Miércoles
15 de Julio de 2020
Sociedad

Gabriela: una joven, una virtud

Para Gabriela, estudiante de la Universidad de Ciencias Pedagógicas «Enrique José Varona», adaptarse a la primera semana de trabajo intenso en el centro de aislamiento de la Covadonga fue una tarea difícil.

Autor: Yohan Amed Rodríguez Torres
Fotos: Cortesía de la entrevistada
Fecha: 29 de Junio de 2020
Para Gabriela, estudiante de la Universidad de Ciencias Pedagógicas «Enrique José Varona», adaptarse a la primera semana de trabajo intenso en el centro de aislamiento de la Covadonga fue una tarea difícil. Cortesía de la entrevistada

A Gabriela Fernández Álvarez la conocí gracias a un grupo de WhatsApp donde amigos y desconocidos —fundamentalmente de La Habana y Holguín— aplacábamos el aburrimiento de cuarentena con largas conversaciones de cualquier tema.

Siempre me llamó la atención lo firme de sus convicciones ante cualquier debate que se diera en torno a Cuba, las ideologías políticas de izquierdas y otras cosas. Las discusiones se tornaban acaloradas, mas ella siempre encontraba un argumento o una explicación que, aunque no estuvieras de acuerdo, te hacía admirar su creencia de lo que es justo, de lo que vale la pena. Encontrar una joven de 20 años que crea en el mejoramiento humano y en la utilidad de la virtud no es tan difícil en la Cuba del siglo XXI.

La situación de la COVID-19 en el país impidió que Gabriela, estudiante de la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de Ciencias Pedagógicas «Enrique José Varona» continuara su primer año. Pero ella decidió que podía hacer algo más que «quedarse en casa».

En estos meses se unió a trabajar con el Consejo de Defensa Municipal del Cerro, municipio donde reside. Participó en muchas de sus reuniones y entre las cosas que debió hacer, apoyaba a ancianos de la localidad, pesquisaba, y en más de una ocasión se llevó algunas impresiones un poco fuertes, sin embargo, la responsabilidad que asumió le permitió en un mes conocer otras duras realidades ajenas a ella.

 

Gabriela junto a una amiga en las labores del Consejo de Defensa del Cerro.

Gabriela junto a una amiga en las labores del Consejo de Defensa del Cerro.

La mayor sorpresa que nos dio Gabriela fue decirnos que estaba esperando para irse a un centro de aislamiento. La creímos loca, le pedimos que se cuidara, deseamos que no le pasara nada. El lunes 25 de mayo Gaby (como le decimos cariñosamente) entró como voluntaria del centro de asilamiento habilitado en el Hospital «Salvador Allende», conocido como La Covadonga. Esta fue su experiencia.

¿Cómo supiste que estaban buscando voluntarios?

«Lo supe por un grupo de WhatsApp de la escuela. Yo pertenezco al consejo de la Federación Estudiantil Universitaria (Feu) de mi universidad y nos pidieron que tratáramos de reclutar personas para la tarea».

¿Cómo fue la partida de tu casa y cómo reaccionaron tus padres?

«Cuando me hablaron sobre la tarea tanto mi madre como yo teníamos claro que había que hacerlo. Ella lo llevó un poco peor que yo, porque nada de lo que pasara allí adentro iba a estar bajo su control. Mi padre estaba un poco renuente, pero finalmente accedió de mala gana y la peor parte fue mi abuela. A las personas mayores, por lo general, les cuesta más lidiar con preocupaciones. Para ella no fue nada fácil.

«Recogí media casa e incluso así sentí que me faltaron cosas, pero no fue un problema. Cuando convives tanto tiempo con un grupo grande de personas todo es de todos. Eso fue algo bastante positivo también. Todos nos ayudamos mucho y mi maleta, como la de mis colegas, dejó de ser completamente mía, así que siempre que alguien necesitaba algo acababa encontrándolo. Ese modo de vida hizo muy cómoda la estancia».

Gabriela junto a su mamá.

Gabriela junto a su mamá.

¿Cómo fueron las primeras impresiones del lugar?

«No del todo buenas. Hay que tener en cuenta que llegamos sustituyendo a otros jóvenes. Fue un proceso rápido y la habitación no estaba en las mejores condiciones higiénicas. Limpiar fue lo primero que hicimos, pero una vez resuelto ese problema no tuvimos más quejas, todo estaba bastante cómodo. Una herramienta muy importante en la juventud es el poder de adaptación y la creatividad, además de la solidaridad. Aplicando esto cualquier lugar se vuelve confortable».

A Gabriela la recogieron en un punto cercano a su casa. Ya había conocido a sus compañeros de trabajo, pues le habían explicado todo en una reunión unos días antes de ingresar al centro como voluntarios. Tenían un profesor de su universidad frente al grupo de aproximadamente 40 estudiantes del Varona y la Universidad de las Ciencias de la Cultura Física y el Deporte «Manuel (Piti) Fajardo».

«Los doctores en general nos trataron bien. Cuando llevas encerrado tanto tiempo, trabajando sin horarios, durmiendo poco, como era el caso de casi todo el personal del hospital, el trato se complica en ocasiones, el carácter cambia y siempre puede existir alguna discrepancia, pero nada grave, estábamos allí para apoyarnos unos a otros».

Aunque la carga de trabajo era bastante, Gabriela estaba convencida de que estaba allí para eso. La comida del lugar, según refiere, no dejaba de ser «comida de hospital», no obstante, para ella los desayunos y las meriendas eran buenas, con leche, galletas dulces, helado, entre otras cosas.

