Domingo
22 de Septiembre de 2019
Humor

Cinco cuentos del tío Lin (Tercera parte y final)

Autor: Rodolfo Romero Reyes
Fotos: Ilustración de Yaimel
Fecha: 11 de Agosto de 2016
Ilustración de Yaimel

Cuento 4:
La «capatcina»

 Uno de los amigos del Chino se llamaba David y, en la época en que estudiaban en la antigua URSS, enamoraba a cuanta rumana le cruzara por delante. A una de ellas, le llamaban «la capatcina». Era viuda y madre de un niño de siete años. David fue a vivir para su casa y para gozar de plenas libertades sexuales, les mintieron a los padres de ella y les dijeron que él padecía de disfunción eréctil y debería volver a Cuba para atenderse con un especialista. A ellos les dio lástima y lo acogieron como a un hijo, incluso, pese a los tabúes de la época, le permitían dormir junto a la capatcina. Así que mientras la madre cocinaba y el padre podaba el jardín, ellos hacían el amor debajo de la «plaploma».

Un día visitaron al «impotente» David, sus amigos el Chino, el Chopo y Rafael. Comenzaron a beber y fue tal la borrachera colectiva que el Chopo, un blanco de 1.83m, miembro del equipo nacional juvenil de básquet, terminó durmiendo en la cuna del niñito. Rafael se acostó en el piso y el Chino en la cama central junto a David y la rumana. Pero en plena borrachera, David comenzó a tener sexo con la capatcina, sin cubrirse con la plaploma. Fue sorprendido en plena faena por la madre que, insultada, comenzó a dar gritos y a llamar a todos los hermanos. David, percatándose de su error solo supo decir:

—Vieja, este ron es milagroso, al fin «se me paró».

Tuvieron que salir de allí corriendo, con todos los hermanos de la capatcina tras sus pasos. Días después, en la universidad, el Chino comentaba la anécdota al resto del grupo cuando David lo interrumpió:

—Chino, a lo mejor ellos piensan de verdad que el ron es milagroso, pero se molestaron porque no se los informé con antelación.

 

Cuento 5:
Chocó con un tren

Antes de partir para Rumania, Roger recibió una preparación previa durante algún tiempo con sus compañeros en la Facultad Preparatoria Máximo Gómez que estaba en 1ra, y 20, en Playa. Este periodo incluía unas semanas en la zafra. Era el año 1969.

El Chino entonces alardeaba el poder cortar caña como los millonarios de la zafra azucarera. Y por ese alarde precisamente conoció al técnico. Reunió un grupo de cañas y como: «el que mucho abarca poco aprieta, el Chino en el brazo se hizo una grieta». Se dio un machetazo cerca del codo izquierdo y tuvo que ir corriendo para la enfermería. Al llegar la enfermera lo empezó a atender, pero tuvo que interrumpir su labor.

—Espérate un momento, que llegó una urgencia.

El Chino asintió con la cabeza y quedó impactado cuando vio entrar a un hombre de mediana estatura, en hombros de sus compañeros, con el rostro todo lleno de sangre. ¡Ojalá se salve!, pensó el Chino. Después supo que le llamaban «el técnico» y que lo habían encontrado inconsciente cerca, en la línea del tren.

Un rato después escuchó al herido contar su accidente: como cada mañana, había ido a merendar a la cafetería de enfrente, donde una diosa trigueña, muy popular entre los muchachos, atendía los pedidos. «El técnico» hace algún tiempo venía coqueteando con ella. Y esa mañana, a la hora de marcharse, ella también salió, pero en otra dirección. «El técnico» entonces caminaba para el Central, pero sus ojos fijamente se ahogaban en el mar de caderas y senos de aquella mujer. Fue entonces que chocó con el tren.

Unos minutos después entró el accidentado en la habitación del Chino, con una heridita en la frente. Roger le dijo:

—Oiga, usted es un suertudo, después de un choque como ese, solo tuvo esa heridita.

—Yo lo que soy es un comemierda, porque el tren estaba para’o.

 

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