Lunes
26 de Octubre de 2020
Cultura

Entre zapatillas y variaciones, el «Yaso»

Autor: Laura Álvarez Sánchez y Yoandry Avila Guerra
Fotos: Gabriel Dávalos
Fecha: 15 de Octubre de 2020
Entre zapatillas y variaciones, el «Yaso». Foto de Gabriel Dávalos

Primer acto: Don Quijote llega a la fiesta

Probablemente, sus primeros demi-plié eran un poco rígidos. Los músculos tienen memoria y, en el taekwondo, las patadas se multiplican a diario como las tablas de los productos en edad escolar. Yasiel Hodelín Bello ya había pasado por varios deportes antes de aquel afortunado día en que su abuela, Reina Dinza Garzón, detuvo sus andanzas frente a la sede de la calle Prado de la Escuela Nacional de Ballet y preguntó el motivo de la congregación de niños.

«Me dijeron que estaban haciendo captaciones para los talleres. Dejé la búsqueda de las galletas y vine a buscar al Yaso –como le llaman en familia-. Cuando lo aceptaron hablé con la maestra para que convenciera a sus padres. Para eso le cambiamos algunas cosas a la historia de su llegada a las captaciones», cuenta la abuela, y la sonrisa se le pierde en una mueca de picardía, mientras se balancea en un sillón junto a su muchacho. Siempre en esa posición: a su lado.

Fuera de la sala, el bullicio es perenne: gente en las aceras, música de fondo, conversaciones a todo volumen. Centro Habana en la primera fase de la recuperación de la COVID-19 a pulso.Cada centímetro de los alrededores es una exaltación a la supervivencia en códigos barriales. Adentro, entre paredes adornadas con medallas y trofeos de certámenes nacionales e internacionales, también hay alegría: el Yaso obtuvo el segundo escaño en la categoría Junior de la Competencia Internacional de Ballet de Sudáfrica hace unos días.

Para María Elsa Bello Dinza, la madre del joven bailarín, esa vida antes de zapatillas y variaciones ya le queda un poco lejana. Recuerda que Yasiel (el del medio de tres hermanos) desde pequeño tuvo un carácter serio, como de persona mayor: «Nunca dejaba pasar ni una a grandes o pequeños cuando salía a “mataperrear”. Su hermano mayor me buscaba constantemente para que lo recogiera. Siempre tenía un problema con alguien. Por eso lo tenía dentro de la casa, con la televisión o jugando solo».

Foto de Yoandry Avila Guerra

La concentración en las clases y el esfuerzo de tantas horas diarias fueron, poco a poco, cambiando al muchacho. Además, tenía aptitudes para la danza, reconocidas por sus profesores. Eso alegró mucho a la madre y a la abuela. Sin embargo, la lejanía del barrio no fue suficiente para evadir los ecos de prejuicios. De las opiniones de amigos y de gente cercana llegaron apreciaciones que hicieron — en más de una ocasión — al entonces adolescente pensar en guindar las zapatillas.

Año tras año María Elsa y Reina, cada vez más seguras del talento del Yaso, acordaban cumplir su petición y matricularlo en una escuela convencional para desvincularlo del ballet. Año tras año postergaban el cumplimiento de su promesa hasta el término delcurso escolar, para un septiembre próximo que no se materializaba, pues al inicio de cada periodo lectivo las cosas siempre iban bien. Un tanto resignado, confiesa Yasiel que comenzó a ver videos de profesionales del ballet, hasta que las piruetas y variaciones de Don Quijote lo cautivaron.

El final estuvo cerca, pero fue solo un movimiento; como ese en el cual el pie de trabajo se desliza por el suelo antes de encumbrarse en el aire. Fue solo un assemblé.

Segundo acto: Don Quijote rodeado de seres fantásticos en el bosque

En una de las paredes de la pequeña sala hay un pedestal. En este espacio del joven Hodelín, medallas y diplomas rellenan el sitio, delimitado por dos columnas. Y aunque el Yaso no recuerda con exactitud el orden y la fecha de cada llegada, no hace falta que lo haga. Como una historiadora que cierra los ojos y se envuelve en relatos de hechos épicos, su progenitora detalla cada historia, cada competición, cada resultado.

