Lunes
03 de Agosto de 2020
Sociedad

Economía feminista, para pensar más en la humanidad

Autor: Dainerys Mesa Padrón
Fotos: Ilustración de Carralero
Fecha: 18 de Diciembre de 2017
Según la economista y docente española, Cristina Carrasco, en su texto La economía feminista: una apuesta por otra economía, existen cuatro ejes que encaminan los principales temas y debates en cuanto a economía feminista.  Ilustración de Carralero

¿Qué es economía feminista? ¿Impacta esta categoría en la vida real de las mujeres que no están dentro del mercado laboral? ¿Llega a Cuba la huella de estos debates?

La economía feminista es una corriente de pensamiento nacida en los años setenta del pasado siglo, y consolidada en la década de los noventa, con la creación de la International Association for Feminist Economics.

Basa su sentido en la crítica a los modelos económicos tradicionales, los cuales legitiman la desigualdad entre hombres y mujeres, en cuanto a elementos arraigados a la economía y guiados por un paradigma androcéntrico.

Para la investigadora y docente española Cristina Carrasco Bengoa, la economía feminista surge de reconocer que el mundo del mercado laboral, del trabajo pagado, fue asignado a la población masculina. «Y sigue siéndolo, porque el hecho de que las mujeres nos esforcemos por integrarnos al mercado laboral no quiere decir que la población masculina y la sociedad en su conjunto lo tengan asimilado. Si nosotros tomamos indicadores del trabajo de mercado, los podemos llamar indicadores androcéntricos porque ilustran la actividad asignada por excelencia a los hombres».

Hacia la realidad cubana, con los mismos fundamentos, existen especialistas del patio que manifiestan criterios sobre esta corriente. A partir de ella proponen variaciones desde el interior de los movimientos de mujeres y proyectadas por estos.

Georgina Alfonso, directora del Instituto de Filosofía de Cuba, es una de las figuras nacionales inmersas en el asunto. Y a tono con este fundamento androcéntrico que plantea Carrasco, Alfonso reflexiona en su texto Pensar, decir y hacer desde nosotras. La experiencia de las Cortes de Mujeres: «El edificio patriarcal ha sido construido a lo largo de la historia. Va desde la explotación del trabajo invisible de la mujer en el “dulce hogar”, la sobreexplotación de la fuerza de trabajo femenina vinculada a la producción mercantil y la subvaloración de su ciudadanía, hasta el poder; por parte del género masculino; de la representación de la especie en el idioma y en la cultura. El patriarcado en su versión neoliberal y globalizado acentúa sus significados clásicos: el individualismo, el divorcio entre lo público y lo privado, la desigualdad natural de género. Como valores del orden social garantía de eficiencia y competencia, no están en discusión».

Efectivamente, uno de los pilares de la economía feminista tiene que ver con el trabajo doméstico y de cuidados, asociado («naturalmente») a la figura femenina y que en todos los modelos económicos que adolecen de mirada de género, queda fuera de la ecuación.

La economía feminista trata del tiempo laboral, de la doble jornada, de la doble presencia de la figura femenina en los ámbitos laborales, de la interrelación de estos espacios y de su repercusión en la vida de las mujeres. Gira también, en torno a la familia, a la brecha salarial, y al sexismo enraizado en todos los ámbitos sociales.

Pudiera parecer más de lo mismo, o demasiado complicado cuando comienzan a proyectar metodologías, teorías o perspectivas de análisis. No obstante, en la vida concreta existen varios ángulos por dónde aterrizar el concepto, por ejemplo, los presupuestos sensibles al género.

Un presupuesto de este tipo garantiza un conjunto de procesos e instrumentos que analizan los gastos e ingresos públicos, e identifican los disímiles impactos y consecuencias que luego tendrán para mujeres y niñas de forma comparativa con las de hombres y niños.

Cristina Carrasco advierte que la importancia de estos enfoques, además de simbólica, es poner a la Administración Pública en relación directa con los estándares de vida de la población, destacando la importancia del trabajo de cuidados. «De esta manera se está asumiendo que existe una tensión histórica entre el bienestar de la población y el beneficio privado que exige la participación del sector público para la organización y redistribución de los recursos, en función de los estándares de vida generalizados».

Y en un país como Cuba, donde al cierre de 2015 el índice de envejecimiento demográfico era de 19,2 %, es decir, más de 19 personas con 60 años y más por cada 100 habitantes, las cuestiones relativas al cuidado son un punto para no perder de vista.

¿Un modelo para la igualdad?

