Martes
23 de Julio de 2019
Humor

Cinco cuentos del tío Lin (segunda parte)

Autor: Rodolfo Romero Reyes
Fotos: Ilustración de Yaimel
Fecha: 15 de Junio de 2016
Ilustración de Yaimel

Cuento 2:   Murió con las botas puestas

Las películas de ErolFlinn se hacían cada vez más populares. El  famoso actor que en una ocasión «murió con las botas puestas», y en otra interpretó al temido Capitán Blood, estaba de moda. Las largas colas en los cines eran  costumbre y la gente disfrutaba de las emocionantes aventuras.

Entretanto, «el Chino» trabajaba como Segundo Secretario del Partido Municipal del Cerro. En aquel momento las reservas de las MTT no eran a nivel provincial,  y se hacía necesario que en las sedes municipales existieran personas responsables de cuidar el armamento.

En el Cerro, uno de los oficiales encargados era un hombre alto, algo viejo, mal parecido pero muy carismático, y con quien el Chino tenía un trato muy especial. Había una cosa que para aquel señor se convirtió en un ritual: todos los días de cobro invitaba a comer a alguna mujer para enamorarla y pasar con ella la noche. Casi siempre recibía una negativa y, en consecuencia, las burlas del Chino:

—Viejo, a ti no te quieren ya ni pa’ leña de fogón.

—Yo las enamoro a todas; la que me dice que no, en el fondo, me lo agradece.

Pero la suerte llega de vez en cuando, y un buen día, después de cobrar su salario, encontró a una jovencita dispuesta a compartir buenos momentos. Rápidamente la llevó para una posada que quedaba frente a su trabajo.

Dentro de la habitación se quitó la camisa, se bajó los pantalones y saltó a la cama. De pronto su rostro palideció y dejó de respirar. Los gritos de aquella mujer asustada hicieron venir a toda una comitiva en su ayuda. La pobre, no podía ni quitárselo de encima. Al parecer, el corazón de aquel hombre no pudo resistir  tanta emoción, ni siquiera se quitó las botas ni los pantalones.

Desde ese día todos comentan la historia de este personaje, que es recordado en la sede municipal como el Capitán Blood, ya que, literalmente, murió con las botas puestas.


Cuento 3: Chiang

Roger  trabajaba en Emprestur, pero ante el llamado para formar parte de la campaña masiva contra el mosquito Aedes Aegypti, se le encomendó fumigar algunas manzanas de relativa importancia.

Comenzó su trabajo temprano y, cerca del mediodía, llegó a una casa situada frente a la Embajada china. Como único guardián de aquel recinto estaba un chino. Es menester explicar que Roger desconocía que aquel lugar había sido adquirido por la diplomacia asiática. El chino se mantuvo indiferente ante la intención de los fumigadores.

No sabía nada de español, y como los chinos, de por sí, son desconfiados, les negó la entrada. Roger trató de explicarle haciendo mil muecas con las manos, pero su interlocutor no entraba en razones. Haciendo un último esfuerzo, dibujó unos extraños caracteres, que conocía de pequeño, en un pedazo de cartón. El rostro del hombre se transformó hasta mostrar una sonrisa; entonces exclamó: —¡CHIANG!— y abrió la reja lleno de alegría.

Esa tarde Roger, al llegar a la casa, contó a su hermano Fito como el haber dibujado su apellido lo había librado airoso de un momento singular. Además le habló sobre el aparente error de pronunciación. Fito le explicó que un mismo carácter se pronuncia distinto en cantonés que en pekinés, tal es el caso de Pekín y Beijíng respectivamente.

A la mañana siguiente Roger recibió una delegación integrada por algunos empresarios de Pekín que visitaban La Habana. En el momento de la presentación, inconscientemente, dijo: «Mi nombre es Roger Chiang, y estoy aquí para servirles». 

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