Domingo
21 de Octubre de 2018
Historia

Es preciso que hablen los hechos

Autor: Jorge Sariol
Fotos: Elio Mirand
Fecha: 12 de Diciembre de 2017
El Ángel Rebelde simboliza la rebeldía con causa. Algunas representaciones por el mundo lo muestran como un demonio, derrotado; sin embargo, una estatua en un patio interior del Capitolio de La Habana, lo modela con su brazo derecho levantado hacia el cielo y el puño cerrado. Mella usó la estatua como símbolo en la revista Alma Mater.  Foto de Elio Mirand

«Es preciso que hablen los hechos» cuentan que dijo el venerable don Enrique José Varona al salir de una asamblea de estudiantes universitarios habaneros a principios de 1923. En meses anteriores el ya anciano académico había asistido a los instantes gloriosos de cambios fundacionales en la Universidad

La Habana se incendiaba de ardores juveniles a finales de 1922. Cuatro años antes, desde Argentina se había proclamado un llamado a la universidad nueva. Y el mundo estudiantil hispanoamericano respondía.

Desde la capital cubana se apoyaba la ofensiva contra el régimen universitario imperante, las dictaduras, el caudillaje, la corrupción administrativa, los desniveles sociales, la discriminación racial y la dominación económica extranjera.

De cómo eran aquellos momentos y sobre quiénes los protagonizaron cuenta un joven, casi adolescente, llamado Raúl Roa en su libro La Revolución del 30 se fue a bolina.1

«Estudiaba yo tercer año de bachillerato cuando la rebelión estudiantil inflamó la colina universitaria, proyectando sus resplandores sobre la ciudad amodorrada (…) Los silenciosos y apacibles corredores del colegio Champagnat donde yo estudiaba se vieron estremecidos por renovadas manifestaciones de simpatía y solidaridad. La revolución universitaria como la habían bautizado era el tema diario en las aulas y durante el recreo. (…) No pude resistir el íntimo impulso que me empujaba al escenario de los sucesos y un día decidí "furtivarme".2 Dos amigos me acompañaron en la emocionante aventura. Una enfebrecida multitud desbordada el Patio de los Laureles aquella luminosa mañana. En el instante mismo en que habíamos logrado situarnos cerca de la tribuna, la ocupó un orador de verbo tempestuoso, postura varonil y ademán desafiante. Era Julio Antonio Mella. Su largo discurso que oímos con el corazón a galope y la mirada húmeda fue un fulgente despliegue de irritadas metáforas y levantiscas incitaciones. Mella concluyó, entre aplausos y vítores, haciendo un cálido llamamiento a la juventud para proseguir «Pasara lo que pasará, costase lo que costase», la lucha emprendida por la reforma de la universidad y la transformación de la república».

Para Roa «Aquella arenga abría, sin dudas, un nuevo capítulo de la vida cubana» y Mella no era la alegoría de Ariel, sino del Ángel Rebelde3 en la aspiración de cambiar la perspectiva política, económica, social y espiritual que demandaba Cuba.

Alfredo Zayas gobernaba en la Isla. Y los intentos por modernizar la Casa de Altos Estudios que había hecho el augusto profesor Varona no fructificaron. Roa lo explica de ese modo: «La honda crisis que arrastraba la universidad de La Habana en 1922 era producto, en el plano académico, de la total adulteración de la reforma efectuada por Enrique José Varona, del estancamiento de la vida cultural subsiguiente al rectorado de Leopoldo Berriel, de los amañados métodos de adjudicar las cátedras y de la absoluta desaprensión de los poderes públicos.

No se diferenciaba mucho la situación de la institución habanera en octubre de 1922, de la situación de la Universidad de Córdoba en marzo de 1918.

Y a aquella Habana llegaba José Arce, primer rector reformista de la Universidad de Buenos Aires y jefe de la delegación Argentina al sexto congreso médico latinoamericano que se celebraba en la capital cubana.