En la publicación digital eldiario.es, Cristina Carrasco, quien fuera profesora de Teoría Económica de la Facultad de Economía y Empresa en la Universidad de Barcelona; señala que este modelo económico no persigue lograr una igualdad, sino variar el sistema, pues «cuando se habla de igualdad, aunque no se diga, se está planteando que las mujeres nos igualemos a los hombres en el mercado laboral. Los indicadores siempre son: cuántas mujeres ahora participan en el mercado laboral, la brecha salarial, cuántas mujeres diputadas, cuántas mujeres técnicas de no sé qué, directivas... Nunca he visto indicadores de igualdad que digan cuántos hombres planchan las blusas de sus mujeres o cuántos hombres cuidan a su abuela que tiene alzhéimer».

Esta investigadora española ha dejado una impronta positiva en cuanto a la economía feminista en la Universidad de Barcelona. Además de diversas publicaciones sobre el tema, promovió un significativo trabajo de investigación en este campo; así como el establecimiento de una asignatura optativa sobre Mujeres, trabajo y sociedad, un Máster y un Doctorado en Estudios de Género.

Asimismo, alienta la enseñanza de la economía teniendo en cuenta perspectivas alternativas al capitalismo. Precisamente esta visión toma fuerza cuando expresa que «hay economías heterodoxas, críticas, llámalas más marxistas o más keynesianas que no son la economía dominante, que trabajan otros temas como la pobreza o la desigualdad de la renta, pero que se mantienen en los márgenes del mercado. La única economía que rompe estos márgenes es la economía ecológica, que incorpora toda la naturaleza. Y, por otra parte, la economía feminista, que incorpora todos los trabajos que caen fuera del mercado».

En tanto, la filósofa cubana Georgina Alfonso, enfatiza en que el patriarcado reproduce la condición de ser, hombre o mujer, desde la lógica capitalista de dominación que se lleva a cabo a través de cuatro ejes centrales fuertemente interrelacionados. Ellos son: el eje de dominación económica, el de dominación político-ideológica, el de dominación sociocultural, y el de dominación ecológica.

Como parte de estos procesos de explotación laboral, conocidos también como degradación laboral, sobresalen aspectos entrelazados con el ámbito donde se desempeñan las mujeres.

Alfonso subraya como términos clave la feminización y domesticación del trabajo. Y sobre la primera refiere: «La feminización laboral adquiere nuevos matices al desplazar la dinámica económica al sector improductivo. Las mujeres constituyen la fuerza principal de trabajo para el creciente sector de los servicios, donde realizan tareas de bajo estatus y poco salario. Según datos del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), las mujeres se emplean fundamentalmente en cinco grupos ocupacionales, educación, enfermería, oficina, ventas y servicios privados, que son a su vez los puestos peor remunerados. (…) La mayor parte del trabajo de las mujeres está excluido del cálculo del Producto Nacional Bruto y resulta raro encontrar Programas de Trabajo que tengan en cuenta el cuidado de niños y ancianos y la maternidad».

Sobre esta reflexión encontramos fuertes coincidencias en el contexto cubano actual, en los puestos femeninos asignados u ocupados por las mujeres en los emprendimientos particulares.

Muy pocas son dueñas de negocios, por el contrario, casi todas integran los niveles de servicios, dando pasos de retroceso en cuanto a los lugares que tanto se han defendido durante años.

En medio de la vorágine cubana resalta también otra categoría: el horario. ¿Por qué la mayoría de las mujeres no son directivas? ¿Por qué aquellas que lo son deben descuidar a la familia? ¿O por qué prefieren ocupar en plazas de poder a jóvenes sin fuertes ataduras personales como una pareja o descendencia?

Sencillamente los tiempos pactados para la dirección y el liderazgo quedan fuera de los horarios regulares y exigen, además de un mayor compromiso personal, un elevado número de horas laborales.

Las madres, cuidadoras, responsables del hogar, son mal vistas por la sociedad cuando atropellan estos quehaceres por un bien público o por su realización profesional. De igual forma, en los propios niveles de decisión no son tomadas en cuenta para afrontar cargos determinantes, por este fantasma hogareño que las acompaña siempre.

Entonces quedan relegadas a plazas de menor responsabilidad y remuneración, por lo cual también siguen siendo ellas quienes «pueden faltar» cuando alguien en casa requiere cuidados extras.

La economía feminista rompe con los paradigmas establecidos y plantea logros que van mucho más allá de la igualdad. Los modelos que sobreviven bajo su sombrilla proponen desestimar los indicadores no medibles de los estudios económicos tradicionales, y refrendar otros de orden cualitativo que provean un enfoque más humano.

Según la economista y docente española, Cristina Carrasco, en su texto La economía feminista: una apuesta por otra economía, existen cuatro ejes que encaminan los principales temas y debates en cuanto a economía feminista. Son: las críticas conceptuales y metodológicas y las propuestas alternativas a esta corriente; el trabajo de las mujeres: mercantil, doméstico y de cuidados; género, desarrollo, globalización; y los presupuestos públicos con sensibilidad de género.

