Miércoles
15 de Julio de 2020
Sociedad

De esencias propias y ajenas

Inauguramos, hoy, «Cambiar el cristal», una columna para poner en diálogo la otredad desde la óptica de la filosofía, la comunicación, la sexualidad, las comunidades vulnerables, la igualdad de los derechos…

Fotos: Max Barbosa Miranda
Fecha: 30 de Junio de 2020
El Mejunje (Santa Clara) es uno de los sitios del país donde, por años, han tenido mayor espacio los públicos y artistas más diversos. Foto: Max Barbosa Miranda

Prefacio

Por acá, en esta esquina virtual, intentaremos cambiar los prismas, las ópticas y hasta los mismísimos ojos para mirar; para hablar de realidades existentes, en no pocas ocasiones, vilipendiadas. En este espacio se reconoce la otredad, la distinción del pensamiento, la magia de la singularidad de cada ser humano. Por ello, «Cambiar el cristal» — la columna de Ana, en Alma Mater— no tiene pretensión de tribuna, sino de lugar de diálogo ante lo diverso.

Su autora (joven profesora universitaria) traerá a colación temáticas que atraviesan la filosofía, la comunicación, el movimiento LGBTIQ+, la sexualidad, las comunidades vulnerables, la igualdad de los derechos, los distintos tipos de discriminación. A la par, cederá su lugar a otras voces para que el intercambio sea verdaderamente genuino.

Sin más, queda abierta la puerta…

[Nota del editor]

 
***

Autora: Nueve Azul

I

Sino lo soñé, Eliseo Diego escribió en algún momento que los lunes son el comienzo de la eternidad. No lo sé. Quizás sí, para aquellos que gustamos de pensar que convergemos en grandes estructuras circulares, que nos van constituyendo. O para los que aprendemos constantemente a dibujar la magia de los ciclos cotidianos que, definitivamente, empiezan los lunes. Los lunes también se conjura un espacio de ensueño en la ciudad inexplicable.

¿Quieres probar la tesitura de tu voz? Aunque no conozcas a nadie, aunque no sepas toda la letra de Lady in Red, ve los lunes a sentirte un extraño en El Mejunje, allí donde nunca lo serás. No preguntes mucho. Canta, o declama tu poema favorito, hazle el coro a alguien. Pero hazte el valiente, sélo, porque no se es tan extraño si estás rodeado de otros tan extraños como tú, con los corazones afilados para enfrentar el comienzo de la eternidad.

Ya debes estar entrenado. Si el mundo es un ciclo para ti, y se trata de coquetear con los amaneceres y los ocasos, ya sabes entonces que existen los domingos y que, ahí mismo, en ese patio/universo, puedes cantar más alto, puedes bañarte de purpurina y lentejuelas y llorar, amar, besar en las noches de domingo, de sábado, de viernes, y los jueves, los jueves de bohemia y trova…

Pero tienes que estar listo porque allí nada y todo también están superpuestos. Mira a tu alrededor: nadie es como tú. Quizás justamente por eso es que estás tan cómodo. En medio de tanta semejanza ensordecedora hay un ruido mayor: la guitarra y la voz (¿la guitarra y vos?). Ve a buscarte allí. Yo lo hice. Funcionó. Querrás quedarte con la fugacidad de una noche, con el humo de la gente, con la canción que se llama como tú. Puedes marcharte, pero llévate la noche, la canción, el humo, las caras de los otros, las sonrisas, las preguntas. Sobre todo, las preguntas.

II

En mis tiempos de estudiante tuve un profesor que cambió mi vida. Fui de esos estudiantes que se sienta en las primeras filas para no desconcentrarse ni un segundo en clase. Era una asignatura de las que no les gustan a muchos por su “densidad”, pero el profe se las arreglaba para fascinarnos. El caso es que, entre sus historias y teorías, me encontré no solo con el prototipo de profesor en que quería convertirme, sino con una larguísima lista de preguntas que necesitaba responder viviendo.

Tengo el recuerdo particular de una clase en la que estuvo todo el tiempo sonriendo, tratando de explicarnos la Teoría de la Atribución de Fritz Heider. Se situaba a sí mismo como ejemplo sin temores a enjuiciamientos y en 90 minutos logró regalarnos más dudas sobre nosotros mismos que las que — estoy segura — alguna vez desearíamos tener.

¿Qué sustenta nuestra constante necesidad de darle sentido a lo que pensamos de los demás y de nosotros mismos? ¿Qué conecta los actos de las personas y el “interés” por lograr una “estabilidad” en nuestra percepción sobre esas personas?

La teoría podía describir el proceso. El profe dejó en nuestras manos el resto. Siete años después me encontré sentada en el suelo rodeada de mis estudiantes de primer año, sonriendo, sin zapatos, hablándoles (en clase) de la Teoría de la Atribución. No podía evitar las constantes reminiscencias, pero estar “del otro lado” era mágico: podía ver los ojitos de aquellos muchachos, enfrentándose a sí mismos, a sus estructuras más o menos rígidas, y a la sensación completamente nueva de participar en una “conferencia” — al menos así decía en el horario — en la que no había que levantar la mano para hablar, sino respetar reglas establecidas por el infalible sentido común.

