Jueves
25 de Abril de 2019
Universidad

¿Dónde está la gente de la UCI?

La misión de la Universidad de Ciencias Informáticas (Uci) es «formar profesionales… altamente calificados en la rama de la informática, y producir aplicaciones y servicios… sirviendo de soporte a la industria cubana del software». Tras quince años graduando ingenieros de este tipo, ¿puede asumir la industria cubana del software a todos los egresados? ¿A dónde van a parar quienes no encuentren trabajo en ella? ¿Por qué no pocos informáticos de esta universidad buscan opciones laborales en otras ramas? Lo cuentan las voces de los protagonistas.

Autor: Dainerys Mesa Padrón
Fotos: Tomada de www.canalcaribe.icrt.cu
Fecha: 3 de Abril de 2019
¿Dónde está la gente de la UCI?... Foto tomada de http://www.canalcaribe.icrt.cu

En  diciembre de 2018 la Universidad de Ciencias Informáticas (Uci), cumplió quince años de creada. De ella han salido más de 14 400 ingenieros e ingenieras en Informática. Según declarara la Doctora Miriam Nicado García, entonces rectora de la casa de altos estudios, la cantidad de egresados representa el 52 % de los especialistas en materia de Informática en Cuba, destacando una notable presencia de profesionales en todos los organismos e instituciones del país.

Aunque no existen datos previos que pudieran corroborar la permanencia de estos universitarios en sus puestos laborales, Alma Mater ha realizado pesquisas, entrevistas y encuestas que despiertan alarmas sobre la cantidad de informáticos de la Uci que acuden a la migración profesional. Si bien aún no podemos ofrecer datos cuantitativos a nivel de país, el equipo de publicación sondeó a un grupo diverso y numeroso que no labora vinculado a su formación.

Según la mayoría de los abordados por esta revista, si no te ubican en la propia Universidad, «la mejor opción es que vas a DESOFT o a DATYS, pues la razón de este programa destinado a la informatización de la sociedad pierde sentido».

Según confesiones de nuestras fuentes, en otros espacios laborales donde se ubica a la mayoría de dichos profesionales, sus competencias son subutilizadas, subvaloradas o demeritadas.

Ante la incongruencia de actualizar diariamente los saberes de la informática y las tecnologías y la deficiente infraestructura que todavía abunda en el país, los jóvenes cambian a puestos o espacios emergentes donde sí cuentan con los recursos en función de su perfil.

Por otro lado, y de la mano de la poca estimulación profesional en este campo, anda la deficiente remuneración. Y entre la economía y el desgano, muchas personas formadas en esta universidad buscan alivio en otros sectores y hasta tierras del mundo.

Tres testimonios explican, desde sus experiencias, los porqués de su migración profesional.

Sin motivación

Zenia Veigas Chckout (2009). Productora y realizadora de audiovisuales. Aunque le fascinaba el medio artístico, su madre tenía prejuicios al respecto. Optó por la Uci debido a su otra pasión: la informática. Cree que la subutilización de los graduados de esta escuela genera la desmotivación que los guía a abandonar la especialidad.

«Desde pequeña me llamó mucho la atención el tema de la computación, aunque en el preuniversitario pensaba optar por Lenguas Extranjeras.

«Hice las pruebas de aptitud para esta especialidad y para la Uci, pues muchos de quienes andábamos juntos en el pre nos interesamos por este proyecto. Algo reciente, relacionado con los softwares, donde los amigos estaríamos juntos…

«Aprobé ambas pruebas, pero en esa época si optabas por la Uci y quedabas seleccionado, descartaban el resto de las opciones de la boleta.

«Al final pensé que era una carrera de ciencias, hecho con el cual me sentía cómoda desde niña, y que el idioma podía estudiarlo en paralelo.

«Cada año, el plan de estudios me resultaba fascinante. Por ejemplo, las asignaturas Gestión de proyectos e Ingeniería de software eran mis preferidas. En ellas había que entrar en contacto con el cliente, hacer la arquitectura de la información, planificar todos los detalles…

«Cuando me gradué, en 2009, me ubicaron a trabajar en la propia universidad. Allí estuve con doble vinculación: impartir clases y trabajar en desarrollo de proyectos. Al año y medio me trasladé al Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), debido a problemas de salud, y culminé mi servicio social.

«Puede que este nuevo espacio laboral condicionara un tanto mis nuevos intereses profesionales, pero no del todo.

«En el ICRT trabajé en Cubavisión Internacional, en el área de transmisiones. Durante este periodo, aproveché los cursos de capacitación que brinda el organismo y pasé uno de edición y otro de asistente de dirección.

«Aunque al principio lo que hago, que es producción de audiovisuales, pudiera resultar distante de mi formación, le encuentro muchos puntos de contacto. Si bien tributan a fines distintos, el proceso muchas veces se parece. Hacer un plan de producción, entrevistarse con el cliente, colegiar intereses, mecanismos… tal cual aprendí y practiqué en Gestión de Proyectos en la Uci.

«El problema de que la mayoría de los graduados no quiera continuar en esta especialidad es la motivación. Las personas la pierden al graduarse porque los saberes que obtuvieron en la escuela quedan en desuso en la mayoría de los sitios a donde van a trabajar. En el ICRT vi cómo los informáticos están para actualizar los antivirus, mantener las redes… Todo el potencial queda subutilizado.