María Elsa lleva consigo, todavía nuevos, los sobresaltos del primer premio obtenido en sexto grado de la enseñanza elemental con un tributo a Michael Jackson. También, el del concurso en China cuando ni los participantes cubanos ni la traductora sabían a ciencia cierta qué ocurría. Desde la otra mitad del mundo, ella lo tradujo del mandarín: su hijo era un campeón.

Para su última función el Yaso no tuvo que viajar muy lejos. La actual situación epidemiológica por la propagación de la COVID-19 a nivel mundial no le permitió ir a Sudáfrica. Las ejecuciones capaces de posicionarlo en el segundo lugar de la categoría Junior de la Competencia Internacional de Ballet de Sudáfrica 2020 fueron grabadas a pocos metros de su hogar, en el Gran Teatro de La Habana «Alicia Alonso». Llegaron al cono africano vía internet.

El jurado del certamen se encontró, nuevamente, con el talento de un miembro de la Escuela Nacional de Ballet en Cuba. En ediciones anteriores sentaron precedentes Rafael Quenedit, Francois Llorente y Víctor Estévez, quienes posicionaron la varilla, igualmente, en los primeros escaños.

No obstante, algo más que exigencia llevó la preparación de las coreografías en esta ocasión. El número dos pareció impregnar de simbología el proceso: dos, las semanas para montar y aprender a la perfección; dos, las piezas ejecutadas (una de ballet clásico y otra de danza contemporánea); dos, las lesiones que enfrentó el nobel bailarín. «Cuando hacía las variaciones me cansaba mucho. Le decía a la profe que la bomba no me daba». Pero, sí, le dio.

Foto de Yoandry Avila Guerra

El intrépido Don Quijote de la Mancha, acariciado por el joven como la pieza más significativa de su carrera hasta el momento, vistió galas de lujo en la actuación del certamen. La misma pasión y coqueteo que le atrajeron del rol, vertió en su interpretación. Luego,regaló una precisa ejecución contemporánea, devenida sinónimo de libertad y expresión en un cuerpo de 18 años.

Exaltado, pasó los días en los que debería saberse el resultado. Hasta que sonó el ring correcto, cada timbre del teléfono lo ponía nervioso. Con el auricular en la oreja y la abuela al frente, supo que alcanzó el segundo lugar en su categoría. La abuela adivinó antes de que él hablara, las abuelas siempre saben antes.

De hecho, Reina le confesó que desde el inicio estaba segura que obtendría un premio, que presentía un segundo lugar. «Ño, abuela, hubieras presentido un primero», le dijo el joven. Ambos se abrazaron y rieron.

Tercer acto: Don Quijote en el fragor del combate

El Yaso escucha trap, y ocupa su tiempo de cuarentena en el atari. Extraña el básquet y el fútbol que únicamente juega con sus otros amigos bailarines, por miedo a graves contusiones. Todavía no entiende cómo aquella tarde en que echaban «un once» en el Paseo del Prado, el dedo gordo de uno de sus pies quedó atrapado en una de las rejillas que protege el césped. Esa fractura le hizo tomarse aún con más seriedad el tema de evitar las lesiones.

El muchacho que empezó sin entender los movimientos y las ejecuciones de sus compañeros de aula, hoy es parte del cuerpo de baile del Ballet Nacional de Cuba tras graduarse de la Escuela Nacional de Ballet «Fernando Alonso». Dice que tras la pandemia volverá a escena con la idea de asemejarse a «El Carlos (Carlos Acosta), Sarabita (Rolando Sarabia) y Osiel (Osiel Gouneo)», y con sus elementos más destacados como bailarines implantar un estilo propio.

Entre el público, la abuela Reina aguardará el momento justo para volver a aplaudir con fervor, y entre ovaciones, decirle a sus vecinos de butaca: «¡ Ese es mi nieto!». A filas de distancia, María Elsa oirá pasiva las opiniones del resto del público sobre su hijo. Alejado, en otro mundo, abstraído con música de fondo y dando los retoques finales a la presentación: Yasiel, con la «bomba» a todo meter.

 

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