Viernes
14 de Diciembre de 2018
Sociedad

Habanas

Autor: Por Yoandry Ávila Guerra
Fotos: Archivo
Fecha: 7 de Agosto de 2018

Cronicable, La Habana te regala a diario estampas de su gente y de ella misma que es muchas ciudades a la vez, a través de quienes la viven, la sienten y la aman.

7:30 a.m.

El hombre y su pequeño avanzaban rumbo a la escuela primaria; por el uniforme, el niño debía cursar el preescolar.

Ambos caminaban inmersos en una batalla por cargar la mochila con los útiles escolares. Papá alegaba que «hoy pesa más que ayer»,  mientras el retoño a cada minuto señalaba un punto del trayecto por andar, y predecía convencido: «Cuando lleguemos allí me la darás».

De pronto, el niño se plantó en el camino, indicó un punto media cuadra antes de la escuela y pronunció con fuerza y un convencimiento demasiado grande para su tamaño: «A partir de allí, la mochila la llevo yo».

9:00 a.m.

Mientras el semáforo parpadeaba con un suspiro rojo, el muchachón del pulóver blanco, cruzó en cinco pasos la esquina de 23 y L. Otro joven le dio un efusivo abrazo al arribar a la acera contraria.

—¿Y esa mota amarilla que tienes en el medio de la cabeza?, preguntó sarcástico el de blanco, al tiempo que veía un pequeño claro de tinte rubio en la cabellera trigueña de su amigo.

—¡Ná, esa fue una centella que pasó el otro día cuando estaba «subío» en la placa de la casa! (Carcajadas)

11: 00 a.m.

—Mijo, ponte pá esto, Amalia preguntó si tenías novia — dijo uno de los dos muchachones sentados en la escalinata de la Universidad de La Habana.

—Papa, y ¿qué hago?

— Pues sé tú, y si te «encangrejas», sé un poco yo que siempre estoy «pegaísimo».

3:00 p.m.

El joven con pulóver azul grana, las letras con el apellido Iniesta estampadas en la parte trasera, recogía bultos de yerba en un saco.

—Pá lo que queda la gente cuando se jubilan del Barcelona—, le gritó riendo el vecino de al lado, al tiempo que cerraba la puerta de la casa y el barcelonista lo amenazaba con el rastrillo.

5:00 p.m.

Cuando finalizó el concierto de Chocolate para todo el barrio, en la casa contigua a la de las bocinas se escucharon alteradas las voces de varios adolescentes.

—Pipo, ¿tú eres «mongo»? Todo lo que está en la tabla periódica es una sustancia pura— dijo la muchacha del pelo largo y ensortijado.

—Sí mamita, eso lo sé. Lo que quiero saber es si esa «talla» está en la primera o la segunda fila— respondió el muchacho a su lado.

6:00 p.m.

Tomadas de las manos caminaban sonrientes y melosas dos jóvenes por una céntrica avenida habanera. Dos ancianas avanzaban en sentido contrario por la misma acera.

—¡¿Escuchaste?! ¡Dime que escuchaste! ¡Dime, por favor, que escuchaste también eso, Josefina! gritó escandalizada una de las señoras al pasar junto a las amantes.

Horrorizada, con el semblante pálido y la respiración entrecortada, la interpelada asintió con melancólicos movimientos de cabeza. —Me quedo tiesa, Rosario, es inconcebible, inconcebible, atinó a responder.

-¿¡Nos estamos poniendo viejas!? ¿¡Nos estamos poniendo viejas!?, decían, ¿eh? ¡Esa frase es una mala palabra en los labios de una mujer!

10:00 p.m.

Como las doncellas de antaño que apaciguaban con su lozanía a los voraces dioses, ella se entregó en ofrenda a esa gran serpiente de piedra que resguarda la ciudad capital cubana.

Movió coqueta la cabellera larga y negra y abrió un espacio entre la compacta multitud de estudiantes aglutinados en derredor de la botella de ron. Se acostó en el muro del Malecón y, mientras cerraba los ojos y se iba como apagando, le comentó a sus compañeros: «No espero un príncipe azul para despertar».

—Me levantaré de este lecho de rocas y espuma de mar, sola, a mi tiempo; cuando esté lista, preparada. Saldré a beberme el mundo, a dejar mi huella; a intentar adueñarme del corazón de todo el que me conozca. Cuando encuentre el amor lo viviré a plenitud, sin ser complemento, brillando con mi propia luz; inconmensurable, inagotable, perfecta, inacabada.

 

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