Martes
16 de Enero de 2018
Sociedad

El hurón azul

Hurón diferente. Carlos Enríquez en el recuerdo de Félix Pita Rodríguez*

Fecha: 20 de Noviembre de 2017
Hurón diferente. Carlos Enríquez en el recuerdo de Félix Pita Rodríguez (Artículo publicado en el número 318, año 1989)

El solo hecho de visitar a Félix Pita Rodríguez es algo que llena de satisfacción. Pero llegar a él con una libreta de notas y una grabadora ya nos pone en otro plano, sobre todo cuando vemos su mirada, entre asombro y burla, que nos lanza al percatarse de nuestra turbación. No nos queda otro remedio, estamos atrapados.

Allí entre libros, cuadros, fotos y humo de cigarros comenzamos a conversar, sin apuros, sobre mil temas diferentes, hasta llegar a lo que nos trajo: «¿Una entrevista? Bien, adelante», mas no era fácil empezar.

Fue por eso que al mencionarle a Carlos, de nuevo notamos ese brillo en la mirada, pero esta vez traslucía amor, añoranza, recuerdos, muchos recuerdos. Esto nos animó a contarle todo lo que estábamos haciendo por rescatar el Hurón Azul e imagen de Carlos Enríquez y así, sin dejarnos hacer la tradicional y obligada primera pregunta, Félix comenzó esta entrevista.

«Te dije de entrada que mi memoria es un desastre, por lo tanto, habrá muchas lagunas, indudablemente, porque mi memoria es muy mala, toda la vida lo fue, y ahora con el amontonamiento de los años pues lógicamente es peor. De todas maneras sí te puedo decir algo que me parece lo más importante y es que me alegra mucho, pero mucho, mucho el hecho que las mueve a ustedes, esto es querer conservar el Hurón, querer que el Hurón no termine por desaparecer,  como parecía condenado a desaparecer.

«Habían trascurrido años desde la muerte de Carlos, y a pesar de que se ha hablado varias veces, y algunas gentes han insistido, han querido hacer lo que ustedes van queriendo hacer ahora y parece  que según me cuentan van a lograrlo.

«Yo tenía mis temores de que desapareciera el Hurón sin dejar rastros y sería realmente una cosa lamentable porque si hay algo que se pareciera a Carlos Enríquez, realmente, era su casa. El Hurón es como una reproducción de Carlos, no como una parte de su vida, sino como su vida misma. Su espíritu estaba en esa casa, su pensamiento, su sensibilidad, todo estaba ahí, mezclado con esa casa de una manera extraordinaria.

«El hecho de que el Hurón haya sido reflejo de la última etapa de su vida no disminuye ese valor que yo le doy. Es realmente un reflejo de la última etapa de su vida, pero yo creo que toda la vida de Carlos es como una corriente de agua que se repite eternamente, aunque sea siempre distinta en cada lugar. Por lo tanto esta es como un aguafuerte de Carlos, como un retrato de Carlos es más, yo creo que hay que añadirle a esto, que el Carlos novelista que  el Carlos escritor surge y nace ahí. La novela de él, La Vuelta de Chencho es también un pedazo de esa casa, ahí es donde él la concibe, son las gentes que viven en los alrededores los que les dan los personajes, los que le dan el clima, la atmósfera de La Vuelta…, y Tilín García y la otra novela, sobre todo Tilín García, no ese mundo, ni esa atmósfera, ni ese clima de Hurón, pero es allí donde surgen todas esas vivencias, todos esos recuerdos, que por alguna razón misteriosa no habían surgido hasta entonces, por todas esta razones hay que pensar que el Hurón tiene una significación extraordinaria en la vida de Carlos.

Conservar esa casa, guardar ese ámbito cerrado es como enmarcar un dibujo de Carlos Enríquez.

«Sin duda que por allí pasó mucha gente, sin duda también que la última etapa de la vida de Carlos se consumió un poco más velozmente, ya que el consumo del alcohol se hizo mayor en esta etapa; esto no se lo podemos achacar al Hurón, tenemos que achacárselo a otras razones, que era su inconformidad con el mundo, él fue siempre —como diría un argentino— un desapegado.

¿A esto se refiere usted en el Prólogo a Tilín García, cuando señala que Carlos Enríquez era un desasido?