¿Sentiste arrepentimiento de haber estado allí?

«Arrepentimiento no, pero sí he pensado “¿quién me mando a venir?”, hubo momentos en que me sentí superada por la situación, por el cansancio, pero no me arrepiento, volvería a hacerlo de ser necesario».

¿Cómo describirías la rutina que tenías?

«Nos levantábamos a las 6:00 a.m. y las actividades no eran muy distintas a la rutina de las mañanas en mi casa, con la diferencia de que en el baño había ocho personas. A las 7:00 a.m. debíamos estar en los pabellones para dar el desayuno a los pacientes, recogíamos las cosas que íbamos a necesitar porque no volveríamos a la residencia hasta la noche. Nos poníamos el pijama de andar por el hospital. Llegábamos al pabellón y nos daban el de andar, que varía un poco en dependencia de las tareas que hacíamos.

«El horario se supone que es de 7:00 a.m. a 7:00 p.m. (doce horas), pero depende mucho de las tareas que tuvieras. Yo generalmente terminaba sobre las 8 de la noche. Había personas que terminaban mucho antes. Pero dentro de esas doce horas puedes descansar en el momento en que creas que no va a afectar el trabajo. Un horario fijo para el descanso no hay».

Para Gaby, el miedo al contagio, aunque lo sintiera, se aplacaba ante la sensación de estar preparada para enfrentarlo. Sin embargo, sí vivió algunos sustos imprevistos con pacientes complicados, pero entre ella y las enfermeras tomaron cuidados extras y atención exhaustiva.

«Yo tenía mucho contacto con los pacientes porque les llevaba las comidas del día. Había un paciente de poco más de 60 años que siempre estaba muy animado y hacía chistes. Tenía como una actitud muy positiva (algo poco común en la mayoría de los sospechosos a la enfermedad). El día en que trajeron los resultados fui a preguntarle y me dijo que había dado negativo. Lo felicité. No lo vi tan activo como de costumbre y le pregunté a la enfermera si realmente había dado negativo el examen. La enfermera me dijo que lo que tenía era un problema del corazón y que iba a ser trasladado de hospital.

«Cuando estás allí se te olvida a veces que hay más problemas... le quitas importancia a otras enfermedades que existen y preocupan. Casos como ese recuerdan una realidad como la que existía antes de la COVID-19, con otros problemas y otros padecimientos que no dejan de ser peligrosos por ser más conocidos».

Gabriela junto a sus compañeros de estudio en los descansos del trabajo.

Gabriela junto a sus compañeros de estudio en los descansos del trabajo.

Cuando casi anochecía, Gabriela y el resto de los estudiantes y trabajadores llegaban cansados a la residencia. Se contaban lo sucedido en el día, jugaban dominó, cantaban, bailaban. Lo típico de los jóvenes. El poco tiempo libre que tenían lo aprovechaban al máximo.

«En la residencia estábamos nosotros que nos dividimos entre el segundo y el cuarto piso. Además, había trabajadores de educación y turismo en los otros pisos. Las habitaciones eran mixtas, divididas en cubículos, cada uno con dos habitaciones para un máximo de 10 personas. En el mío éramos 7, pocas hembras en comparación con los varones, pero la convivencia fue cómoda y muy respetuosa en todo momento».

Gabriela vivió de pequeña con sus abuelos en Güira de Melena, en la provincia de Artemisa. Aunque actualmente vive en el Cerro con su madre y padrastro nunca había estado tanto tiempo lejos de casa, ni siquiera estuvo en una escuela de régimen interno. Tampoco estaba acostumbrada a realizar demasiadas labores hogareñas, por lo tanto, esa primera semana en el centro de aislamiento fue difícil para ella.

«La primera semana... complicada. Mucho. Sentir que el mundo se me venía encima. Verme sola con un trabajo que no había hecho en la vida, de enredarme, sentir que no hacía nada bien. Mi primera semana fue frustrante. No fue así para todos.

«Muchas cosas influían: mi sala tenía muchos pacientes y una gran parte necesitaba atención especializada de una u otra forma. Me demoraba sirviendo 20 bandejas para repartirlas a cada paciente con sus especificidades, luego que ellos te comenten sus malestares y tienes que escucharlos porque son personas que están solas sin saber si están enfermas y quieres tratarlos lo mejor posible. Recogerlo todo, después fregar todo eso, limpiar el piso... desesperante.

«Yo y otra muchacha fuimos las que peor pasamos esa semana. Luego todo fue, por suerte, muchísimo mejor. Llega el momento en que te adaptas, te organizas y todo marcha bien. No hay de otra. Por esa parte también considero que fue una experiencia para mí, que nunca había estado becada ni me había enfrentado a esa cantidad de trabajo, muy enriquecedora y ahora con más claridad lo veo como algo que era necesario también».

Gabriela junto a sus compañeros de estudio en los descansos del trabajo.

Gabriela en su vida antes de la pandemia.

En todo ese tiempo Gabriela ya no estaba tan activa en el grupo de WhatsApp, pues su vida de voluntaria apenas le dejaba tiempo para chatear. La extrañábamos. Extrañábamos su postura firme en las discusiones. Ya hace un mes que entró como voluntaria. Su PCR (Prueba de reacción en Cadena de la polimerasa en tiempo Real, siglas en inglés) dio negativo este sábado y disfruta de la casa junto a su mamá. Encontrar a una joven universitaria de 20 años que crea en el mejoramiento humano y en la utilidad de la virtud en la Cuba del siglo XXI no es tan difícil. Ahora, la admiro el doble.

 

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