Lunes
03 de Agosto de 2020
Cultura

El sueño se había largado

Autor: Rye
Fotos: Tomada de lospasosenlahierba
Fecha: 20 de Mayo de 2020

«¡Es él! Ahí viene al fin…», pensó el vigía de nueve años. Llevaba largo rato aguardando en aquella esquina, junto a la silla rota del limpiabotas. Las piernas le dolían por el esfuerzo constante de estar parado y la tierra ardiente maltrataba sus pies desnudos. Pero todo aquello no importaba, tenía una misión admirable que cumplir. «¡Ahí viene el repartidor!».

Emocionado, el vigía dejó su posición y comenzó a correr calle abajo.

Al final del camino, había un grupo de niños bajo la sombra proyectada por el zaguán de una bodega. Aguardaban la llegada del vigía, mientras se entretenían jugando canicas o a la rayuela.

Uno de los chicos vio al vigía acercarse, silbó y el resto de ellos se volvió hacia el camino. Entonces empezaron a gritar y dar brincos, armando tal bullicio, que una vieja se asomó por su ventana, gritó algo y luego cerró dando un portazo.

—¡Ya viene!... —dijo el centinela y los niños suspendieron los gritos y las carcajadas. Entonces esperaron en medio del camino; el aliento contenido, las mejillas sonrojadas, la expectativa en sus ojitos alertas. Nada. El hombre no aparecía. Uno de los chicos vaciló por un instante y miró inseguro al vigía. Pero este, lleno de confianza, le supo sonreír. Y todos fueron haciendo lo mismo poco a poco. Al filo de la esquina distante, vieron surgir primero un neumático de bicicleta; luego, el timón reluciente y detrás, los brazos extendidos y el cuerpo pedaleante del repartidor.

Silencio. Un silencio como de muchos peces dormidos. Durante los dos minutos que demoró el repartidor en llegar al grupo de chicos, lo único que hubo a lo largo de la calle fue el palpitar sordo del silencio.

Un golpecito metálico. Luego la réplica corta... Y por último el eco, como el trino final de un ruiseñor herido... ¡Tiiing! ¡Triiing!... Sonaba el timbre de una bicicleta. Y los gritos y las carcajadas y los saltos fueron reanudados. ¡El repartidor había llegado!

            —¡Señor repartidor! ¡Señor repartidor! —gritaban los niños, mientras corrían en torno a la vieja bicicleta.

            —Bueno... bueno, chicos —decía sonriente el repartidor—. Déjenme pasar, por favor.

            —¡Señor repartidor! ¡Señor repartidor!...

Los chicos no iban a cejar en su empeño. Estaban felices y excitados. Unos gritaban, los otros reían y se empujaban. Los que gritaban decían: «¡Señor repartidor!...».

            —Muy bien, niños —dijo el repartidor y detuvo la bicicleta. Sacó un pañuelo de su pantalón y se secó el sudor de la frente. Una vez recobró el aliento, dijo:

            —Entonces, muchachos, ¿qué quieren saber?

            —¡Si trajo algún sueño esta vez!... —dijo un chico muy pequeño, de mejillas encendidas, y señaló el morral atado a la bicicleta. El repartidor rió con sonoridad y contempló al grupo de niños. Se fijó en especial en Kevin. ¡Pobre Kevin! Era un jovencito rubio y macizo, medio cojo, que no le perdía de vista con sus enormes ojos grises. Luego desamarró el morral y se agachó en medio del grupo. Lo abrió y les mostró su interior. Dentro habían muchas cartas, facturas de electricidad y teléfono, cupones, formularios y revistas. Pero no había ningún paquete celeste-amarillo, de los que traen sueños adentro.

            —No se preocupen, chicos —dijo el repartidor. La legión de niños se veía decepcionada y ahora todos lo miraban en silencio. ¿Hasta cuándo podría decirles lo mismo?—. Miren, mañana será otro día… No se cansen de tener fe.

