Jueves
05 de Diciembre de 2019
Sociedad

Dossier: Hablar habanero

En Cuba el idioma español no es solo un vehículo para la comunicación entre las personas. Constituye matiz y riqueza, expresión de la historia y las tradiciones del país, sin distinción de la región donde se viva.

Autor: Liudmila Peña Herrera
Fotos: Ilustración de Adán
Fecha: 27 de Noviembre de 2019

Hace dos meses que vengo preocupándome por mí misma, por mi equilibrio mental y por algo a lo que los estudiosos llaman desarraigo. «¿Estaré cayendo en eso?», me pregunto. Yo, una oriental  consumada, una coterránea del Mayor General Vicente García a la que no se le puede tocar su pueblo porque es capaz de «incendiar» con la palabra y cargar al machete otra vez si hiciera falta para defender su terruño de los bromistas y los malintencionados. Pues sí, yo misma.

Desde que trasladé mi «ciudadanía nacional» para la capital de todos los cubanos, me he descubierto a cada rato corrigiéndome a mí misma, en el interior privado de la mente, como para que la boca no diga lo que piensa el cerebro. «O como para que no me descubran», me digo —y me regaño— en silencio cuando me advierto cambiando términos o buscando la palabra que se usa aquí, antes de decir «bolsita» en vez de «jabita», o «cacharra» en vez de pozuelo, o «llave» en vez de «pila o grifo».

Lo pienso bien y me doy cuenta de que estas traducciones mentales que hago a cada minuto en público no buscan solo la comprensión del vendedor de pizzas, la muchacha de la panadería o el dependiente de la ferretería. Si fuera así, estaría un buen por ciento justificada. Pero no. Busco sinónimos «habaneros» para no sentir que a la gente se le activa un sexto o séptimo sentido cuando la palabra «cacharra» resuena con toda la musicalidad y fortaleza de sus erres en medio de un grupo que espera, por ejemplo, en un comedor obrero.

«Ca-cha-rra».  Tan oriental, tan sonora, tan útil mi cacharra. ¡Qué fina yo diciendo pozuelo! ¡Qué poco verosímil, qué falsa sueno intentando pronunciar la palabra que denomina el objeto donde se guarda la comida! Y qué desleal con mi fiel cacharra, que me acompaña a todos lados, cargada de frutas para que no me harte de la harina habanera.

A veces voy despistada y no me percato, en el momento preciso, de cuál es el vocablo correcto, porque en el oriente de Cuba se utilizan muchas más palabras de las que uno se imagina para denominar una misma cosa.

Por ejemplo, si yo le dijera al vendedor del agro (habanerísimo él): «Por favor, deme dos libras de cambute», seguro que el tipo pensaría que me estoy burlando, ¡y con ganas!

Claro, yo, que vengo de vivir en Holguín, nunca usaría «cambute», generalizado para las zonas de Guantánamo y Santiago de Cuba. Yo le pediría dos libras de «fongo» o de «burro», si aplico la regla lingüística popular tunera. Por eso entenderán que cuando me sitúo frente a la pesa, a veces me quedo mirando al vendedor como una muchacha que no está en su sano juicio y me limito a señalarle, moviendo insistentemente el índice, cuál es el producto que me quiero llevar.  No me negarán que es un ejercicio demasiado agotador para una mente no superdotada. ¿No es mejor aprender el «habanero»?

En eso estoy ahora. No haciéndome la habanera.  ¡Para nada! La entonación me delata y a esa sí que no renuncio, que no hay que meterse tanto en la piel del otro. ¡No hay que exagerar! Pero sí estoy como una aprendiz de idioma extranjero, intentando recordar algunos términos básicos, sin llegar a las conjugaciones, pero sí aprendiendo sinónimos de aquí o de allá. Miren esto:

Mantecadito, polvorón o tortica; armario, closet o escaparate; mordaza, palillo o perritos; puerco, cerdo o macho asado; frutabomba o papaya; zapote o mamey; guineo o platanito; chancleta o cutara; chatino o tostones; tamal o ayaca; cubo o balde; balance o sillón.

Esta actividad lingüístico-sociológica puede ser divertida, curiosa, pero sobre todo un medidor de lo que fuimos y somos los cubanos. Es como revolver el ajiaco cultural que nos identifica como nación y sazonarlo con las palabras que nos legaron nuestros buenos aborígenes, o las que llegaron en los barcos negreros o las que nos impusieron —y asimilamos— los conquistadores españoles.

Huele bien este ajiaco; huele e inspira al paladar, desde cualquier parte de Cuba desde donde nos expresemos con las palabras que mejor denominan lo que conocemos, sin impostaciones ni demasiadas importaciones. Pensándolo bien, sigo con mis estudios; y con mi «cantaíto; y con mi ca-cha-rra».

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