 

Entrevista realizada a Georgina Alfonso González, directora del Instituto de Filosofía, investigadora del grupo de estudio de América Latina y Filosofía social (GALFISA), del Instituto de Filosofía, a propósito del paro internacional de mujeres convocado el pasado 8 de marzo de 2017.

Colaboración de Tamara Roselló Reina


¿Por qué se convoca a las mujeres al paro?

La convocatoria al paro fue una manera también de que las mujeres aportaran a la plusvalía del capital, por tanto, cuando las mujeres no están el capital pierde, y ese es el sentido de por qué se convoca al paro. Pero yo creo que más que a un paro para que el capital pierda, tenemos que hacer una marcha para que ganemos las mujeres, en unidad, en solidaridad, por las luchas… Porque estamos muy fragmentadas, muy divididas, tanto el movimiento de mujeres como el movimiento feminista. La iniciativa y la manera en que muchos países se han involucrado al paro habla de un cambio de época.

Esto tiene que ver con la incorporación de muchas mujeres jóvenes, pobres, excluidas, indignadas, que están quedando cada vez más, fuera del sistema, y de alguna manera ellas están empujando para recuperar la historia del movimiento, la historia de lucha, y también para poner otras demandas y otros desafíos.

¿Qué pasa con Cuba?

Cuba no está ajena a la lógica de dominación del patriarcado. Cuba no está ajena a las relaciones capitalistas, no está ajena al sistema de dominación imperialista, y entonces si queremos realmente que nuestras hijas, nuestras hermanas, nuestras mujeres jóvenes que hoy se están formando y pasando a ocupar un lugar importante en la sociedad, no pueden entrar en ella con lógicas patriarcales. Tienen que asumir cargos de dirección, conociendo que en la toma de dirección los tiempos no son de mujeres, los espacios no son de mujeres, la cultura no es de mujeres. Sin embargo, en Cuba el 66 por ciento de la fuerza profesional es mujer, y logramos poner tiempos y espacios de mujer. Entonces hay que volver a exigir esos tiempos y espacios que pusimos y estamos perdiendo.

 

El libro Economía feminista. Cómo construir una sociedad igualitaria (sin perder el glamour), de Mercedes D´Alessandro, presentó su tercera edición en marzo de 2017 y ha recorrido diversos países de América.

La autora pone a dialogar las desigualdades sociales con la perspectiva de género. Por eso comienza planteando: «Las mujeres, mitad de la población mundial, hoy son minoría en todos los ámbitos en los que se toman decisiones de peso y donde se piensa nuestra época: parlamentos, gobiernos, ciencia, medios de comunicación, empresas multinacionales, tecnología, arte, filosofía, literatura. Disputar estos lugares implica transformar el modo en el que hemos pensado el rol de la mujer en toda la historia pasada. Es un cambio muy profundo… que ya comenzó y que es irreversible».

El volumen pone sobre el tapete otros temas interesantes que enriquecen la corriente de la economía feminista como la reorganización de las tareas domésticas y de los cuidados.

«Es una cuestión existencial», refiere D´Alessandro.

«Implica pensar en quién se ocupa, no solo entre las mujeres y los varones, sino también si los servicios que se contratan en el mercado tienen que estar profesionalizados. Quién paga qué cosas, cuáles son las necesidades que el Estado tiene que cubrir, qué les corresponde a las empresas. Quién cuida y cría a los niños. Qué lugar se le da a la familia y, también, qué es una familia».

Asimismo, la autora incorpora estadísticas que sostienen las teorías en las que se basa, sin perder el tono íntimo, reforzado por experiencias y antecedentes culturales cercanos a la audiencia femenina.

Por ejemplo, en uno de los pasajes inquiere: «¿Podemos aspirar a un mundo igualitario cuando ni siquiera reconocemos el trabajo cotidiano de millones de mujeres? En Argentina, 9 de cada 10 mujeres hacen labores domésticas, trabajen fuera del hogar o no. Mientras que 4 de cada 10 varones no hace nada en la casa, aunque estén desempleados.

«Esto es algo que se reproduce en todo el mundo. Las mujeres, para dar su salto hacia la “independencia”, se cargaron dos trabajos encima… hacen todo y lo hacen a costa de su propia sobreexplotación o de distintas formas de empobrecimiento de su vida cotidiana. Es decir, la división sexual del trabajo y las tareas no remuneradas le significan menos tiempo para ocio, pero también peor calidad del cuidado familiar y una salud más precaria».

 

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