«Exactamente, esa es la cuestión. Él no estaba conforme con el mundo y lo manifestaba, lo manifestó siempre, en el Hurón y mucho antes del Hurón, cuando yo lo conozco, por el año 30 o el 31, ya entonces Carlos era igual, en muchos sentidos, ya entonces también  le metía mano al aguardiente con ganas, le metíamos

—vamos a hacer la salvedad— no vaya a aparecer yo como un abstemio porque no era verdad. Entonces aquella etapa de París, después de España, en Madrid, me hizo conocerlo muy bien y estar muy cerca de él, fuimos grandes, grandes amigos, entonces puedo hablar con cierto conocimiento de causa, soy testigo de vista, como se dice». (…)

¿Entonces se podría afirmar que la sensualidad en la pintura de Carlos no es más que la expresión de cubanía?

«Exactamente, yo lo creo así. Él desde luego, era un hombre extraordinariamente sensual en el  sentido más amplio de la palabra; era el hombre que por los sentidos recibía y transformaba y convertía en obra de arte esa captación que hacía de la vida por los sentidos, y creo que sí, que al darnos eso, nos está dando lo que hay en realidad en Cuba, además ya la cosa personal que lo hacía inclinarse hacia esa faceta del vivir, del ser del cubano. Desde el punto de vista de las influencias —las del Hurón, en este caso— crecen cuando él se asienta en Cuba, cuando empieza a descubrir, a redescubrir a Cuba, eso se hace más patente y por lo tanto hay que anotárselo al Hurón también. Es allí donde muchos van a beber, muchos van a recoger, a  beber en el otro sentido —no en el sentido del ron, sino en el sentido del conocimiento, de la sensibilidad—, muchos jóvenes a recoger de Carlos lo que hay de enseñanza y de maestría en él: así que también por ahí es muy importante que nos quede el Hurón como una cosa permanente». (…)

¿Cómo era Carlos Enríquez, no solo como artista, sino como el hombre que era?

«Yo le hice un poemita, que está en Pobres Amigos, donde yo digo esto y es exactamente, Carlos se enmarcaba en una expresión agria, violenta, escandalosa y en el fondo lo que estaba tratando era de ocultar su ternura, su sensibilidad. Él sabía  lo difícil que es en un mundo burgués, ser un hombre sensible, ser un hombre tierno, ser un hombre con un espíritu fino, porque la lucha es muy dura en ese mundo para estos hombres y Carlos se enmascaraba en esa virulencia, en esa virulencia sorpresiva, pero no era verdad eso, él era extraordinariamente tierno. (…)

«Yo recuerdo que en París una tarde que yo estaba enfermo, y ya no vivíamos en el mismo hotel caminó no sé cuantas cuadras con un cacharro de chocolate caliente para llevármelo. Esas eran las cosas que él hacía con la mayor naturalidad, se quitaba lo que tenía para dárselo a cualquiera, eso, su generosidad y su ternura para con los niños, su ternura en el amor inclusive, se enamoraba profundamente y se enamoraba en el sentido de los enamorados que se ponen las manos frías cuando tocan las manos de las novias; todas esas cosas. Así era, ese no es el Carlos de la leyenda, pero ese es Carlos  verdadero, de una sensibilidad increíble».

Alrededor de Carlos se han tejido numerosas leyendas, ¿hasta qué contribuyó a su propia leyenda y hasta qué punto fue la maquinaria burguesa, la que, como usted dice, llegó a crear el «artista maldito»?

«Yo creo que sí, que las dos cosas, porque él también contribuía, era su mecanismo defensivo, entonces pues chillaba más que nadie, gritaba más que nadie, le decía lo que tenía que decirle a cualquiera. Era su forma de reaccionar contra el mundo y la gente lo veía como un artista maldito. Ahora sabemos perfectamente que la burguesía  utiliza esa forma  de lucha contra los artistas como Carlos, que son sus enemigos naturales». (…)

Pogolotti, en sus Memorias del Barro y las Voces señala un común denominador entre usted y Carlos en relación con la rebeldía natural y a la irreverencia de ambos.

«Me parece muy justo lo que dice Pogolotti, una manera de manifestar la rebeldía: la irreverencia. No creer en nada de aquello dentro de lo cual vivíamos, de aquel mundo, porque sí creíamos en algo. Yo creía en la posible renovación del mundo y la prueba es que tanto Carlos como yo íbamos a los actos que había entonces, el proceso Dimitrov, el movimiento a favor de la libertad de Prestes, todo lo que en aquel momento estaba anunciando el futuro, estaba anunciando la próxima Guerra Mundial. Todo aquello a nosotros nos interesaba, y durante el día estábamos en el Café del Domo en Montparnasse pero muchas estábamos en esos actos revolucionarios».

