Martes
16 de Enero de 2018
Opinión

El Caguairán y la Salvadera

Autor: Neida Lis Falcón
Fotos: Tomada de www.impactony.com
Fecha: 13 de Agosto de 2016
«Creemos en los jóvenes, creemos en los jóvenes, creemos en los jóvenes ¬ -y lo repito- porque creer en los jóvenes significa una actitud, creer en los jóvenes significa un pensamiento (…)». (Discurso pronunciado en la clausura del Congreso de la Asociación de Jóvenes Rebeldes. Estadio Latinoamericano, acto fundacional de la UJC, 4 de abril de 1962). Foto tomada de: www.impactony.com

Mis primeras referencias sobre Fidel llegaron en la voz de mis padres y abuelos. Ellos, como todos los mayores del pueblo, contaban que el 6 de diciembre de 1960 un helicóptero trajo hasta las antiguas tierras del coronel Pedraza, ya entonces transformadas en cooperativa, al hombre de barbas y sueños infinitos. «Fidel Castro vino aquí, en persona, para mandar a construir la comunidad», decían con vehemencia a quienes escuchaban, incrédulos, la historia.

Así nació el pueblecito corralillense, engrandecido por llevar el nombre de un joven mártir de la Revolución. En Guillermo Llabre, (búsquelo mejor en los mapas del corazón de su gente), cada año se festeja la fecha. Un árbol, «la Salvadera salvadora» como la llamó un amigo poeta, es el centro de las celebraciones. A su sombra habló el gigante. Desde entonces, aquella mole de verdes ramas, ancho tronco y semillas, que un lugareño confundió un día con avellanas, devino patrimonio de todos.

La escuelita rural fue construida en esos predios fundacionales donde los niños jugaban bajo la Salvadera. Aún recuerdo las rondas durante el recreo, los matutinos especiales de cada viernes, cuando Martí, Maceo, Camilo, Che, y sobre todo Fidel, eran nombres reiterados entre poesías y canciones de pioneros. Años después, de regreso al poblado, un dolor profundo… Venía de la universidad y percibí, desde el ómnibus, la ausencia del árbol de mi infancia.

La desidia de algunos puede derrumbar un símbolo. Pero el amor de muchos vuelve a levantarlo.

Un maestro y su brigada de pañoletas salvaron un retoño. Lo cuidaron hasta que ya bien fuerte pudo ser trasplantado. Y para que nunca más la ignorancia (o la indolencia) lograran dañarlo, construyeron al lado un sitial con la tarja evocadora.  Ahora de nuevo es ese el lugar para cantar al futuro y recordar el día en que Fidel mandó a construir las primeras 60 casas. Eran menos las familias existentes entonces, pero el hombre de visión impar pidió que se hicieran más viviendas para los jóvenes que ya estaban en edad de casarse.

Siempre tuvo esa capacidad de vislumbrar, de ver profundo y hacia adelante. «Fidel viaja al futuro, regresa y lo explica», dijo en una ocasión su amigo el presidente argelino Abdelaziz Buteflika. Reconoce en la juventud su fuerza transformadora, capaz de conquistar quimeras, de realizar utopías, desde que inició su crecimiento político en la Universidad de La Habana, y luego, cuando frente a los mejores jóvenes de su generación se negó a dejar morir al Apóstol en el año de su centenario. Junto a los pinos viejos, los nuevos subieron a la Sierra guiados por el más convencido de los martianos. Como mambises contemporáneos liberaron pueblos, en invasión redentora y victoriosa, de Oriente a Occidente.

El 1ro. de enero de 1959 llegó con nuevas tareas: La Campaña de Alfabetización; Girón y la lucha contra bandidos, el ascenso a los Cinco Picos; la participación en zafras azucareras y en las campañas del café y el tabaco; las misiones internacionalistas, «para saldar nuestra propia deuda con la humanidad»… Muchos entraron al martirologio de la Patria cuando apenas asomaban a la adultez; «lo más terrible se aprende enseguida, lo hermoso nos cuesta la vida».

La superación siempre estuvo también en las miras de quien es en sí mismo ejemplo de ella. En junio de 1961 sentenció: «No quedará un solo joven humilde sin derecho a una beca, para estudiar en la universidad, o para estudiar en las escuelas técnicas, o para estudiar en cualquier centro de secundaria. Será un movimiento sin paralelo de desarrollo cultural». También había afirmado unos meses antes «Y a medida que la Revolución avance, se hará cada vez más realidad el derecho de cada niño y de cada joven a estudiar».

Cada palabra suya fue cumplida. Cuba se convirtió en una escuela gigante. Los planteles universitarios crecieron por doquier. La búsqueda de la verdad al detalle, el análisis científico, la investigación, las ansias de conocimiento,  nacieron en aquellos que entraban a las aulas llenos de esperanzas y emergían de ellas vestidos de bata blanca, convertidos en ingenieros, profesores, biólogos, geólogos, periodistas, abogados…

Otros, eligieron hacer de un oficio tradicional su forma de vivir y aportar a la sociedad. Carpinteros, albañiles, electricistas, plomeros… formaron parte de las obras constructivas para que no quedara un poblado, por intrincado que fuese, sin escuelas, consultorios, casas de cultura, bodegas o farmacias.

En todos distingue Fidel un baluarte. En todos, las mismas ganas de crear y fundar que tuvieron las generaciones anteriores. «Creer en los jóvenes es ver en ellos además de entusiasmo, capacidad; además de energía, responsabilidad; además de juventud, pureza, heroísmo, carácter, voluntad, amor a la patria ¡fe en la patria!, ¡amor a la Revolución, fe en la Revolución, confianza en sí mismos!, convicción profunda de que la juventud puede, de que la juventud es capaz, convicción profunda de que sobre los hombros de la juventud se pueden depositar grandes tareas».

Celia Hart Santamaría lo calificó una vez como el hombre de las zancadas largas junto al cual llevamos más de medio siglo: «y sucede que cada vez más jóvenes prefieren seguir esta ruta a la izquierda que él pilotea, esta ruta que tantos hombres han sembrado con su sangre y sus ideas. La responsabilidad de Fidel es esta: Acompañarnos con sus largos pasos de interminable Revolución».

Y por eso, solo una vez quisimos ignorar las palabras del Comandante, del padre multiplicado. Aquellas… cuando habló de la posibilidad de su muerte. —Sabemos que la finitud le está negada a los imprescindibles—.

Qué importa si lo invocamos desde la imagen de un Caguairán o de una Salvadera. Lo cierto es que Fidel Castro es un árbol apretado a la tierra, cuya simiente se reproduce en cada sonrisa de niño. Fidel es un árbol. Nonagenario, sí, pero que no envejece; porque tiene raíces eternamente jóvenes.

 

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