Viernes
21 de Septiembre de 2018
Opinión

Cines de barrio

Autor: Yuris Nórido
Fotos: De archivo
Fecha: 3 de Enero de 2018
Cines de Cuba.  Fotos de archivo

Ahora voy poco a los cines, a no ser durante los festivales. Pero cuando era estudiante iba tres o cuatro veces a la semana. Y hasta más. Entonces había muchas más salas en La Habana. En el cristal de las taquillas de venta pegaban el cartelito con la programación. Me propuse visitar todos y cada uno de los cines que anunciaban, incluso los más lejanos. No lo logré, pero llegué a lugares que no integraban ni por asomo los principales circuitos, pequeños cines de barrio que programaban las más insospechadas películas, no pocas veces auténticos clásicos de la cinematografía internacional.

Corrían los años finales del siglo pasado, tiempos de decadencia de esas salitas. La lista de cines que funcionaban se reducía mes tras mes. En el cine Ideal, en La Habana Vieja, una señora muy vieja que vendía las entradas me dijo una tarde: «A lo mejor te tocó el privilegio de ser la última persona que entró a este cine a ver una película. Dicen que la semana que viene ya nos cerrarán».

Me sobrecogió el comentario, era un cine antiguo, se iba a fracturar una tradición. Pero, ciertamente, el cine estaba para que lo cerraran: apenas se sostenía en pie. Y la tradición de un público estaba rota hacía tiempo: éramos solo dos personas en la función. Y eso que era una película de Buñuel. Bueno, quizás porque era una película de Buñuel.

Al final no cerraron el Ideal esa semana, «aguantó» varios meses más. Pero yo me deprimí tanto que no regresé. Tampoco regresé al Actualidades desde el día en que me di cuenta de que yo era la única persona que estaba viendo la película, los demás asumían el cine como sitio de encuentro, como escenario de correrías sexuales. No dejé de ir por puritanismo, sino para evitar malos entendidos. El Actualidades fue uno de los pequeños cines que tardó más en cerrar por completo. Pero le llegó su hora. Sus «clientes» tuvieron que emigrar a otros sitios igual de oscuros.

Prácticamente no quedan cines en los barrios de La Habana. Solo los más emblemáticos del circuito 23 ofrecen una programación estable, aunque bastante reducida por los horarios. No son tiempos de ir al cine, sino de llevar el cine a la casa. Ver cine ha dejado de ser una actividad colectiva para volverse un acto cada vez más íntimo. Hay jóvenes, de hecho, que han visto cientos de películas y nunca han puesto un pie en una sala cinematográfica. Nunca sabrán lo que se perdieron. Ni creo que les importe.

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