Martes
23 de Julio de 2019
Opinión

Detrás de cada mujer exitosa…

Autor: Dainerys Mesa Padrón
Fotos: Ilustración de Yaimel
Fecha: 7 de Marzo de 2018
Cuando pensamos que se acabó el machismo, al menos en los entornos juveniles, de parejas creadas al calor de la equidad, cae una piedra y nos golpea en la cabeza, así vuelve el machismo a las nuevas generaciones de los hombres cubanos. Ilustración de Yaimel

Cuando pensamos que se acabó el machismo, al menos en los entornos juveniles, de parejas creadas al calor de la equidad (o de la lucha por ella), cae una piedra y nos golpea en la cabeza.

Y más que optimista, créanme que me gustaría ser soñadora; constructora de esa utopía donde por fin seamos lo mismo desde nuestras diferencias. Pero los tiempos, aunque son otros, vuelven como la marea, trayendo los rezagos de la cultura, la educación y las malas costumbres.

Así vuelve el machismo a las nuevas generaciones de los hombres cubanos, quienes, aparentemente liberados de las doctrinas más visibles, remontan el camino de la hegemonía sobre sutiles mecanismos.

Para sustentarlo valen las historias de varias amigas, profesionales, madres y víctimas de la dominación económica y psicológica por parte de sus parejas.

Estas son mis amigas, pero podrían ser las tuyas, e incluso tú.

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Yiriam, tiene una relación de 11 años y una hija de cinco. Su meta era comprar una casa propia donde la pequeña familia tuviera independencia y un lugar donde construir juntos el futuro, que podría incluir hasta a otros hijos.

Hoy su meta sigue siendo la misma, pero los deseos que la sustentan son otros: apartarse del hombre que no hace más que maltratarla.

Siendo la proveedora de mayores ingresos en el hogar, Yiriam precisa de tiempos extras en la oficina. Por eso, solo puede cubrir la entrada de la pequeña al círculo infantil, en tanto el padre la recoge en las tardes y la cuida en casa hasta las 7 de la noche, justo cuando comienza el infierno.

La lista de reproches es larga y el argumento del esposo recae siempre en el mismo punto: «porque traes más dinero a la casa crees que no tienes que cumplir con tus tareas como hacen todas las mujeres».

A Yiriam se le cae el mundo encima con tantas acusaciones que no logra entender. «Mala madre, mala esposa, mala gente…» Todo eso solo porque los roles han debido cambiarse por algunos periodos; porque ella logra guardar sumas importantes en la cuenta que les cumpliría el sueño de un hogar; porque apura los horarios y de madrugada cocina, lava, plancha…, para luego ponerse el mejor vestido y salir al trabajo con la mayor disposición.

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A Janet ya no le interesa hacer periodismo. Dice que no hay trabajo en el mundo capaz de adaptarse a sus horarios y necesidades. «Estoy sola», dice a sus amigas y se repite con énfasis, como buscando protección en una frase que no coincide con su realidad.

La verdad, Janet no está sola. Vive con su esposo y sus dos hijos. Más, su reclamo de soledad justifica el peso que lleva en la crianza de los pequeños y en el cuidado del hogar.

Su compañero posee un trabajo que les brinda determinada solvencia económica, garantiza las necesidades al ciento por ciento y los gustos cada vez que hay oportunidad. Por eso, Janet renunció a sus sueños y a su realización. «Porque trabajar implica multiplicar mis quehaceres, pues mi esposo no puede faltar». «Porque él no sabe ni dónde encontrar la ropa de sus hijos cuando tenga que cuidarlos».

«Todo es más fácil si me quedo en casa…, algún día volveré a la vida laboral…»

***

Como Yiriam y Janet, lamentablemente muchas veces caemos seducidas ante pruebas banales de que un hombre no es machista porque no es celoso, porque «ayuda en las tareas del hogar», y cuando la vida va ganando en estructura nos vuelve a caer la piedra en la cabeza.

La igualdad profesional, el aporte al hogar, los tiempos libres, las obligaciones de la casa, pintan bien diferente cuando la familia crece. Ahí entonces regresan esos rezagos machistas que rezan que la madre es la responsable de criar y cuidar a los hijos, de mantener limpia la casa…, y si forja una carrera exitosa no puede desatender ninguno de estos elementos.

Pero como la marea, debemos volver nosotras una y otra vez, cada año, cada marzo, cada día, reeducando a nuestros padres, hermanos, hijos, esposos, novios… con el ejemplo de que una mujer exitosa no tiene que ser «mala madre, mala esposa, mala gente», cuando se acompaña por un hombre sensato, inteligente y sin una pizca de machismo.

 

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