Lunes
06 de Abril de 2020
Cultura

Dulce María Loynaz: esencias de una escritora cubana y universal

Este 10 de diciembre se cumplen 117 años del nacimiento de una de las más grandes poetas que ha ofrecido Cuba a la lengua española. Merecedora del Premio Nacional de Literatura en 1987 y del Premio Cervantes en 1992 por su gran aporte a la cultura cubana y del idioma castellano, Alma Mater le rinde homenaje.

Autor: Verónica Alemán Cruz (veronicaalemancruz@gmail.com)
Fotos: Tomadas de la biblioteca virtual Miguel de Cervantes
Fecha: 10 de Diciembre de 2019
Dulce María Loynaz con Gabriela Mistral en el patio de la casa de 19 y E. Foto tomada de la biblioteca virtual Miguel de Cervantes

Esta no es la historia común de una mujer y un jardín. Es, más bien, la historia de una mujer a quien su gracejo natural, su conocimiento y su buena dote literaria permitió a Cintio Vitier calificarla como  «dama y señora de esencia cubana».

Aunque pasó a la posteridad como Dulce María, no fue ese el nombre que recibió al nacer aquel miércoles 10 de diciembre de 1902, en su residencia de Prado no. 2. María de las Mercedes Loynaz Muñoz fue la primogénita de una familia de tres hermanos.

Hija del General de Brigada del Ejército Libertador de Cuba y creador del Himno Invasor, Enrique Loynaz del Castillo; tiene enraizada en sus venas el espíritu irredento mambí. Su ascendencia era directa con Ignacio Agramonte, ya que el tío materno de él fue bisabuelo de ella.

Si hubiese que relatar su vida velozmente, se diría que en la niñez estuvo enclaustrada dentro de un mundo en el que le crearon todas las condiciones necesarias para vivir.

Dulce María Loynaz con 15 años. Foto tomada de la biblioteca virtual Miguel de Cervantes

En la juventud, se casa con el que fuera su primer esposo, su primo Enrique de Quesada y Loynaz, pero el matrimonio termina infructuosamente en 1943. Y cuando al fin logra contraer nupcias con el amor de su vida en el año 1946, trece años más tarde la relación se ve interrumpida con el viaje que realiza Pablo Álvarez de Cañas a los Estados Unidos; dejándola en una solitaria casona de El Vedado, en donde se aisló por más de veinticinco años.

Por melodramático que resulte, Dulce María fue, como su verso, río.

Muchos contratiempos surgieron en su vida: sus malogros matrimoniales, la incapacidad de concebir, la terrible pérdida de sus padres y hermanos, la incomunicación… Pero como ola impetuosa que cae sobre la roca, supo acariciarla. Transformó su soledad, su retraimiento y su jardín en arte. Lo hizo imperecedero. La cultura y el ingenio de esa gran dama dieron vida a textos de casi todos los géneros literarios: poesía, narrativa, ensayo, epístolas, testimonios. Así brotan de su más pura esencia «Versos», «Juegos de agua», «Jardín», «Poemas sin nombre», «Un verano en Tenerife», «Bestiarium», «Poemas náufragos» y «Fe de Vida»,por solo citar algunos.

No abandonaron su alma los sentimientos de eterna viajera. Recorrió Estados Unidos, México, Europa, Siria, Libia, Turquía, Palestina y Egipto. Se vinculó con reconocidas figuras del mundo hispanoamericano literario: Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Carmen Conde, Gabriela Mistral, entre otras.

Realizó en su hogar las más afamadas tertulias literarias cubanas desde las organizadas por Domingo del Monte en el siglo XIX, las «Juevinas». A ellas asistieron los intelectuales más prestigiosos de la época. Lectora incansable, desarrolló cualidades como políglota. Dominaba a la perfección el francés, el inglés, el italiano y, aunque no lo hablaba, el portugués también estuvo entre los idiomas que tradujo a su lengua materna.

Dulce María Loynaz con Eliseo Diego. Foto tomada de la biblioteca virtual Miguel de Cervantes

En el año 1968 fue elegida miembro de la Real Academia Española, y presidió hasta el momento de su fallecimiento la filial local de esa Institución.

Cuantiosos honores y premios le fueron otorgados en vida, entre ellos, el Premio Nacional de Literatura en 1987.

Mujer de aspecto suave pero de carácter fuerte, delicada aunque a veces mordaz; trascendió como la más grande escritora cubana del siglo XX. Amante, en su escritura, de la prosa más que de la poesía; del género histórico; de la obra martiana; de los versos de CintioVitier y de Fina García Marruz. Bailadora de danzón y habanera hasta la médula, jamás abandonó su patria: «El país es como una madre, que hay que aceptar como es. Cuba es mi patria. A la patria, como a la madre, hay que verla siempre con cariño. No podría vivir lejos de la tierra en que nací».

El 27 de abril de 1997, a la edad de noventa y cuatro años, desapareció físicamente la última y más prolífica hermana de una familia que ha cautivado —y aún continúa haciéndolo— la historia y la literatura cubanas.

Panteón familiar vista completa. Foto de Verónica Alemán Cruz

Dulce María Loynaz, Premio Cervantes de Literatura 1992. Segunda mujer que lo obtuvo, después de la española María Zambrano, en el año 1990. La segunda escritora en Cuba laureada con el más importante galardón de las letras españolas, luego de Alejo Carpentier, a quien le fuera otorgado en 1977.

En una entrevista realizada un lustro previo a su deceso, ante la interrogante del periodista y escritor Luis Báez: — ¿Cómo quiere que diga su epitafio?, respondió: —Aquí yace Dulce María Loynaz: Vivió.

Epitafio de su tumba. Fragmento de su poema Amor es resucitar.  Foto de Verónica Alemán Cruz

Y aunque no es esa la dedicatoria que hoy la acompaña, sino un fragmento de su eterno poema «Amor es resucitar», es innegable que la inmanencia, la firmeza y la trascendencia son sus marcas indelebles en la memoria histórica y literaria de la nación cubana.

 

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