Sábado
24 de Agosto de 2019
Humor

Humberto

Autor: Nemo
Fotos: Ilustración de Yaimel
Fecha: 8 de Abril de 2019
¿Quién le pone el cascabel al látigo?... Humberto era un tipo controlador. Siempre te llamaba al celular y aun cuando fuese para saludarte, utilizaba la frase: «¿Y tú, dónde estás?».  Ilustración de Yaimel

Humberto era un tipo controlador. Siempre te llamaba al celular y aun cuando fuese para saludarte, utilizaba la frase: «¿Y tú, dónde estás?». Trabajador insaciable: no respetaba su horario laboral, llegaba a las 8:00 a.m., se iba a las 10:00 p.m. y, a veces, a las 2:00 a.m. sonaba su celular con alguna inmediata tarea que debía cumplir. Culto y versátil: lo mismo podía ejercer como subdirector de una editorial que dirigir un grupo de talentosos jóvenes diseñadores e informáticos.

Amigo de sus amigos: tomaba ron con Sergio Vitier, pasaba horas hablando de diseño con Kiko, con Caro o con Masvidal, y se iba a casa de Ernesto, el artesano, en su cumpleaños. Ponía 15 veces seguidas, desde una vieja grabadora, a la una de la mañana, la misma canción que se sabía de memoria: «¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón».

Conquistó, con su forma tan peculiar de ser, el amor de Dulce — su comprensiva y sacrificada esposa — , de sus tres hijos Gabriel, Silvita y Humbertico, y de dos o tres más vástagos adoptivos a quienes nos acogió desde su puesto de trabajo.

Aunque era exigente y peleaba como solo él sabía hacerlo, lo recuerdo como «un tipo jodedor y audaz». Por eso he querido escribir, en esta sección, algunos de los momentos más simpáticos que viví junto a él.

Humbe se oponía a las cosas ilógicas: «¿Cómo vas a nombrar algo por lo que no es? — me decía — : cooperativa no agropecuaria, eso es un disparate»; y protestaba por el tan obvio cartel que desde la esquina de su casa identificaba: «Farmacia, turno normal».

Un día, durante una fiesta del trabajo, me jugó una mala pasada, nunca sabré si a propósito o no. Me brindó unos pastelitos de coco que había en una jaba de nylon. Estaban tan ricos que les ofrecí al resto de los asistentes, incluyendo a un mulatón fuerte que llevaba a su hijo cargado. Recuerdo que me dijo con cara de pocos amigos: «No, gracias, dale uno al niño». Después de la primera ronda, volví por los pasteles y ya no estaban. Le pregunté a Humberto y me explicó que los pasteles no eran para la fiesta, sino que los había comprado el mulato para su casa y yo, de fresco, los estaba repartiendo.

Pero el cuento que más nos hacía reír a ambos, transcurrió en una reunión mientras se aprobaba la próxima edición de la revista en la que los dos trabajábamos. Uno de los artículos versaba sobre el control interno, y en portadilla aparecía entrevistada una gerente, cuya imagen había tomado el propio Humberto, quien además era un apasionado de la fotografía.

El debate no giró en torno a la instantánea — no muy buena, en verdad — , sino al dibujo de un avestruz que el diseñador había colocado al lado de una frase martiana en la que se decía algo relacionado con enfrentar los problemas y no agachar la cabeza.

Un miembro del consejo editorial le hizo la guerra al pobre animal, alegando la poca seriedad que implicaba colocarlo al lado de las palabras del Apóstol. La persona que dirigía la reunión trató de hacerle entender que aquel era un recurso gráfico distinto, le habló de los públicos jóvenes y de los «nuevos códigos» en materia de comunicación.

Casi al finalizar la reunión el hombre insistió en el tema. El dirigente, que ya había perdido la paciencia, le dio una respuesta que arrancó la carcajada de todos los presentes. Tomó la revista en su mano, mostró la portadilla con el artículo de control interno y mirando cómplicemente a Humberto, ripostó:

— Fulano, ¿tú no has visto la cara que tiene la gerente? Dale un chance al avestruz.

Posdata:

A la memoria de Humberto Rodríguez, jefe, padre y amigo que ganó muchas batallas, excepto las heridas en sus pulmones que durante años le propinó su incontenible hábito de fumar. Esta es una crónica que debíamos desde el 23 de agosto de 2018.


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