Lunes
03 de Agosto de 2020
Cultura

Claude Gueux y la condena social

Autor: José Alejandro Esteve Santos. (Estudiante de medicina de Las Tunas)
Fotos: Portada tomada de amazon.es/
Fecha: 18 de Junio de 2020

Principios del siglo XIX, Francia vive, desde la Revolución de 1830, en la convulsa monarquía de julio y sentado en el trono, el último rey de su historia nacional, el conocido “rey de los franceses”: Luis Felipe I de Orleans. La industrialización a todo motor en cuba y aborta a un proletariado engrosado de seres miserables y pueriles. En medio de esta oscura realidad, se suscita un hecho que eclipsa un clásico de la literatura, Claude Gueux, novela social nacida de las manos del mayor exponente del romanticismo francés, el emblemático escritor y político Víctor Hugo.

Amparado en sus ideas políticas se sostiene en la historia real de un obrero para retratar el hastío popular predominante en su época y disparar, con su prosa, una condena al orden imperante de segregación e injusticia social. La mayoría de los motivos fundamentales de su arte, según habrán de manifestarse posteriormente en Los miserables, están ya delineados en esta breve pero densa obra publicada en 1834.

Claude Gueux ejemplifica al obrero que trabaja por un salario mezquino y es obligado a robar, a robar por necesidad, y es castigado por la ley. En la cárcel es considerado como lo que es: un hombre íntegro, a pesar del delito cometido; y vuelve a errar, en este caso, con un hecho de otra índole, también obligado por las circunstancias: matar para sobrevivir.   

El autor, con apenas 32 años, consigue ambientar entre líneas sus sentimientos de justicia. Entreteje, muy bien, las vicisitudes del protagonista con su objetivo de mostrar las condiciones del (des)orden social que influyen en el desposeído y lo arrojan a obrar conforme a la naturaleza de los instintos, y con ello sienta en el banquillo de los acusados a la verdadera culpable de los males, la sociedad mal concebida.

En el empeño de discernir y analizar la historia, realiza una serie de cuestionamientos que conducen a la necesaria reflexión:¿Por qué el hombre robó? ¿Por qué el hombre mató? Muestra así, con gran elocuencia, el error en el que persisten los responsables de educar y administrar justicia.

Tal pareciera que su público meta fueran los gobernantes y legisladores, hacia los que dirige “sutiles sugerencias” sobre las verdaderas cuestiones sociales que afligen al pueblo, las cuales permanecen en tinieblas; mientras ellos, creyendo abrumarse en debates, solo deliran sobre temas insulsos a tono con sus intereses políticos. En otras palabras: al pescado, solo los muerden por los lados.

Claude Gueuxse convierte para él en una plaza, en la cual canaliza su repudio a la pena de muerte, que, en sus propias palabras es: signo especial y eterno de la barbarie. Ilustra magistralmente donde reside el problema: ¿Qué dice la sociedad? "No me matarás". ¿Cómo lo dice? ¡Matando! Vemos como, empleando fundamentos tan diáfanos y sencillos, comprensibles hasta para el lector más inerme, logra una especie de exorcismo y arranca las más sublimes e inciertas conjeturas del pensamiento humano.

Leyendo detenidamente, podemos apreciar una especie de ironía al estilo socrático que convoca a repensar cada idea -motivo que me llevó a realizar varias lecturas-. Podemos sorprendernos, si de pronto, en lugar de estar en la posición del lector, nos encontramos dentro de la narración, lanzado bramidos frente a la guillotina, y condenando al carcelero, al verdugo y a los propios señores del jurado en un intento desesperado de impedir la sentencia. 

Les confieso que, a mi juicio, más que una novela, es un texto educativo y no vacilo en afirmar, que haría bien a nuestro sistema educativo incluirlo en sus programas de estudio. Los razonamientos que produce en el receptor resultan tan saludables, que contribuirían, sin espacio a las dudas, a incorporar valores más nobles y humanos en nuestros educandos, que son a la postre, los futuros ciudadanos. La sociedad precisa formas que la hagan evolucionar hacia el pleno bienestar colectivo, y en esa tarea, Claude Gueuxes una pieza de incalculable valor educativo.

El hombre por naturaleza posee instintos que conducen a ciertas conductas salvajes, pero no existe ninguna que no pueda ser suprimida por una buena educación. He ahí el antídoto, al hombre de los instintos se contrapone el hombre de la razón.Termino con Víctor Hugo, no sin antes invitarlos a leer su breve, pero extraordinaria novela, la cual sirvió de pretexto a esta reseña: Cultivad esa cabeza del hombre del pueblo, desbrozadla, fecundadla, ilustradla, moralizadla, utilizadla, y no tendréis necesidad de cortadla.

 

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