El repartidor dobló un recodo y continuó pedaleando durante largo rato. Manejaba despacio a través de una carretera estrecha y polvorienta. Era casi de noche, el cielo aparecía rosáceo y las nubes se arrastraban con timidez. Justo encima de él, hubo un parpadeo brillante y se encendió un foco. La luz amarillenta lo bañó de golpe, como si se tratara del reflector de un gran teatro y delante de él, se fueron encendiendo, uno por uno, todos los postes del camino. «Es como ver a un millar de luciérnagas flotando sobre el rumor de un río; en cuya orilla se mece una barca solitaria»», pensó el repartidor. «Yo soy esa barca». En ese instante de reconciliación con su soledad, el viejo se halló rejuvenecido e inmensamente feliz. Sus piernas comenzaron a pedalear con vigor, mientras sus manos aferraban con fuerza al manubrio.

Al llegar a la casa, introdujo una mano entre dos tablillas rotas de la ventana y haló el pestillo que desbloqueaba la puerta. Estaba cansado y bañado en sudor. El vigor había desaparecido en el momento en el cual, a seis cuadras de distancia, sintió repentinamente un temblor y un fuerte estallido, seguidos por el frenazo gradual de la bicicleta. La goma trasera se había reventado. ¡Maldición!... Qué mala suerte la suya. Tuvo que arrastrar la bicicleta hasta la casa de un señor que ejercía el oficio de ponchero. Allí maldijo su suerte una vez más. Afuera del taller un cartel rezaba: "CERRADO… A LA ESPERA DE CUALQUIER SUEÑO PARA PODER CONTINUAR".

No quiso llamar a la puerta y siguió su camino. Era una de esas tardes en que súbitamente se sentía languidecer, justo antes de comenzarle las molestias en las articulaciones. «Es por la humedad —se dijo el viejo—. A este ritmo voy a terminar podrido». Y apresuró el paso, intentando no pensar en tantos dolores mezclados en uno solo, más profundo y palpitante. En ese momento, su mente comenzó a murmurar uno de estos monólogos perforadores, capaces de agrietar el muro que levantas para aislarte de tus memorias exiliadas.

            «Julio, ¿recuerdas lo que hablaban aquellas señoras?».

            «—Pobre hombre —le había dicho una mujer a otra, refiriéndose al repartidor. Él, parado detrás de ellas en una cola, las escuchaba en silencio—. Míralo... ¿No crees que ya está demasiado viejo para ese trabajo?

            «—Pobre hombre... Demasiado viejo... Debería retirarse ya. ¿Verdad?... No te rías, hablo muy en serio... Pero qué viejo… Y su bicicleta maltrecha, por Dios; por algo no se la han robado... No te rías, quizás nos esté escuchando. Aunque no estoy segura, a esa edad nunca se sabe...».

Aquellas palabras revoloteaban en la cabeza del viejo mientras abría la puerta de la casa y entraba su bicicleta. Una vez sentado en el sofá, una gota fría le cayó sobre una mano. Con un dedo se removió del ojo izquierdo la otra lágrima que estaba por desplomarse y contuvo el llanto, que más que una posibilidad, era ya una certeza inminente. Experimentó una conocida sensación de aprehensión en el pecho. Se puso en pie; los brazos extendidos horizontalmente, ¿...dónde había olvidado la cruz? Intentó cazar una bocanada de aire y así ganarle la pelea al ahogamiento. Al rato se volvió a sentar. Suspiró, y entonces, doblado sobre sí mismo, lloró en silencio...

Era viejo, por supuesto. Pero había sido repartidor toda la vida y amaba su trabajo. Claro, era mucho más fácil años atrás, cuando su bicicleta estaba nueva y solo debía entregar paquetes de sueños. Pero debido a la Gran Escasez, su antiguo cargo de «Repartidor de sueños» fue eliminado. Entonces lo reubicaron como «Repartidor D». Un puesto donde trabajaba como una bestia. Cuatro veces peor remunerado que el anterior. Pero en una ciudad con ojeras, temerosa del asedio nocturno de las pesadillas, su trabajo aún marcaba pequeñas deferencias. Sobre todo en las caras de los niños. Cada cierto tiempo llegaba a aquel pueblo insomne un paquete esperanzador. Su trabajo consistía en ponerlo en manos del afortunado.

A la mañana siguiente se levantó poco después del alba y fue a reparar la bicicleta. El cielo estaba despejado y hacía mucho calor. El ponchero realizó un excelente trabajo y luego no quería cobrarle. Pero el viejo se mostró agradecido e hizo al hombre aceptar los tres pesos. Después le estrechó la mano y se largó. Más tarde se dirigió a la Oficina Central de Correos. Era un edificio de dos plantas, pintado vagamente de azul. Al fondo del pasillo, en la planta superior llamó a una puerta.