¿Qué papel jugó la narrativa de Carlos en el contexto de la literatura del siglo XX?

«Esto es muy difícil de contestar, creo que la narrativa de Carlos pasó completamente inadvertida, desde luego que en parte porque se decía en Tilín García, que fue su primera novela publicada, y lo que decía ahí no era para que la burguesía le publicara ediciones, aparte de que en aquel momento todos sabemos que aquí no había ediciones, se publicaba un libro cuando el autor tenía dinero para hacerlo. Además esto se publicó, si no recuerdo mal, en las ediciones que hizo el poeta español Manuel Altolaguirre en la imprenta La Verónica. Algo se comentó entre los amigos de Carlos, pero poca cosa y después se quedó ahí en el olvido, hasta que la Revolución lo agarró de nuevo y publicó ya todas las novelas.

«No creo que haya podido ejercer influencias sobre los narradores de ese momento, porque las ediciones eran muy limitadas y de muy poca circulación. No sé si posteriormente habrá ejercido alguna influencia, tampoco lo creo, era muy Carlos y muy Enríquez para que haya ejercido influencia sobre narradores jóvenes, que ni siquiera lo han leído. Eso exige una revaloración de su obra, porque con el Tilín… y la Vuelta… nos deja un documento sobre lo cubano de aquel momento».

Sin embargo su pintura sí ha ejercido influencia sobre los pintores posteriores.

«Eso sí, ahí sí,  porque ahí pesaba demasiado para que lo pudieran obviar, y no te digo que no intentaran hacerlo, porque acabamos de hablar del escándalo de los cuadros, eso mismo se producía en otros terrenos, si podían eliminar a Carlos, cercenar sus posibles influencias en los jóvenes artistas, la burguesía lo hacía porque era un enemigo jurado y declarado.

«Estoy seguro que a Carlos no le hubieran dado una beca nunca, aparte de que no había becas, o eran muy limitadas y destinadas a alguien de entrada, pero no se la hubieran dado a Carlos nunca  aunque el mundo entero lo estuviera reconociendo como un gran pintor. Él enseñó a muchos artistas plásticos cubanos a ver a Cuba con otros ojos. Esto no se lo podían quitar y su obrar lo ha seguido realizando a través del tiempo».

En las vidas indudablemente ricas de Carlos y de usted deben haber surgido innumerables anécdotas, puede usted referirnos algunas?

«Tengo recuerdos de la apetencia de Carlos, su interés por todo lo que fuera manifestación artística, pero esto no son anécdotas; las anécdotas son otra cosa, están casi siempre enmarcadas en un clima no favorable para la evocación en el recuerdo, generalmente estábamos pasados de tragos los dos, entonces todas las cosas que pasaban en aquel mundo yo las saco así, chorreando miel y bruma del recuerdo.

«Por ejemplo: había hecho una traducción de un libro de Balzac y había cogido un poquito de dinero, unas cuantas pesetas, alquilamos una casa donde vivíamos un pequeño grupo de cubanos; no teníamos muebles, camitas, colombinas de esas de hierro y comíamos poniendo dos maletas de cartón, una encima de  la otra, con una cama a cada lado, las maletas servían de mesas, comíamos cuando había que comer. Recuerdo que un día dice Carlos:

—"Una cosa que me molesta de esto es que nunca podremos dedicarnos a los placeres de la mesa".

—"¿Por qué, Carlos?".

—"¿Porque siempre serán los placeres de la maleta?".

«Un día que habíamos estado bebiendo con el poeta Gerardo Diego, el español, que no bebía y que al tercer coñac que nos invitó él, yo le insistí para que se lo tomara, me dice: "Me pierdes, Pita, me pierdes". Lo dejamos y nos fuimos.

