Martes
01 de Diciembre de 2020
Sociedad

Deudas y Alquimia

Este 16 de noviembre, pareciera que hay más polvo en las calles, más grúas en aquello del levantar, más cascos moviéndose de un lado a otro, más de lo viejo siendo salvado… y sin embargo él no está. Debe ser que los maestros relojeros, antes de partir, riegan magia por todas partes, siembran duendes y futuros… con tal de que aquel/este oro, fruto de su alquimia, nunca muera.

Autor: Mario Ernesto Almeida
Fotos: Ilustración de Karla Milena Kallava Díaz.
Fecha: 16 de Noviembre de 2020
Ilustración de Karla Milena Kallava Díaz.

Corren por ahí con el aire ocre de los siglos las curiosas leyendas de maestros relojeros. Gente única, sin dudas, de sagacidad tan mayúscula que, hasta hoy, ciertas ciudades conservan con celo la materialización de su talento.

Respetados, envidiados y queridos estos “atemporales” por cuanto de profunda resultó la pauta que dejaron sus obras. Se dice además –cuentos de camino, no haga caso–, que eran “humanoides” raros y conspiradores, de sospechosos vínculos con la alquimia y otras tantas de esas “brujerías” que solían dar al traste con lo hermoso.

***

Quien contrae una deuda y no paga, incluso quien demora en hacerlo, siempre queda mal visto. Los padres, por lo general, las condonan aunque, nadie se llame a engaño, les duela como a los que más el fallo de palabra.

Dicha neuralgia la esconden tras ese afecto incondicional del que solo ellos guardan precisas coordenadas, mientras en nosotros queda la vergüenza del que siente que hizo mal. «¡Y a quién!», pensamos entonces con resignación y repetimos en silencio, una y otra vez: «¡A quién! ¡A quién!».

Una deuda con Eusebio –hablando de padres y pendientes–, quizás la más sencilla de saldar, resulta el por fin decirle adiós a sus restos mortales, en un instante –cuando llegue– imperdonablemente lejano de la calidez de aquella fría y salada jornada de julio.

Foto: Jorge Alfonso Pita

Sin embargo, esta se me antoja como deuda formal, de protocolo, cultura, de las que se contraen con cualquiera, una que en todo caso –quién dice que no– quizás ya fue pagada con las constantes entregas de llanto a plazos. Pero no es la grande.

Pensemos en lo viejo, esas jodidas deudas con lo viejo que tenemos los tristes, los carentes de cualquier letra de pago, los que entre “vivir con deudas” y “vivir con deudas” escogemos vivir y punto, los pobres a los que lo viejo se nos cae encima o abajo o al costado, pero se nos cae y duele como todo lo propio o lo ajeno que, por básica empatía, se asume como tal.

Duele como enterarse, tras un golpe gravitatorio y premeditado de destino, de que terminar los días en el mismo sitio del comienzo dejará de ser para siempre una opción.

Quizás esa resulte una de las grandes deudas con Eusebio, reconstruirnos, reinventarnos o repararnos hasta ese punto en que, ni el que más ni el que menos, si de cuestiones posesivas se trata, se vea obligado por la pesantez de la vida a la marcha forzosa.

Foto: Jorge Alfonso Pita.

Hablo del punto en el cual tanto el viejo del mañana que es el niño de hoy, como el viejo del hoy que fue el niño de ayer, puedan decir, con la implacabilidad e intransigencia del longevo y tal vez jugueteando con Silvio: «yo me muero donde viví».

Deuda grande también con las piedras sagradas del tiempo, con las luces que afortunadamente nos obligan y permiten ver lo que somos y de qué estamos hechos. Deuda con todo aquello sin lo cual puede vivir el mono, que olvida y muere, más no el ser humano: bicho nostálgico por antonomasia que guarda con orgullo el recuerdo de lo que fue.

Foto: Jorge Alfonso Pita.

No de lo sido por él o ella en su condición de bultos de carne y huesos, sino ella y él como el nuevo grano de arena del inmenso muro que el tiempo moldea, carcome y guarda. El ser humano… como parte de algo imperecedero que se va por encima de todo; el ser humano, quizás, como trozo de piedra.

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Este 16 de noviembre, pareciera que hay más polvo en las calles, más grúas en aquello del levantar, más cascos moviéndose de un lado a otro, más de lo viejo siendo salvado… y sin embargo él no está. Debe ser que los maestros relojeros, antes de partir, riegan magia por todas partes, siembran duendes y futuros… con tal de que aquel/este oro, fruto de su alquimia, nunca muera.

Foto: Jorge Alfonso Pita.

Y es una suerte. A fin de cuentas, mucha resulta la materia –materia nuestra– que nos queda por transformar en algo bello.

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