Martes
21 de Mayo de 2019
Cultura

El camino de la vehemencia

Autor: Yoandry Avila Guerra
Fotos: Revista Alma Mater
Fecha: 30 de Enero de 2019
Actor cubano Yasmany Guerrero del filme Inocencia.  Foto de Revista Alma Mater

Es difícil mirar al actor cubano Yasmany Guerrero y reconocer en él, sin el maquillaje y la vestimenta decimonónica, al Fermín Valdés Domínguez de «Inocencia», la más reciente película del cineasta Alejandro Gil.

Más allá de interpretaciones camaleónicas, algo comparten intérprete y personaje: la vehemencia; la de la figura histórica demostrada al no olvidar a sus amigos fusilados y más de una década y media después del suceso, continuar en la búsqueda de sus restos mortales y limpiar sus memorias; la del hombre que lo encarna, en perseguir la profesión soñada y defender cada proyecto con la misma pasión y responsabilidad.

Enamorado de la música, el actor toca la guitarra y el bajo, y más que cantar intenta afinar, compartió jocoso con Alma Mater. Manifestó también su preferencia por los personajes apasionados y el drama; y aunque suene cursi, mientras sonreía y arqueaba la ceja izquierda, declaró su gusto por la historias de amor. Un antídoto para la frivolidad que envuelve el mundo, afirmó, y motive a la gente a practicar el sentimiento y a sobreponerse al miedo ante el compromiso.

Igualmente dialogó acerca de su tortuoso inicio en la profesión, de lo que significa para él actuar. Y a modo de plato fuerte, de la experiencia de participar en «Inocencia» y encarnar a una figura cuyos méritos muchos minimizan en ocasiones al trascenderlo a la historia solo como el amigo del alma del Apóstol cubano José Martí.

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En la Secundaria Básica, al adolescente Yasmany se le acentuó ese interés por la actuación que comenzó a crecerle en el pecho cuando a los siete años de edad quedó fascinado con la actuación de pelotero de Robert Redford en  filme «The Natural» (1984).

Sin embargo, no supo cómo llegar a una escuela de arte, entonces, persiguiendo otra de sus ilusiones, la de conocer nuevos parajes y realidades, matriculó en una escuela militar con el objetivo de entrar a la Marina de Guerra, y después, convertirse en marino mercante. 

«Allí me di cuenta de que yo quería ser actor. No iba a ser ni militar ni marinero. Me salí y comencé a estudiar en el Manolito Aguiar, un preuniversitario de Marianao, donde descubrí grupos de teatro y empecé a acercarme al sueño que tenía en la secundaria. Luego fui miembro de un grupo aficionado dirigido por Irene Borges».

Tres intentos fallidos de entrar al Instituto Superior de Arte (Isa) no mellaron en Yasmany la pasión por la actuación, quien encontró primero en la compañía “Hubert de Blank” y luego en “Argos Teatro”, con el dramaturgo Carlos Celdrán, vías de llenar los vacíos teóricos sobre el tema.

«Me encantó “Roberto Zucco”, unas de las piezas de “Argos Teatro”, la vi tres o cuatro veces. En el estreno de  “Suite Habana” (2003, Fernando Pérez), en el cine Chaplin, hablé un momento con Carlos, me dijo que fuera a ver el grupo y los ensayos, pero no me decidía, hasta que me llegué con tremenda pena.

«Luego comencé a ir todos los días, como un alumno en la escuela. Hasta que Carlos me dio la oportunidad de estar en el grupo. Empecé a compartir escena con actores jóvenes como Caleb Casas y Fidel Betancourt. Las escenas comenzaron a multiplicarse y de pronto ya estaba en el espectáculo, así comenzó mi carrera sólida en el teatro.

«La escuela es para aprender y para equivocarte, pero yo no podía equivocarme en un grupo profesional. A veces creo que los críticos arreciaban conmigo. ¿De dónde salió este muchacho que interpreta un personaje protagónico?, me imagino que algunos se lo preguntaban cuando hice “Chamaco”, por ejemplo. En ocasiones lo críticos ven la obra un día y ya, y debes verla más veces porque los actores evolucionan en el teatro con cada puesta».

Por aquellos años juveniles se fraguaron oportunidades en el cine y la televisión: el cortometraje “Leo y Julita”, con Isabel Santos y Rachel Pastor; la aventura televisiva “La Atenea está en San Miguel”; el teleplay “Mi caballero de París”; así como el que considera su primer personaje importante en la gran pantalla, Federico, en el filme “La noche de los inocentes” (2007, Arturo Sotto).

En los talleres de entrenamiento de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños encontró también una vía para pulir teoría y enriquecer habilidades interpretativas, allí compartió con maestros de actuación foráneos y de prestigio en el universo actoral.

