Martes
12 de Noviembre de 2019
Cultura

El libro de los abrazos

Fotos: Internet
Escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano

Definición del arte

Portinari no está  ­decía Portinari. Por un instante asomaba la nariz, daba un portazo y desaparecía. Eran los años 30, años de cacería de rojos en Brasil, y Portinari se había exiliado en Montevideo.

Ivan Kmaid no era de esos años, ni de ese lugar,  pero mucho después,  él asomó  por los agujeritos de la cortina del tiempo y me conto lo que vio:  Cándido Portinari pintaba de la mañana a la noche,  y de noche también.

­Portinari no está­ decía

En aquel entonces  los intelectuales comunistas del  Uruguay iban a tomar posición ante el realismo socialista,  y pedían la opinión del prestigioso camarada.

­Sabemos que usted no está maestro, le dijeron y le suplicaron:

­Pero ¿No nos permitiría un momento, un momentito?

Y le plantearon el asunto.

­Yo no sé, dijo Portinari.

Y dijo:

­Lo único que yo sé es esto: el arte, es arte o es mierda.

El lenguaje del arte

El Chinolope vendía diarios y lustraba zapatos en La Habana. Para salir de pobre se marcho a Nueva York. Allá alguien le regalo una vieja cámara de fotos. Chinolope no había tenido nunca una cámara en las manos, pero le dijeron que era fácil:

­Tu miras por aquí y aprietas allí.

Y se echo a las calles, y a poco andar escucho balazos y se metió en una barbería, y alzo la cámara y miro por aquí y apretó allí.

En la barbería habían acribillado al gánster Joe Anastasia, que se estaba afeitando. Y esa fue la primera foto de la vida profesional de Chinolope.

Se la pagaron una fortuna. Esa foto era una hazaña. El Chinolope había logrado fotografiar la muerte. La muerte estaba allí: no en el muerto, ni en el matador. La muerte estaba en la cara del barbero que la vio.

Profecías

En el Perú, una maga me cubrió de rosas rojas y después me leyó la suerte. La maga me anuncio:

­Dentro de un mes recibirás una distinción.

Yo me reí, me reí por la infinita bondad de esa mujer desconocida, que me regalaba flores y augurios de éxitos, y me reí por la palabra distinción, que tiene no se que de cómica, y porque me vino a la cabeza un viejo amigo del barrio que era muy bruto, pero certero, y que solía decir, sentenciando, levantando el dedito; “A la corta o a la larga los escritores se hamburguesan”; así que me reí; y la maga se rio de mi risa.

Un mes después, exactamente un mes después, recibí en Montevideo un telegrama. En Chile, decía el telegrama, me habían otorgado una distinción. Era el premio José  Carrasco.

Profecías  II

Helena soñó con las que habían guardado el fuego. Lo habían guardado las viejas, las viejas muy pobres en las cocinas de los suburbios; y para ofrecerlo les bastaba con soplarse, suavecito, la palma de la mano.

Neruda  II

Ocurrió en La Sebastiana, otra casa de Neruda, recostada a la montaña, sobre la bahía de Valparaíso. La casa estaba cerrada a cal y canto, con tranca y candado y bajo siete llaves, habitada por nadie desde hacía mucho tiempo.

Ya los militares habían usurpado el poder, ya había corrido la sangre por las calles, ya Neruda había muerto de cáncer  o de pena. Entonces unos ruidos raros en el interior de la casa clausurada llamaron la atención de los vecinos. Alguien se asomo por la ventana y vio los ojos brillantes y las garras en ataque de un águila inexplicable. El águila no podía estar allí, no podía haber entrado, no tenía por donde, pero adentro estaba: y adentro daba violentos aletazos.

 

 

 

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