Roa, renuente en dar honores no merecidos, escribe: «Se ha dicho más de una vez, que José Arce fue el promotor de la reforma universitaria en Cuba. Asaz exagerada me parece la apreciación. Su papel fue más bien de fulminante. Al no haber existido una propicia constelación de factores y un estado de espíritu revolucionario en la juventud, su paso por la universidad hubiera simplemente originado una combustión momentánea. Arce sembró en tierra feraz.

«Es obvio que Arce llegó a Cuba en momento oportuno. Su elevado cargo, su brillante talento y su ríspida denuncia del peligro imperialista en la sesión inaugural del congreso médico le ganaron la simpatía de la juventud universitaria. Era un rector diferente que los otros rectores. Sentía y pensaba como los estudiantes y solía departir con ellos “De igual a igual”».

Por aquellos días, coincidentemente, asumía el rectorado de La Colina don Carlos de La Torre. Fiel a su estilo crudo, de él dijo Roa: «figura de universal reputación en el campo de la macología, aunque político de veleidosa conducta, su discurso de toma de posesión repercutió vivamente en la juventud (…) "si tengo vuestro apoyo (…) la universidad será entonces sí, real y verdaderamente, la Universidad Nacional y podré yo, cuando mi vida decline como el sol en el ocaso, contemplar regocijado vuestra obra y dormir blandamente en su seno"».

Pero la «obra y su seno» estaban demasiado fogosos. El 15 de diciembre se produjo un conflicto de intereses entre un profesor de la facultad de Medicina y alumnos del quinto curso de esa especialidad, quienes demandaron su separación en un histórico ¡Acusamos! Intuyendo que tendrían una dura batalla por delante contra el Consejo Universitario, los estudiantes, liderados por varios adalides entre ellos Mella, consideraron urgente crear una organización que impidiera que «todo se disolviera en mera algarada».

«Los jóvenes más alertas y preparados cuenta Roa se dieron a la tarea de convencer a sus compañeros de la imperativa necesidad de crear un organismo adecuado para vertebrarlo y conducirlo. No fue otro que el origen de la Federación de Estudiantes de la Universidad de La Habana».

Creada la FEUH, su directiva la compuso como presidente el estudiante Felio Marinello, seguido de cuatro vicepresidentes. Como secretario asumió Mella y completaban aquel directorio otros 23 universitarios.

La primera medida fue decretar una huelga general y formular un «pliego de peticiones», que entre otras urgencias pedía la separación del profesor, la representación del estudiantado en el Consejo Universitario, el nombramiento de un tribunal depurador y la reforma docente, moral y material del lugar.

La recién nacida federación asumía, en el pliego de demandas avalado con la firma de Felio Marinello y Mella, el programa que había promovido el nuevo rector. De La Torre respaldó la demanda de la FEUH, más el Consejo Universitario, como suponían todos, lo negó terminantemente. Mientras algunos profesores de la facultad de Medicina y Farmacia apoyaban al acusado, provocando la renuncia del decano don Diego Tamayo, otros académicos, en cambio, se sumaron al movimiento estudiantil.

Ese era el panorama con que el año 22 se despedía. Pero la lucha apenas comenzaba. Veinticinco días después, el 10 de enero de 1923, los periódicos de la ciudad publicaban un manifiesto de la FEUH que «consiguió la atención popular y puso en guardia al gobierno. Lo que en un principio pudo parecer a muchos una majadería más de los estudiantes, se trocaba en justificada y responsable protesta».

El expreso estudiantil mostraba, entre otros asuntos, que «profundamente convencidos de que  las universidades son siempre uno de los más firmes ejemplos de la civilización, cultura y patriotismo de los pueblos, están dispuestos a obtener: 1) una reforma radical de nuestra universidad, de acuerdo con las normas que regulan estas instituciones en los principales países del mundo civilizado, puesto que nuestra patria no puede sufrir, sin menoscabo de su dignidad y su decoro, el mantenimiento de sistemas y doctrinas antiquísimas, que impiden su desenvolvimiento progresivo…». Siete postulaciones más componían el manifiesto y para rematar, un día después, la federación citaba a los estudiantes al Aula.

