Lunes
03 de Agosto de 2020
Opinión

Fotografiando a «mimismo»

Autor: Iris Oropesa Mecías
Fotos: Ilustración de Carralero
Fecha: 26 de Septiembre de 2016
Ilustración de Carralero

Quién de nosotros, al pasar frente a una fachada de vidrio o toparse con el cristal calovar de un auto —por muy apresurado que ande— no echa una miradita de reojo al reflejo de su anatomía personal? Es el poder magnético del «mimismo», que llama ante cualquier chance de «mimismear», aunque busquemos el momento en que nadie mire, o nos hagamos los que nos estamos acomodando, como por casualidad, los pelos rebeldes.

Una dosis de natural narcisismo nos acompaña, la autoestima sana busca conocer y gustar de la propia imagen, y para ponerse el traje de contemporaneidad ahora se viste de selfie, que literalmente viene siendo algo así como «una mismita», y el diccionario Oxford define como una fotografía que uno toma de sí mismo, generalmente con un Smartphone o webcam, y compartida en los medios o redes sociales.

Con la bembita empinada, el cuello hacia un lado, guardando la panza, o «aquí tomando café con un viejo amigo», incluso si el amigo no es tan viejo ni tan amigo, o el café ni siquiera es 50% café, ya estas autofotos nos van causando alergia.

En la web hay «de todo como en botica». El fundador del autorretrato fotográfico fue Robert Cornellius, quien en 1839 realizó un daguerrotipo de sí mismo. Esta fue además una de las primeras fotografías, cuya imagen sepia navega hoy en la red de redes. En nuestros días, las más comunes son selfies ingenuas de las cosas diarias, desde tu pose al levantarte en la mañana hasta tu cara sonriente junto al yogurt de la merienda y los zapatos nuevos, en alguna tienda. Luego abunda una tendencia específica de autorretratos que imitan la imagen de éxito más simplona. Las que se toma una jovencita de 20 años, estudiante de Comunicación, en cada rincón de su casa-trabajo-escuela-reunión social…, están motivadas, según me dice, porque siente que hacerse fotos la «anima» y le hace ver «lo bueno del día».

Pero también hay belfies, que son esas en las que se quiere enseñar «lo que Dios te dio», con un fin claramente sexual y pueden ocasionar grandes problemas al fotografiado. Y más tarde han aparecido hasta las felfies, que así llaman ahora a las selfies tomadas en el campo… (Sin palabras).

En otra opción de búsqueda Google propone autofotos famosas. Ahí está la de los actores de Hollywood en los Óscar, tomada por la comediante Ellen Degeners, que le dio «la vuelta al mundo».

Irónicamente, la selfie del joven ruso Kirill Oreshkin, tomada al aire libre desde el techo de un rascacielos, a más de 300 metros de altura, no es tan famosa; aparece en la opción de búsqueda de autorretratos curiosos. Y la autofoto con mayor número de retratados, nada menos que 2 530 sonrientes personas, es la de Tom Bittmann, con la que ganó el Récord Guinnes a la selfie más grande del mundo en un anfiteatro al aire libre.

Pero luego, (¡Oh, gracias, Dios, por pensar en el choteo del cubano!), aparece en el buscador la opción de selfie’sfails, o sea, esas fotografías propias que fallaron por ridiculeces, y ahí es donde hallamos los gestos más humanos y tontos. El error más común es tomarse fotos frente a un espejo sin chequear qué pasa a tu alrededor, porque mientras tú posas a lo Kardashian (sacando el combo bembita-trasero-pechonalidad, y «metes» barriga) a tu lado podría estar tu amiga usando el baño con cara de no-debí-haber-comido-tanto, o puede asomarse tu abuela con sus rolos nocturnos y bata de dormir justo cuando das el clic al obturador.

También están los epicfails en los que se falsean músculos oprimiéndote el brazo por detrás, los «fotoshopeos» mal hechos que revelan el trucaje del tramposo con tal de lucir como un modelo.

Incluso navegan imágenes de quienes meten las rodillas dentro de la camiseta para aparentar senos «llenitos» recién implantados. Y qué decir de las belfies en que una muchacha se pone toda picantosa con sus poses sensuales y su lencería, mientras la observa nada menos que su hijo pequeñito con expresión de «no entiendo nada, mujer». Todo un fail ético.

Hay quien, por posar, (¡es el siglo de la pose y la apariencia!) se «selfea» hasta en baños públicos, en contextos serios, y frente a todos. Quién olvida la famosa autofoto de Obama en los funerales de Nelson Mandela, nada menos, con su amplia sonrisa como si estuviera en un desfile juvenil. Ese simple gesto le costó ácidas críticas.

Y es justo donde se cruza la línea del sano amor propio, y se cae en banalidades y adicción, que la selfie deja de ser graciosa y pasa a reflejar un estado del alma. El llamado postureo/posteo compulsivo puede expresar según psicólogos y psiquiatras baja autoestima y necesidad de aceptación constante, precisamente el gancho ilusorio que ofrecen hoy  las redes sociales, la idea ingenua de que necesitas mostrarle al mundo tu vida. Estos rasgos, cuando exceden la edad adolescente y no se atienden, revelan gran tristeza y soledad detrás de la sonrisa acartonada, o resultan del narcisismo insano, que sobrepasa los límites normales de la autoestima, se puede deber a desórdenes emocionales y requiere atención médica.

Aunque las cantidades de imágenes de amigos y lejanos pululan en los sitios sociales online, el experto Lev Mannovich recientemente estudió el asunto en el proyecto Selfiecity, y afirma que no se puede hablar de un fenómeno en términos objetivos. El mayor porciento de una muestra de 120 000 autofotografías en Instagram obtenidas de las ciudades de Berlín, Moscú, Sao Paulo y Nueva York reveló que solo un bajo porciento eran selfies, o sea, autorretratos, y confirmaba que esta tendencia es más propia de mujeres jóvenes y adolescentes, motivadas por el consumo de modelos de belleza y éxito artificiosos.

Mannovich estudió hasta el ángulo del cuello de las chicas al posar, lo que evidenció que las féminas, en efecto, suelen girar la cabeza con un estilo muy propio al dar el clic. El estudioso David García agregó la idea de que esta tendencia obedece al efecto Simmel, que predice que un símbolo de estatus se crea cuando individuos con estatus lo adoptan, es decir, que poses y modas en este tema se asumen cuando grupos de élite, («famosos») lo inician, y de ahí se imitan las actitudes, para desgastar su valor estilístico al pasar a las masas.

El psicólogo Jonathan García Allen, por otra parte, ha afirmado que esta moda es consecuencia de la cultura y el sistema socioeconómico en que vivimos.

Las compañías tecnológicas, advertidas de esto, han comenzado a aumentar los megapíxeles de los móviles, para la mejor definición posible cuando quieras mostrarle al mundo tus poses. Y ni hablar del éxito comercial del palo selfie, diseñado para que el protagonista pueda activar el obturador desde el extremo del delgado tubo que sujeta la cámara.

Así que quédate mejor con la parte graciosa y hasta sana de «selfear», porque ¿qué mal te va a hacer que ya cuando te vayas de la Universidad te hagas una foto guiñándole el ojo al Alma Mater? ¿quién te va  a decir que está mal un autorretrato con tu profesor de Álgebra en pose de triunfo? y ¿quién, cuando pase frente a aquella fachada de vidrio, no va a saludar sanamente, fingiendo enderezarse el moño, a su compañero de vida y verdadero primer amor, ¡mimismo!?

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