Lunes
23 de Julio de 2018
Opinión

Hegel en la guagua

Autor: Yoandry Avila Guerra
Fotos: Ilustración de Yaimel
Fecha: 8 de Abril de 2018
Hegel en la guagua.  Ilustración de Yaimel

Inerte promotor de la incomprensión y la insensibilidad. Catalizador de demonios interiores, injurias y ofensas.  Rey del agravio, príncipe del insulto. Procaz vindicador de la incivilidad, asesino de solidaridades, aniquilador de posibles afectos: maldito, maldito, ¡maldito asiento de guagua!

—¡Ná, tú te volviste loca!—, grita la señora mientras intenta sentarse, empujando la mochila de la muchacha.

Cual marca de territorialidad, la jovencita trata de que el bolso quede incólume en el pedazo de plástico, mas, infructuosa la táctica, la mujer madura está a punto de posar sus abultadas nalgas, casi incontenibles en la licra negra, encima de la mochila.

La muchacha no cede, quiere el asiento para ella. La señora empuja con la mano el bulto que forma la mochila. Un pequeño forcejeo de voluntades se establece entre ambas. Ninguna ceja. Es como si la vida se le fuera a la que finalmente resulte vencida. La de más edad entre las dos, gana.

—¡Tú vas a llegar a vieja. Te piensas que toda la vida vas a estar joven y bonita, ná. Tú vas a llegar a vieja, muchachita, tú vas a llegar! —, vocifera la mujer mayor acomodada en el asiento.

Parece cansada, como si el acto de respirar fuera intrascendente, una molestia fisiológica, intolerable y aburrida. Ausente de brío, la expresión del rostro es reflejo del tránsito por la existencia en piloto automático, como si solo el más mínimo pensamiento de arrojo fuera una blasfemia. La mirada anda perdida en algún recodo de la memoria, anclado en un tiempo pasado o imaginando un futuro. Mira sin ver. Habla sin fuerzas, pero con rabia.

—¡Tú vas a llegar bobita. Tú vas a llegar…!

La muchacha la observa cínicamente. Una mueca le desfigura las juveniles y bellas facciones. Los ojos entornados parecen querer aniquilar a la mujer sentada.

Mientras la señora reprocha, la jovencita tararea a modo de burla alguna canción que escucha a través de los audífonos conectados a su celular Samsumg de última generación.

Tan fresca, tan lozana como una fruta madura, toda adornada de bisutería: anillos con motivos florales, una cadena con un dije en forma de corazón, otra con uno de mariposa. 

Contrasta su apariencia inocente y virginal con la de la mirada gélida y fulminante, es como si todo lo que está en el ángulo de su vista quedara vacío y sin color, desprovisto de energía; en un estado peor que el de la muerte, el de los infelices que viven del odio y ahuyentan la esperanza y la concordia.

—¡Ya tú verás, ya tú verás…!

—La la la la—, responde la muchacha canturreando ahora a mayores decibeles.

Pasan personas por el estrecho pasillo de la guagua. La joven empuja con el codo a la señora, a modo de estocada se lo clava en las costillas. Creo que sonríe. La lucha continúa...

Y es que en esta pugna de voluntades, perversión coercitiva militante de la lógica hegeliana del amo y el esclavo, todo parte del deseo, y va más allá del deseo de poseer lo deseado, es el deseo de doblegar a la contraparte que añora lo mismo. Una ambición cristalizadora de sometimientos que anula toda solidaridad y reafirma a la cultura humana como resultado de la muerte de voluntades.

Siempre existirá un objeto, un hecho o una acción inhibidora de nuestra capacidad de sensibilizarnos con el otro y de establecer empatía, que nos provoque a  irrespetarlo.

En la particular historia que nos ocupa, y aunque concuerdo con la máxima de reverenciar a los adultos que se nos ha enseñado desde pequeños, en ocasiones no se puede llevar a cabo de manera pasiva ni autómata. El acceso a un objeto de propiedad pública no debería plantear un cisma generacional que abre brechas, por momentos, infranqueables.

La cortesía debe ser bandera en un país con la tradición humanista que tiene el nuestro, y debe, además, fluir en ambos sentidos. No sigamos reproduciendo estereotipos ni enfrentamientos generacionales por aparentes trivialidades en las cuales salimos perdiendo todos como entes activos de una sociedad apuntalada en el mejoramiento humano.

Las canas no son un trofeo de derechos y de ventajas sociales en ciertos espacios —no obstante, se les debe tributar comprensión, generosidad y condescendencia—, tampoco es la juventud sinónimo de irreverencia sin principios ni fundamentos. Con el vaso de agua por la mitad construyamos en conjunto y con respeto.

«Nadie se baña en el mismo río dos veces», dijo el filósofo griego Heráclito, conocido en la antigüedad como «el oscuro de Éfeso», explicando que  como la corriente del agua fluye, también las personas se modifican: y aunque últimamente parece que en nuestra cotidianidad las aguas de la violencia simbólica, física y psicológica lo andan salpicando todo, esperemos que en su cauce, al menos, ya no floten los asientos de guagua.

Deje su comentario

*(Campos requeridos)