Lunes
06 de Abril de 2020
Deporte

El fútbol a un solo color

Autor: Haroldo M. Luis Castro
Fotos: Del autor
Fecha: 4 de Marzo de 2020

En su vida un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión,
pero no puede cambiar de equipo de fútbol. (Eduardo Galeano)

 

Entrar al pequeño salón enciende sospechas que se debaten entre la solemnidad de un ritual muy bien ensayado y la espontaneidad propia de lo absurdo. Apenas superada la puerta,un mar de sillas metálicas que disimulan uniformidad asaltan la vista y obligan a improvisar caminos para llegar a los asientos ventajosos. Cualquiera supondría aquel herméticolugar de color pálido el sitio propicio para atreverse con un cine a pequeña escala por cuenta propia. Pero allí, según dicen, solo se entiende de fútbol.

Un llamativo pedazo de tela azul —una sobrecama, ¿quizás? —preside la habitación y obliga a leer el sobrio enlace de letras que forman CHELSEA F.C. El recinto de a poco comienza a habitarse de seres animosos y debidamente uniformados que entre celulares y las más improvisadas conversaciones burlan la inercia de la espera. Mientras, en una esquina, se simulan malabares para hacer funcionar un modesto proyector.

El partido de la ocasión pertenece a la siempre competitiva liga inglesa de primera división o Premier League, como gustan decir con marcado acento anglosajón. —« ¡Hoy sí coño!»—lanza una voz anónima y enseguida le respondencon gritos y palmadas. El ingenio de los malabaristas y la magia de ciertas tarjetas Nauta permiten cazar transmisiones impensadas para la televisión nacional y el ambiente, de súbito, enmudece. La espera se disuelve. Aquellos con banderas se las adhieren a la espalda y otros buscan en la complicidad de las miradas el aliento requerido para ver, sufrir y, quizás ganar.

El eco del pitazo inicial anuncia algo más que 90 minutos de concentración. Con el esférico ya rodando enuna especie de lona blanca, el inconsciente traiciona y obliga a imaginar clichés. ¿Cuántos anacronismos enumerara un británico desde la comodidad de un húmedo y oscuro bar de barrio si supiera de la exigua ortodoxia con la que unos cuantos entusiastas profesan su afición por el football desde un chispazo de tierra en el Caribe?

A ratos, la imagen se congela. Los encargados de aprovechar hasta el último centavo salido de privaciones insospechadas se abalanzan con agitación sobre una laptop en búsqueda de otra señal. Entonces, entre resoplidos y exabruptos, aparecen los imprescindibles chistosos. —«Asere, por tu culpa»— dice un mulato con tono jocoso y apunta con el dedo a un flaco sentado más adelante. —«Mira, no jodas que la cosa está caliente»— responde este sin dejar de mirar la pantalla todavía en azul.

La algarabía del juego regresa y sin excepción vuelven a cumplir su parte del guion. Unos, a repartirle indicaciones al viento. Otros, a cabecear o patear cuanto balón imaginario pueda dar el gol. Cada cual tiene bien definido su rol.

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Cuando se creó el grupo de WhatsApp para compartir resultados y debatir las incidencias de cada jornada, nadie imaginó haber sentado las bases para lo que luegose estableció como la primera y única peña oficial del Chelsea en Cuba.

Uno de sus fundadores, Luis Arián Martín García, recuerda que la simpatía por la Premiery el deseo de compartir con verdaderos amantes de tan prestigioso club motivó su fundación. «Empezamos a buscar un local para reunirnos y disfrutar de los encuentros y encontramos el hotel Bella Habana. Luego construimos una estructura de dirección donde cada cual cumple con funciones específicas. Tenemos tesorero, secretario, etc. Siempre tomando de ejemplo a otras peñas oficiales que existen en el mundo», explica Martín García, también presidente de los seguidores de los Blues.

Para Carlos Mauri Trujillo, gozar de la oportunidad de alentar al equipo en compañía y con el imprescindible ambiente futbolero resulta una experiencia inexplicable. «A muchos les sorprende todo lo que hemos logrado en meses; contar con el reconocimiento de los directivos e, incluso, los propios jugadores, habla por sí solo de nuestro trabajo», asegura quien, además, se encarga de las redes sociales.

Un criterio similar comparte Israel Fernández Cuní, con 52 años, el miembro más longevo. «Desde que tengo uso de razón me gusta el balompié. Yo, que llegué a pagar para ver en casetes VH partidos grabados del Chelsea, valoro mucho la labor de la peña. Aquí, pese a nuestras diferencias de edades o profesiones, somos una gran familia porque nos une un sentimiento inexplicable. Por eso me gusta venir con mis hijos, aunque ellos prefieran otras selecciones».

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El paso de los minutos y la persistencia del empate en el marcador provocan nerviosismo. La anotación que supone los tres puntos demora más de lo previsto y el último remate del contrario clavado en el travesaño causó pánico. Móvil en mano, los fatalistas revisan cuan nefasto pudiera antojarse el empate o la derrota. Casi nadie se atreve a hablar. Pareciera que el reloj avanzara ahora con paso apurado.

Sin embrago, ni siquiera el más amargo sufrir impide la constante circulación de una benefactora jaba de chicharrones salidos de la nada que casi siempre se acompaña con los refrescos y las cervezas adquiridas en el entretiempo. El monótono ritmo de las acciones aburre por momentos. Solo el imprevisto error del zaguero rival reaviva a un auditorio que rápidamente intuye el final idealizado.

El proyector muestra una estampida de hombres de azul que a golpe de constancia y suerte amuralla el arco del oponente y despliega un arsenal de recursos para burlar a la defensa. Al mismo tiempo, en la misma sala oscura y a miles de kilómetros de distancia, una veintena de sujetos, ya eufóricos y de pie, ejecutan cuanta pantomima consideran necesaria para poner el balón en lo profundo de la red.

Un mar de piernas enturbia el progreso de las hostilidades. Los espacios en el área se reducen y la frustración acecha por enésima ocasión. De pronto, un acto sublime de genialidad. De entre la muchedumbre el cuero sale disparado y describiendo una trayectoria endiablada termina por internarse en un resquicio de la portería.

Si en la grama la celebración supo a rutina, en aquella habitación envuelta en penumbras los gritos y los abrazos llegaron para aliviar la impotencia que acecha al hincha maldito y marginado por perseguir esencias que van mucho más allá de Barcelona o Real Madrid.

El frenesí concluye. Las felicitaciones y los selfies que luego terminarán irremediablemente en Facebook o Instagram se suponen el merecido premio por tener el coraje de aguantar hasta el final. Los descubiertos analistas y estrategas, para mayor alegría de los presentes, abusan menos tiempo del esperado de la atención ajena y favorecen a quienes deben enfrentar su duelo particular con el transporte, no sin antes pactar la próxima cita.

Es cierto, en un país por definición colmado de pasiones, soñar con escenarios ajenos al béisbol quizás incite a rozar lo aparentemente irracional ¿Acaso importa?

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