De aquella etapa primigenia, compartió, atesora las clases con el actor Adolfo Llauradó: «Lo conocí el último año de su vida. Una de las experiencias más intensas que he tenido, y tan importante, porque la pasión que el transmitía hacia la actuación creo que me quedó para siempre».

«Si yo trabajo con música cuando interpreto un personaje es gracias a él. Nos ponía a hacer ejercicios de concentración acostados en el piso, con música de fondo. Para “un chama” de 17 años eso es muy divertido. Te ríes. No quieres cerrar los ojos. Nos ponía Las cuatro estaciones de Vivaldi: adolescentes escuchando música clásica, eso te cultiva la sensibilidad».

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En el 2018 se estrenaron dos películas con la participación de Yasmany: “Club de Jazz”, de Esteban Insausti, de la cual además asume la responsabilidad del casting; e “Inocencia”, de Alejandro Gil, que toma como argumentos el asesinato de los estudiantes de medicina en 1871 y, 16 años después, la búsqueda de los cuerpos de sus amigos fusilados, por el patriota Fermín Valdés Domínguez, su personaje.

«Esteban me dijo que empezara a escuchar jazz, pues había un proyecto en marcha, pero más que sobre música, era acerca de la envidia en el arte. El jazz es el contexto en el cual se desenvuelve este sentimiento. Para mí es solo uno de los temas de la película, creo que tiene otros valores pero, es el que él más marca  y yo respeto, por supuesto, el punto de vista del director.

«Vas a tener que aprender a tocar la batería, me indicó, y me dio un practice de goma donde empecé ejercitar con las baquetas. Todavía lo tengo. Espero que no me lo pida. (Sonríe). Encarné a Horacio en uno de los tres cuentos que conforman la película. Entrené con el baterista Oliver Valdés. De la propuesta de reparto que entregué quedó el 90 por ciento. Hay a quienes le ha parecido bien la película, otros tienen sus dudas, pero ahí está».

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Actor cubano Yasmany Guerrero en el Filme Inocencia
Foto tomada de http://www.cubaperiodistas.cu

«Llegué a “Inocencia” por una llamada de Yaremis Pérez para un casting de maquillaje. Buscaba desesperado un proyecto que me gustara. Le decía a mi amigo Rafael Ernesto (Hernández), quien trabajó también en la película, que quería un personaje que hiciera por los demás y dejara de hacer por él. Es increíble cuando tienes una idea como esa en la mente y aparece un filme como este.

-Ño, candela- reaccionó Yasmany cuando vio a muchos de sus colegas en la prueba con mostachos prominentes y recordó su aversión hacia los bigotes falsos.

-No te asustes, si al final te seleccionan, va a ser tu bigote verdadero-, alguien le comentó.

«Me maquillaron, peinaron y tomaron la foto. Ese día me quedé con el resto  del equipo. Alejandro invitó a Yaremis a ir al cementerio, y los acompañé. Creo que eres tú, me decía ella bajito, pero yo en estos casos nunca lo doy por sentado hasta que tenga la confirmación y estemos en las locaciones filmando.

«En el cementerio vimos el lugar donde los encontraron, había una estatua de un ángel, una tarja y piedras que marcan el espacio ocupado por los cuerpos. Me quedé impresionado. Estaba motivado, pero a la vez no quería emocionarme ni sentirme comprometido porque podía sufrir si no me daban el papel. La espera no fue tortuosa, al día siguiente Ale me llamó para decirme que Fermín era mío».

Ya con el guion en la mano, inició Yasmany la consulta de literatura y de diversas fuentes para conocer detalles de la vida de su personaje, entre los detalles que lo sorprendieron estuvo que fungió como ayudante del Generalísimo Máximo Gómez en la guerra de 1895.

“El 27 de noviembre de 1871”, libro escrito por Fermín Valdés Domínguez  tras la aciaga fecha, es un texto que considera debe editarse en la actualidad, le sirvió de brújula.

«Uno entiende quién es una persona cuando lee lo que escribe y las apreciaciones de sus contemporáneos. De él la palabra que más se repetía era vehemente. Esa fue la que Alejandro manejó conmigo para que tuviera siempre presente en el personaje. También decían que era de “mecha corta”, sobre todo si le decían algo que no le gustaba y él sabía que tenía la razón. Leí una anécdota sobre un duelo por causa de una discusión pero no recuerdo si se materializó o cómo terminó la situación para el contrario.

«Fermín fue un punto clave para demostrar la inocencia de sus compañeros de clase y encontrar sus cuerpos. Les hizo justicia a sus ocho hermanos, como les decía. La película de alguna manera también le hace justicia a Fermín, mostrándoles a la gente quién fue este hombre. Un tipo leal que 16 años después, a cuenta de riesgos, porque los voluntarios podrían haberlo apresado por cavar en el cementerio, continuaba con la búsqueda de sus amigos.

