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10 de Julio de 2020
Cultura

El Mejunje en sus 30

Autor: Eileen Sosin Martínez
Fecha: 7 de Septiembre de 2014
El Mejunje en sus 30

Quien llegue a Santa Clara, no puede irse sin haber estado en El Mejunje. En esta suerte de templo bohemio hay espacio para todos y todas, es una plaza del amor, la cultura y el respeto, una casa donde nunca se cierran las puertas.

Ramón Silverio, actor y promotor cultural, es el gran anfitrión, y más que eso, un duende, un mago que los siete días de la semana recibe al público, diversos públicos, gente de todos los colores. Aun sin conocerlo uno lo admira, porque esta es su obra, la que ha creado a pedacitos, uniendo muchas manos, desde 1984; y como tal el resultado dice mucho de él, sus sueños, sus causas y azares.

Los «Viernes de la buena suerte» atraen desde el nombre, y se pone mejor cuando tocan Los Fakires y, ya en la madrugada, surge la ronda cantando «dame la mano y danzaremos».

El jueves La Trovuntivitis toma la pista en su peña habitual, desde 1997. Para los niños está el domingo, que disfrutan de lo lindo con las funciones del Guiñol. Ninguna jornada se parece a otra, no importa la cartelera, porque invariablemente se va a pasarla bien, compartir con los amigos, «descargar».

Sin más lujos que árboles de framboyán, viejos neumáticos y gradas de madera, el patio resulta un escenario perfecto. Los ladrillos rojos, graffitis y poemas en las paredes completan la atmósfera de autenticidad y buena onda. Hay un bar, claro, pues como dicen los que saben, «la trova sin trago se traba». Y también boleros, rock, filin, ritmos tradicionales, electrónica, disco… si algo jamás falta aquí es buena música, tanto en vivo como grabada.

La sala techada acoge obras de teatro y proyecciones cinematográficas. Fueron reclusos quienes participaron en su construcción, y cuando quedó terminada recibieron una tarjeta que afirmaba: «Yo construí El Mejunje», de manera que después ellos con su familia pudieran asistir gratuitamente a los espectáculos.

Sin embargo la casa de Silverio no nació con esa buena fama. En tanto un sitio inclusivo por excelencia, fue uno de los primeros donde se realizaron presentaciones de transformistas, y donde la diversidad sexual era vista sin tabúes ni discriminación. Con los años quedaron atrás algunos prejuicios y concepciones estrechas, pero El Mejunje siempre da de qué hablar, es polémico por naturaleza. Si no sería muy aburrido, como ha confesado el propio director, que no olvida el apoyo de las autoridades provinciales.

Esta es la sede del Festival de Teatro de Pequeño Formato, además de la compañía del mismo nombre y el Encuentro Nacional de Trovadores «Longina». Sui generis hasta en los precios, la entrada cuesta a lo sumo 5 pesos (¡solo 5 pesos!). Conviven la Peña de los Danzones y el Guateque, la galería de artes plásticas, junto a ocasionales fiestas de Halloween, pasarelas y un concurso de tatuajes.

Mejunje, literalmente, como una alegoría al «ajiaco» de Don Fernando Ortiz. Aunque también tiene su metáfora, porque según cuenta Silverio, no ha hecho más que interpretar el alma del cubano.

El nombre proviene de aquellos primeros días, cuando el proyecto cultural no tenía donde posarse, y él llevó la tertulia a su vivienda. Allí ofrecía una infusión de hierbas, a la que alguien llamó «el mejunje de Silverio», y así se quedó. Estuvieron dando tumbos, «gitanamente», sin local definitivo. Hasta que el 26 de enero de 1991 se inaugura en la calle Marta Abreu no. 12, próximo al parque Vidal. De las ruinas del antiguo Hotel Oriente nació un lugar alegre, espontáneo, con personalidad muy suya. Un ejemplo de autogestión y labor comunitaria.

La verdad es que yo nunca he estado en El Mejunje, ni en Santa Clara. Esta es la historia que me han contado amigos y viajeros, de las fotos vistas con añoranza y sana envidia, de lo que he leído y, tal vez, un poco, imaginado. Pero allá voy. Si no hay pasaje, no importa, allá voy, aunque sea en botella, y seguro habrá cómplices para la aventura.

¿Quién se embulla?

 

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