cuando compramos una botella de ron y un pomo de refresco TuKola, el DJ anunció que aquella era la última canción de la noche.

Salimos de allí dispuestos a buscar algún otro lugar pero todo estaba cerrado. Después de mucho vagar, encontramos un cabaret que, nuestra guía aseguró, abría hasta las 4 de la madrugada. La entrada costaba 20 pesos por persona, pero el custodio nos alertó antes de cobrarnos: «Muchachos, entren primero y después que vean el ambiente me dicen si se quedan o no». Después de cruzar la puerta comprendimos a qué se refería el compañero de la entrada.

Allí habría 70 personas más o menos y de ellos, solamente 10 serían, por su vestimenta, heterosexuales. El resto eran hombres homosexuales, la mayoría travestis, que bailaban y se divertían. Nosotros, jóvenes al fin, sin complejos —al menos eso dijimos allí— decidimos quedarnos. Después de soportar la cara de desprecio que puso el custodio cuando le dijimos que sí, que nos quedaríamos, entramos al salón y nos ubicamos en una mesa.

Aunque no nos molestaba el panorama, hicimos chistes al respecto. Esto lo escribo ahora y me doy pena por aquellos pensamientos. Acordamos, por ejemplo, bailar una canción cada uno con nuestra acompañante, de modo que nadie supiera cuál de los dos era el «soltero». Si teníamos que ir al baño, lo haríamos juntos y así evitábamos piropos inapropiados. Detrás de los «chistes», asomaban el machismo y los prejuicios que en aquel momento todavía llevábamos dentro.

Y fue entonces que, mientras mi amigo y la muchacha bailaban un tema de casino, apareció una persona para invitarme a «dar un pasillo». De forma atrevida puso sus manos en los brazos de mi silla y me habló, seductoramente, a unos 30 centímetros del rostro. Mi primer instinto fue tomarla/ ¿tomarlo? por los hombros y alejarlo/la de mí.

«No, gracias, es que ando con mis amistades». Observen la «solidez» de mi argumento. «Dale, una canción nada más», insistió y la observé de arriba a abajo. Era una joven, mulata, bonita, delgada… Pero algo dentro de mí, más fuerte, me decía que se trataba de un hombre. «No, gracias», volví a decir. Entonces ella me agarró una mano y se la llevó a su seno izquierdo: «Son de verdad». La voz dulce y para nada grave, hizo que me relajara un poco. Entonces ella, asumo que por los cuatro tragos que llevaba de más, me tomó la mano derecha y se la puso entre sus piernas para que yo comprobara que no había nada «masculino» allí.

La situación me tenía muy incómodo: primero, que el contexto me hubiese llevado a tanta desconfianza, y segundo, que aquella joven se viera obligada a tantas demostraciones de autenticidad. Le dije que tomara asiento y conversáramos, en parte para ver si a mí se me pasaba el sofocón.

Mi amigo y la muchacha regresaron. Los presenté. La recién llegada dijo llamarse Caridad y ante la expresión de desconfianza de mi amigo, sacó su carné de identidad y lo puso encima de la mesa: Caridad Valdés no sé qué más. Entonces conversamos un rato y ella nos explicó que, además del Mejunje, aquel era un sitio frecuentado mucho por travestis y homosexuales de ambos sexos y que ella iba casi todas las semanas. «Es un ambiente sano y se pasa bien», afirmó.

Me sentí un poco abochornado por mis instintos machistas y en parte homofóbicos. Pero ella lo asumió todo con gran naturalidad y, aprovechando que sonaba un tema de Pedrito Calvo, hizo que rompiéramos aquel silencio incómodo y reflexivo: «Ay, Cary, Cary, cuchi cuchi, Cary». Se puso de pie y dijo: «Arriba, que esa es mi canción», y salimos los cuatro a romper la pista rodeados de tanta diversidad. Fue una excelente noche. Ahora, cada vez que escucho la canción, además de recordar a mi pintoresca y casual amiga, escucho siempre, entre líneas, un No a la homofobia y un Sí al «fotingo» de Caridad.

 

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