«Si te dejan en la propia universidad, como me sucedió al principio, corres con la suerte de poner en práctica todo lo aprendido y más. Pararte delante de un aula, estar al frente de un proyecto… son retos que te entrenan. Si entonces te pasan a otro lugar con exigencias por debajo de ese nivel, la frustración es tremenda».

Sin economía

Carlos Gómez Abiague (2011). Guía de turismo y traductor de productoras audiovisuales. Soñaba con emigrar de Santiago de Cuba y establecerse en La Habana para «brillar entre los grandes». Habla un inglés perfecto y es muy carismático con sus clientes. Piensa que la Uci le dio algunas herramientas profesionales, pero la práctica le ha aportado más.

«En 2005 la Uci tenía tres años de fundada, era la opción nueva, elitista, con la que solo podían soñar los primeros del escalafón…

«Yo estaba en el número dos de mi municipio, Santiago de Cuba, y sabía que la tendría segura. Además, era esta la manera más rápida de salir del preuniversitario sin tener que hacer pruebas de ingreso, lo que suponía seis meses de vacaciones, pues la plaza se otorgaba en marzo.También era la forma de llegar a La Habana, la urbe soñada desde pequeño.

«Cuando me gradué, en el 2011, las opciones más frecuentes eran: o allí de profesor de algo y trabajando vinculado a proyectos productivos, o en algún Joven Club aledaño a tu municipio de residencia. Ninguna de las dos llenaba mis expectativas.

«La primera, porque siempre creí que la Uci era una etapa, que no podía ser prolongada más allá de los cinco años reglamentarios. La otra, pues significaba frenar mi desarrollo como profesional, atendiendo a niños que acuden a los Joven Club solo a jugar.

«Por suerte pude cambiar mi dirección antes de graduarme y me quedé en La Habana. Me ubicaron en la Oficina Nacional de Estadísticas.

«Hoy soy guía de turismo y antes trabajé como traductor de RTV Comercial durante tres años. Afortunadamente hablo inglés desde niño. En la Uci fui alumno ayudante de esta asignatura cuatro cursos.

«La informatización de la sociedad es aún un reto. No se puede aspirar a una sociedad informatizada cuando Internet es privilegio de pocos por los precios que tiene; cuando la infraestructura informática es insuficiente, dígase computadoras, dispositivos, mesas, cables. Y otro aspecto, no menos importante, es la permanencia de personas mayores de 50 o 60 años en los puestos relacionados con este perfil.

«La Informática es de gente joven, no por discriminación, sino porque es una ciencia que varía a diario, si dejas de aplicarla por un año te vuelves inepto en la materia. El mundo ofimático va a muy alta velocidad.

«La razón principal por la que dejé de ejercer mi profesión está ligada a fundamentos económicos.

«Me proponían trabajar en una entidad SIN COMPUTADORA, a llenar papeles a lápiz como si fuera secretario, sin las condiciones mínimas de trabajo por un salario que oscilaba entre 24 y 30 CUC al mes».

Sin tiempo

Pedro Romero Mafungas (2011). Modelo y bailarín. Confiesa que en la Uci vivió el tiempo más maravilloso de su vida. Sentía orgullo de estar en una universidad fundada por Fidel. Trabajó en ella hasta que el tiempo no le alcanzó para su carrera artística.

«Aunque no sabía nada de lo que era producción de software, debido a los trabajos de mi madre y padre tuve acceso temprano a las computadoras, lo cual despertó en mí el interés por la informática.

«Al surgir la Uci, cuando estudiaba en el IPVCE José Martí Pérez, de Holguín, comencé a plantearme el tema de optar por ella. Las razones fueron varias: siempre me interesó el mundo de la tecnología; no llevaba pruebas de ingreso a la enseñanza superior y estudiar en La Habana en una escuela fundada por Fidel Castro con todas las atenciones del país hacia ella…

«Mientras estudiaba, reflexionaba sobre las opciones para los egresados de la universidad. Durante toda mi estancia en la escuela fui parte del grupo de aficionados al arte, por lo que algunos miembros de la FEU, al escuchar de oportunidades para bailar profesionalmente me localizaron y me sugirieron a las personas que buscaban bailarines con buen físico y proyección escénica.

«Así fui abriéndome paso en lugares como La Macumba y en el segundo show de Tropicana. En quinto año de la carrera renuncié a casi todas las ofertas artísticas pues me encontraba en la etapa de mi trabajo de diploma que era lo más importante en esos momentos.

«Al culminar los estudios me ubicaron en la misma universidad, en el grupo de desarrollo del Sistema de Informatización de los Tribunales Populares Cubanos, del cual formaba parte desde mi tercer año de la carrera.

«Retomando mi inclinación por el mundo artístico, fueron apareciendo oportunidades que chocaban con mi horario laboral.

«Vivía en la Uci, y para ir a un ensayo en La Habana debía recuperar las horas de trabajo en la noche, representaba un desgaste físico muy grande. «Además, monetaria y sentimentalmente las oportunidades de trabajo en el arte me reportaban más. Al cumplir mi servicio social decidí dedicarme por completo a mi vida artística. Y no me arrepiento».

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