«Tres mil estudiantes se apretujaron en el Aula Magna en la tarde del 12 de enero de 1923», relata Roa en su libro.

«Onda expectación suscitóse en la concurrencia al ocupar la tribuna Julio Antonio Mella. Su porte altivo, su acento vigoroso y su verbo incandescente se apoderaron rápidamente del auditorio “sangre son mis palabras y herida está mi alma al contemplar la universidad como está hoy. El mayor placer que podemos experimentar esta tarde, el mayor orgullo que podríamos sentir los estudiantes universitarios era ver reunido aquí con nosotros, a pesar de sus años y sus achaques, a uno de nuestros mentores más ilustres, a don Enrique José Varona. Amparado en la presencia del viejo filósofo, vengo a pedir la reforma de la Universidad, declarando que no habré de callarme ante la coacción ni ante la amenaza, que no claudicaré y que pondré al descubierto todas las lacras que hay en esta universidad…».

Súbitamente, Mella fue interrumpido por el rector don Carlos de La Torre. Agitado, molesto, pálido, don Carlos amenazó con retirarse del lugar. «En mi carácter de rector —dijo—, y como fiel guardián de los intereses de la universidad y el honor de todos y cada uno de los elemento que la constituyen, no puedo desde este sitio tolerar que haya ofensas de ninguna clase para nadie».

Dirigiéndose a de La Torre, Mella recabó su permiso para continuar en el uso de la palabra concluyendo así su discurso «yo solo deseo una depuración grande. No vengo a señalar hechos ni a citar nombres. Repito, señor rector, y empeño mi palabra de honor, que nunca fue mi intención ofender a nadie desde esta tribuna para mí tan respetada. Yo solo pretendía hacer campañas verbal activa en pro de la reorganización de la universidad, porque quizás esta reorganización sirva de base para que se reorganice la patria cubana».

En los días sucesivos la atmósfera se caldeó aún más. A principios de octubre de 1923 se desarrollaría el Primer Congreso Nacional de Estudiantes y promovería la fundación de la Universidad Popular José Martí, la fundación de la Confederación de Estudiantes de Cuba y la Declaración de Derechos y Deberes del estudiante.

La confederación tendría vida efímera; en cambio, perduraría la FEUH, la Universidad Popular y muchas otras grandes ideas fundacionales, pero las batallas no habían hecho más que empezar, con varios desenlaces dramáticos.

Una etapa de trágicos acontecimientos se desataría el 20 de mayo de 1925, con la presidencia de Gerardo Machado.

Tal vez la diferencia estribaba en que los universitarios ya estaban nucleados ideológicamente. La semilla de la FEU, de Cuba, había germinado.

 

 

1. Roa, Raúl La Revolución del 30 se fue a bolina/ Editorial de Ciencias Sociales, Ediciones políticas, La Habana 1976.  PP. 11-47 (tercera edición revisada y aumentada).

2. Roa, entre otras virtudes, gustaba de crear sus propios neologismos. «furtivarme» significa sin dudas hacerse el furtivo, que según el Gran Diccionario de la Lengua Española, Spes Editorial 2001, viene del lat. Furtivus… disimulado… sigiloso… que actúa a escondidas.

3.  Ariel es un demonio de la teología judeocristiana. Nombre que los moabitas daban a uno de sus ídolos, que luego pasó a ser personificado como demonio. A diferencia de Ariel, el Ángel Rebelde simboliza la rebeldía con causa. Algunas representaciones por el mundo lo muestran como un demonio, derrotado; sin embargo, una estatua en un patio interior del Capitolio de La Habana, lo modela con su brazo derecho levantado hacia el cielo y el puño cerrado. Y puede vérsele sexo masculino. Mella usó la estatua como símbolo en la revista Alma Mater.

Deje su comentario

*(Campos requeridos)