            —Julio... —dijo el Director General, una vez que ambos estuvieron sentados en su elegante despacho—. Usted es uno de los pocos que siguen aquí, firmes, a pesar de que nuestra empresa no cuenta con un gran presupuesto. ¿Sabe qué? Yo lo admiro…

El repartidor asintió, dando las gracias.

            —¿Sabe usted si ya llegó mi bicicleta nueva? —le preguntó al director.

            —Julio... mi estimado Julio —comenzó a decir el director—, usted lleva viniendo cada mañana durante los últimos... ¿siete años?... para hacerme la misma pregunta. ¿Y cuál es siempre la repuesta?... Vamos, usted la conoce perfectamente: "No, todavía no ha llegado” o “el Departamento Superior no ha respondido al teléfono". Yo opino que usted debería esperar un tiempo, a ver si llega. O mejor aún, debería preguntarse: ¿Necesito de verdad una bicicleta nueva?

Dicho esto, el Director General se quedó en silencio y comenzó a escribir algo en un cuaderno. Al terminar lo cerró, dejando su lapicero inmiscuido entre las blancas hojas. Después miró a los ojos al repartidor, se arregló el cuello de su camisa de cuadros y prosiguió:

            —En todo caso, mi querido Julio, la esperanza es lo último que se pierde. No desista jamás de su nueva bicicleta de siete velocidades...

El resto de aquel día transcurrió con lentitud mientras duró el trabajo. A las siete de la tarde, el repartidor llegó a casa y decidió darse una ducha fría. Luego de sacarse de encima los vapores de la jornada, comió pausadamente. Un rato más tarde abrió un libro, pero le comenzó a doler la cabeza, así que lo puso otra vez en el librero. Se metió temprano en la cama y enseguida se quedó dormido. Durante la madrugada se despertó sobresaltado y tuvo que abrir la ventana del cuarto. Sintió la brisa fresca en el rostro y contempló una colina que, a pesar de estar cerca de su casa, nunca antes había visto. Advirtió en ese instante que el sueño se había largado y por un impulso incomprensible, comenzó a vestirse.

Un momento después el viejo se encontró en lo alto de la colina. Desde allí pudo apreciar aquel cielo carbonizado, a punto de renacer de entre sus propios despojos con una piel diferente, sin lunares plateados, ni cuartos menguantes, ni lamentos de putas trasnochadas; aquel cielo de nubes rotas sobre un horizonte que ya iba clareando, surcado por los primeros rayos del nuevo día. Y justo debajo… las siluetas de las chimeneas más altas.

El viejo cargaba sobre un hombro su morral casi vacío. Dentro solo había un paquete sin entregar. Uno de los celestes y amarillos. El único que había llegado durante la semana a la Oficina Central de Correos.

            —Julio, este paquete pertenece a su sección —le había dicho el supervisor antes de dárselo. El resto del personal, reunido en torno a ellos, observaba la escena con atención—. Firme aquí… Ya sabe como es el procedimiento con estos paquetes especiales…

Se mantuvo de pie, inmóvil durante un instante, escuchando los ladridos remotos de algún perro. De repente el viento cambió de dirección y el sonido dejó de percibirse. Enseguida el viejo se puso de rodillas, depositó el morral sobre la hierba húmeda y extrajo aquel paquete con su dirección estampada en la parte superior. Lo comenzó a abrir con lentitud, diciéndose que de seguro no le pertenecía. De ser así… si alguien se había equivocado y él rasgaba un paquete ajeno, el mismo se destruiría instantáneamente. Un sueño perdido en vano.

Al terminar de abrirlo, el paquete celeste-amarillo parecía intacto. El anciano se lo puso frente a los ojos y observó su interior resplandeciente. Una sonrisa se dibujó en su rostro moreno, a la vez que se descubría con lágrimas en los ojos. «¿Hace cuántos años no lloras de alegría?».

Luego contempló la ciudad aletargada y se quedó allí, sentado bajo un cúmulo de nubes púrpuras, esperando el amanecer.

 

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