Lunes
14 de Julio de 2014
Ciencia y tecnología

El pie de los misterios

Autor: Texto y Fotos Manuel Vázquez
Fragmneto del BRT-VP-2/73 hallado por el profesor Yohannes Haile-Selassie

Como casi todo lo que tenga varios cientos de miles -o millones- de años de antigüedad, el registro fósil de nuestros ancestros se encuentra bastante fragmentado, con numerosas lagunas temporales entre una especie descrita y otra, que se hacen mayores en la medida en que aumenta la edad de los restos, ello deja suficiente espacio para el debate científico acerca de los orígenes del genero Homo.

Adicionalmente, con frecuencia, cuando pudiera pensarse que se ha alcanzado una descripción razonable del árbol evolutivo humano, un fósil nuevo viene deshacer -para bien- el rompecabezas a medio ensamblar.

En años recientes el sorprendentemente completo fósil de Ardipitecus ramidus (4,4 millones de años) ha hecho replantearse ciertas ideas generalmente aceptadas, entre ellas algunas relativas al bipedalismo en los homininos (primates -ya extintos- mas emparentados con el hombre que con el chimpancé).

Pero, independientemente de "detalles" en los diferentes puntos de vista, es generalmente aceptado que la selección de la locomoción bípeda desempeñó un papel determinante en el establecimiento del linaje humano como vía evolutiva separada de orangutanes, gorilas, y chimpancés.

Un nuevo fósil, reportado ahora en las páginas de Nature por el profesor Yohannes Haile-Selassie, del Museo de Historia Natural de Cleveland, ofrece otra visión para el panorama reinante en África durante el Plioceno tardío.

El hallazgo en cuestión se limita a unos pocos huesos del pie de una especie aun desconocida que vivió en la localidad llamada Burtele 2, del actual sitio paleontológico de Woranso-Mille, en la región etíope de Afar central, hace entre 3,2 y 3,8 millones de años.

Modelo de la reconstrucción del Australopitecus Lucy
Modelo de la reconstrucción del Australopitecus Lucy

Por esa época deambulaban por el Este del continente africano los Autralopitecus afarensis (a quienes perteneció la famosa Lucy), sobre cuyo tipo exacto de locomoción existe aún cierto debate, y, según sostiene ahora Haile-Selassie, también lo hacía el dueño del pie hallado por él, denominado oficialmente BRT-VP-2/73 .

Pero lo sorprendente de todo esto es que, por sus características anatómicas, quien usara ese pie en vida no tenía una morfología y hábitos de locomoción (inferidos) similares a sus contemporáneos Au. afarensis, sino, gracias a un pulgar oponible, más bien parecidos a los mucho mas anteriores Ar. ramidus.

Esa característica sugiere fuertemente que quien se apoyara en BRT-VP-2/73 conservaba -al contrario de Au. afarensis- cierta capacidad prensil en sus pies, lo cual le permitiría explotar ecosistemas arbóreos de manera efectiva. No obstante, su estructura metatarsofalangea apunta al mismo tiempo a la bipedestación voluntaria en el suelo.

Todo ello indica que durante el Plioceno tardío se contaba con la presencia de al menos dos especies de homininos bípedos diferentes por el este de África.

Al mismo tiempo evidencia la retención -por un tiempo sumamente prolongado (más de un millón de años)- de particularidades anatómicas entre nuestros ancestros (o miembros de líneas evolutivas cercanas), algo insospechado hasta ahora para ese periodo.

Para "complicar mas las cosas", algunos especialistas -aunque pocos, hay que reconocerlo- estiman que las huellas fósiles de Laetoli, en Tanzania (impresas en el fango formado por ceniza volcánica húmeda hace 3,5 millones de años) fueron hechas por una especie diferente a Au. afarensis -a quienes se las adjudica la mayoría de los paleoantropólogos-.

Al mismo tiempo, y como es evidente que BRT-VP-2/73 tampoco dejaría ese tipo de marca en el suelo, el número de posibles ancestros lejanos del Homo sapiens coexistiendo en la misma región seria de al menos tres, toda una multitud.

Por ahora lo más cercano a la certeza que es posible saber basándose en unos fragmentos de un sólo pie es que cuando "nos bajamos de la mata"  tras diferenciarnos de nuestro último antepasado común con los chimpancés, no le dimos la espalda totalmente al bosque, al menos por aproximadamente tres millones de años, y mantuvimos la capacidad para trepar ya fuera en busca de alimentos o para escapar de los predadores.

No obstante, la plena comprensión de la diversidad física (y poblacional) de los homininos del Plioceno tardío, así como sus consecuencias sobre la evolución humana, requerirá de más excavaciones en busca de nuevos fósiles.

Los restos que con algo de suerte se hallen permitirían en principio determinar otras características anatómicas de los dueños de BRT-VP-2/73, y tal vez esclarecer cuales particularidades relativas al bipedalismo evolucionaron una sola vez, o aparecieron en nuestra prehistoria múltiples veces de manera independiente.

La verdad está allá afuera…  aún enterrada en África.

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