Fue una clase fácil. Claro: los maestros que había tenido, los autores que había leído me ayudaron mucho. También ayuda amar lo que se hace. Y recordar aquel casi enrevesado concepto de comunicación de Jesús Martín Barbero que desvía nuestra atención a pensar la comunicación desde la cultura. Todo se trata de desear permanentemente convertirnos en mejores personas — les dije — . Ellos también sonrieron. Desde ese día no hubo más ausencias en clase. Todo un logro para una asignatura tan…tan… (para completar pedir referencias sobre Teoría de la Comunicación).

III

Asumí mis dieciocho años un jueves de octubre de un año bisiesto, escuchando a un rockero trovador que cantaba — también sonriendo — : Yo soy el ladrón de emociones, víctima de muchas canciones… Y veía tanta gente distinta, tanto nuevo a la vez que no supe si quería irme o hacer de todos mi familia. Sí sabía que no era un día como otros, y me asusté. Me asusté tanto que volví todos los jueves, luego todos los días hasta que sabía los nombres, las pistas, los recuerdos de todas las paredes. Volví porque cada vez dejé un pedacito ahí, que revisitaba con amigos y encontraba cambiado a mi favor.

Cualquiera que nos gire el caleidoscopio y nos diga “mira ahora”, y de pronto tengamos acceso a un color distinto de la realidad, nos asusta o nos conmueve. Y deberíamos ser nosotros los capaces de girar solitos — y constantemente — todos los caleidoscopios. Deberíamos irnos siempre a buscar la aventura de descubrir al otro.

Creo que haber querido cambiar siempre el cristal del caleidoscopio para mirar a los demás y a mí misma ha sido lo que me ha traído hasta aquí. Admito que mi formación me ha ayudado, y mi actitud inquieta. Pero sé que se puede porque hay más personas que tienen tanto temor de reconocer el mundo que deciden lanzarse a reventar los miedos. Gente que se embarca en la aventura de vivir sin verdades absolutas.

IV

Cuando se habla del proceso de atribución generalmente se asocia con la necesidad de crear capacidades en nosotros mismos para la empatía y el desarrollo de conductas congruentes con la soberanía propia y ajena. No puede perderse nunca de vista que nos ha sido privada la condición de la otredad. Sin embargo, todos somos abanderados del derecho inalienable a ser diferentes, lo que reclama empatía y el ejercicio de nuestra libertad.

Hablo de desafíos. En primera instancia, porque — con el permiso de Sartre — somos, indiscutiblemente, responsables de nuestros propios actos y la libertad es un concepto tan socorrido como maltratado. En segunda instancia, porque reclama de nosotros una deconstrucción permanente y la puesta en crisis de nuestras creencias y visiones del mundo. En tercera, porque no resulta demasiado complejo apartarnos de la diferencia en busca de explicaciones que nos generen más estabilidad, explicaciones más parecidas a nuestras propias “verdades”.

La Teoría de la Atribución plantea esencialmente que existen sesgos que interfieren en nuestra percepción del entorno que no solo provienen del entorno en sí, sino que — de hecho — , son asociables a la tendencia general de atribuir la conducta de los demás a causas internas y la propia a condiciones externas. Por eso nos es tan complejo asumirnos distintos, variados, diversos.

Es fácil, muy fácil, acudir al recurso manido de “somos únicos e irrepetibles”; pero: ¿se tiene realmente conciencia de ello? ¿sabemos lo que esto implica? Porque hay que saberlo: implica cuestionamientos, temores, retos que hay que sortear. Empezar desde nosotros mismos. Buscar qué tenemos para dar, fortalecernos, estar dispuestos para el tiempo futuro y proponernos el respeto a que el otro exista casi paralelamente. Total, ¿para qué querríamos lo idéntico, lo repetido?

Yo lo intenté. Me funcionó. Me fui a buscar otros colores, otras voces, otras canciones, y me gustó más el mundo. Un mundo ante el cual sonrío, porque no hay nada que dar por sentado. Y no se trata de aprender conceptos ni dominar teorías, sino de recordar de vez en cuando que se puede construir desde cero una mejor versión de nosotros mismos, tal vez encontrándonos con esencias ajenas que nos enriquezcan y nos renueven.

Hay que darle el beneficio de la duda al maestro Eliseo Diego. Quizás hoy es simplemente el comienzo. Porque no hay día para empezar a ser libres. Sí para sentirnos dichosos por ello. Dejo aquí a Jesús Martín Barbero, quien, como siempre, lo dice mejor que yo: “es hacer posible que unos hombres reconozcan a otros y ello en doble sentido: les reconozcan el derecho a vivir y pensar diferentemente, y se reconozcan como hombres en esa diferencia”.

 

Deje su comentario

*(Campos requeridos)