Lunes
14 de Octubre de 2019
Humor

“¡Date un capillus tinctura!”

Entonces, el más adelantado del grupo estiró su mano izquierda sujetando también una imaginaria varita de siguaraya… Dijo, luego, que le pasaron por la mente las tres maldiciones imperdonables de la ficción Harry Potter, pero…

Autor: Yoandry Avila Guerra
Fotos: Tomada de www.milanuncios.com
Fecha: 19 de Septiembre de 2019
“Omnes viae Roman ducunt... Foto tomada de https://www.milanuncios.com

Había en el aula algunos como Yei que, sinceramente, no tenían las expectativas por el cielo antes de aquella primera clase de Latín, turno inaugural de nuestro sexto y último año en el Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana.

“Omnes viae Roman ducunt” (“Todos los caminos conducen a Roma”), nos recibió la joven profesora con esa frase en la pizarra y, contagiada de su carisma y caudal de conocimiento, Yei confirmó que había escogido su viae correcto, de entre todas las Optativas a elegir.

Por el contrario, para el Ricky, profundizar en el idioma era una obsesión pendiente. En ese primer acercamiento al latín clásico — como todos los presentes — , supo que su alfabeto tiene 23 letras, dos tomadas del griego; que la C se pronuncia como K y la V como U; y que la U y la I son bipolares, te las puedes encontrar como vocales o consonantes, por ello les endilgaron los nombretes de semivocales o sonantes.

Hubo quienes se lucieron ante la interrogante de si conocían algunas palabras en esta antigua lengua y, tras una ráfaga de manos puntualitas en alto, se escucharon las frases Cogito ergo sum (Pienso, luego existo), Carpe diem (Aprovecha el día), Sapere aude (Atrévete a saber) y Alea iacta est (La suerte está echada).

Hubo quien bajó la mano, pues al intentar disparar una construcción gramatical que articulaba en su mensaje necesidades incontenibles del cuerpo con la verdura de una guayaba, recapacitó que probablemente la fruta fuera desconocida en el Imperio Romano y su participación brindaría entonces un neologismo, por demás escatológico.

La escena más hilarante del día llegó al finalizar la clase: varios de los latinos salían a un receso entre turnos y Anabel, desde la puerta del aula del otro lado del pasillo, con la maledicencia en el rostro de un mortífago seguidor del El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado y matriculado en la optativa Protección Jurídica del Patrimonio Documental, extendió su mano como si sostuviera una varita de ramas de siguaraya y núcleo de pelo de puerco (modelo estándar de producción nacional).

— Usteeedes, los de Latín. ¡EXPECTO PATRONUM¡ — , gritó.
Entonces, el más adelantado del grupo estiró su mano izquierda sujetando también una imaginaria varita de siguaraya… Dijo — luego — , que le pasaron por la mente las tres maldiciones imperdonables de la ficción Harry Potter, pero solo atinó a soltar la que podría ser la versión latina de “Date un tinte”, frase que usa últimamente una amiga suya periodista en Facebook, para mostrar indiferencia y llamar a la gente a capítulo: “!Date un capillus tinctura!”.

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