«Íbamos cruzando el Jardín del Retiro, era atardecer en el mes de noviembre, empezó a caer un chubasco de esos de gotas de medio litro y se desplomó el Jardín, la gente corrió y nosotros seguimos nuestro camino, imagínate, llevábamos un cargamento de aguardiente, qué nos importaba una lluvia más o menos; y al pasar junto al  estanque que hay alrededor de un monumento de Martínez Campos había una serie de cisnes y patos que vivían en ese estanque, a los dos se nos ilumina de pronto el cerebro "Y si llegamos a la casa ahora con un cisne de esos para asarlo", y ni corto ni perezoso, apenas lo habíamos dicho, cualquiera de los dos que lo haya dicho primero, nos echamos al estanque a perseguir a los cisnes. Ni los cisnes ni los patos, porque eran más hábiles que nosotros, corrieron, alborotaron y no pudimos coger ninguno; después nos enteramos que los cisnes no se pueden comer, porque son tan duros que no hay manera de cocinarlos. Llegamos a la casa empapados, en noviembre, en Madrid que hace frío y si no llevábamos dentro aquel aguardiente hubiéramos pescado una pulmonía. Cuando llegamos le contamos a la gente "quisimos hacerlos felices a ustedes trayendo esto, pero no pudo ser", entonces enseguida conseguimos una peseta, bajaron a una taberna que había en los bajos y subieron, con un jarro de aguardiente, matarratas se llamaba, que era el peor de todos, te daban un jarro por una peseta, y gracias a ese aguardiente matarratas no pescamos una pulmonía.

«Una vez Carlos se ensalzó a golpes en una taberna, creo que en esa misma que estaba en los bajos de la casa, se armó una trifulca ahí entre un grupo que estaba y nosotros, y de pronto veo  a Carlos adoptando posición de boxeador y lo oigo que dice:

"¡Vengan cabrones para que vean cómo boxea un campeón de boxeo de Filadelfia!".

«En aquel momento inventó que él era campeón de boxeo, flaco como era, parecía un Don Quijote y se acabó la bronca, enseguida se liquidó el incidente, y seguimos bebiendo todos, pero aquello del campeón de boxeo no sé de dónde lo sacó».

¿Era muy ocurrente?

«Sí, además era muy mentiroso, esas cosas que hilvanaba así de pronto, había que tener mucho cuidado con las mentiras de Carlos, porque en verdad no se sabía cuándo estaba fabulando o cuando estaba recordando, por eso nos entendíamos bien.

«Mientras él estaba pintando en su cuarto, era una etapa en que vivíamos en el mismo hotel en el Passaje Deraux, nos poníamos a hablar de los surrealistas, de los antepasados de los surrealistas, de William Blake, de Lautrómont, de Nerval, en fin de toda esta gente y llegamos a vivir en un clima de magia y de maravilla que si hubiéramos visto nacer un árbol en medio del cuarto, de pronto, lo hubiéramos aceptado como algo muy natural. Vivíamos dentro ese clima del surrealismo, entonces nuestras conversaciones giraban alrededor de esas cosas; yo lo introduje un poco en Marco Polo que era uno de mis grandes amores y lo sigue siendo, hasta ahora que acabo de publicar un libro sobre él. Intercambiamos esas experiencias mágicas, Nostra Damus era otro de los tipos que a él lo fascinaban, con sus profecías. Todas estas cosas del mundo de los surrealistas eran para él muy queridas, se sentía muy bien viviendo en este mundo.

«Recuerdo que Carlos detestaba a la gente que usaba paraguas, todas esas cosas típicas, me acuerdo que Mariano Brull el poeta, andaba siempre con un paraguas, un día estábamos hablando:

—"Carlos, mira a Brull es un burguesón, pero su poesía no es mala y mira la jitanjáfora es una cosa es una cosa de liberación".

—"Sí, pero usa paraguas".

«Él no podía aceptar aquello, podía haber hecho la mejor poesía del mundo, pero usaba paraguas».(…)

Se fabula un poco con la propia vida

«Sí señor, se fabula mucho. Mira, yo estoy escribiendo algo, un libro sobre mi estancia en México, allá por los años "veintipico", cuando yo andaba vagabundeando por allá, el 90% de eso es mentira, lo que pasa es que yo no lo digo. En cierta forma es verdad porque uno acumula vivencias, experiencias, rostros, paisajes, los acumula inconscientemente, eso se sedimenta por allá dentro, se hace un alambique, que al fin y al cabo el hombre es un tremendo alambique.

«Eso se destila y surgen cosas, que aunque no sean exactamente espejos de la realidad pasada, sí están hechos con fragmentos de esa realidad. Tienen olores, sabores, colores del ayer que sobreviven, permanecen por allá dentro, entonces a fin de cuenta aunque uno meta su mentira por el medio de vez en cuando, siempre es un poco la realidad pasada. Esto que estoy diciendo son herejías desde el punto de vista literario, pero me importa un comino lo demás».(…)

 

*Artículo publicado en el número 318, año 1989.

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