«Además de la vehemencia, la obsesión fue otra de las características que explotamos. Él se muere si no encuentra los cuerpos, explicaba Alejandro. Como actor comencé a pensar en ello. Todos los días me levantaba estresado. Sentía el impulso que hubiese tenido Fermín para poder llevar adelante su misión».

Con el patriota como hilo que conecta los dos momentos temporales en que se desarrolla “Inocencia”, una de las preocupaciones de Yasmany fue la caracterización del personaje en ambas etapas: el joven de 20 años de 1871, y el hombre obsesionado de 36 años de 1887.

Las escenas de 1887 comenzaron a rodarse primero. Allí el actor se enfocó en controlar más los movimientos, en tratar de no sonreír: «Era un hombre amargado por lo sucedido. Lo de los estudiantes lo traumó. Arrastró desde entonces una cadena, un peso. Me concentré en eso. En el 71 es el mismo hombre pero sin estas experiencias. Un pichón. Tú eres como ellos. Tienes que sonreír más, me decía Alejandro en esas grabaciones. Eres uno de ellos».

Para marcar la diferencia intentó usar la empatía con el resto de los actores, a algunos ya los conocía de antes y eran amigos. Comenzaron a salir juntos a tomarse un café un día, al Centro Cultural Bertolt Bretch otro, o a un concierto de Interactivo o Toques del Río. La energía de los demás contagió a Yasmany y a la versión joven de su personaje.

A solo cinco días de inicio del rodaje -develó- llegó la escena del encuentro de los cuerpos, una de las más sobrecogedoras del filme. Para lograr la concentración requerida el actor se retiró a un rincón y comenzó a escuchar música; las canciones que creyó eran las propicias para llegar a la emoción y el respeto de ese momento. Cuando estuvo listo, se lanzó a la fosa y, ¡acción! 

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Tras su presentación en la edición de 2018 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, si algo no ha logrado “Inocencia” es dejar al público indiferente. Sollozos, llanto, emociones incontenibles se apoderan de hombres y mujeres a la par en las salas cinematográficas habaneras.

Alejandro Gil tomó una fecha conocidísima de la historia patria, un hecho triste producto de la sed de sangre del Cuerpo de Voluntarios de La Habana para encauzar su ira ante las derrotas que en la manigua los mambises le propiciaban a España en la lucha por la libertad de la Isla, y lo devolvió humanizado.

«Cuando filmábamos no teníamos conciencia de la magnitud de un proyecto como este. Ahora vemos a la gente emocionada y llorando en los cines y constato algunos valores que transmite la película, como el de la amistad entre los muchachos que ninguno se traicionó y murieron juntos; o el amor, como en el caso de “Lola y Anacleto”. Si la historia hubiese sido ficción hubiera sido igual de dolorosa y conmovedora.  

«A todos mis personajes los trato con el mismo cariño. Unos tienen que dar más que otros por su trascendencia. Un personaje de la vida real como este, que se sacrificó y pasó tanto trabajo, uno tiene que darle más amor, más pasión. No quiero que valoren mi actuación. Si mi Fermín quedó, quiero que lo busquen en los libros de historia de Cuba e indaguen sobre él».

Ser actor –declaró- le ha permitido un entendimiento del ser humano que tal vez otra profesión no lo hubiera hecho. Para él, los actores se convierten en sicólogos que estudian el comportamiento del otro, su lenguaje corporal, incluso, a veces lo hacen inconscientemente con las personas en la calle.

«Esta es una profesión para la gente, quien no lo conciba así está equivocado. Interpretar seres humanos requiere un nivel de compresión del prójimo que le brinde credibilidad a los personajes y le suscite emociones al público».

Uno de sus sueños recién acaba de cumplirse al encarnar a Julián de Casal: «Desde hace 11 años esperaba la materialización de este proyecto inspirado en la vida del poeta. Por suerte lo hice, un poco más y ya no me da la edad. Hubiera sido el abuelo de Julián. Uno se ríe pero también te pone a pensar sobre las oportunidades. Con el personaje sabes qué me pasó, pues mi diapasón de sensibilidad se abrió. Con este tipo de actuaciones empiezas a escribir poesía aunque te salgan mal, aunque sea todo en prosa y no rimen».

Ante la pregunta de si la cinematografía cubana actual es lo suficientemente diversa y llena de oportunidades, reconoció que los jóvenes están proponiendo trabajos más interesantes en cuanto al riesgo, quieren realizar películas de terror, de ciencia ficción pero, consideró que se necesitan mayores presupuestos y una Ley de Cine, pues a veces el contexto es adverso para la creación. 

«Tenemos gente con deseos hacer y cosas que decir. El cine cubano puede crecer aún más. Creo que se deben ampliar las oportunidades de estudio tanto dentro como fuera de Cuba».

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