Lunes
03 de Agosto de 2020
Opinión

Ícaro/Martí/Nosotros (algunos prefieren quemarse)

Autor: E. Teuma
Fotos: Ilustración de Yaimel
Fecha: 18 de Enero de 2018
Ilustración de Yaimel

¡Estas alas tan cortas y esas nubes tan altas!
¡Y estas alas queriendo conquistar esas nubes!

Rubén Martínez Villena

(…) el comunismo será/ entre otras cosas
Una aspirina del tamaño del Sol.

Roque Dalton


El mito de Ícaro es bastante conocido: hijo de Dédalo, un inventor famoso, que le fabrica unas alas para escapar juntos de la Isla de Creta y con ellas remonta hacia el Sol, pero la cera que une las plumas no aguanta el calor y se derrite. No sobrevive al aterrizaje forzoso. Las mitologías tienen funciones específicas dentro de las sociedades que las crean. Sobre este mito podemos ensayar varias interpretaciones. Una de las clásicas es la separación de lo humano y lo divino (Ícaro y el Sol) y la imposibilidad de profanar esa barrera. Sirve de advertencia a los jóvenes de no ir tan lejos ni apuntar tan alto: todo impulso de despegar está destinado al fracaso, no abandonar el camino del padre. No podemos proponernos el Sol. El resultado inevitable del ascenso de Ícaro es su descenso mortal.

No sorprende, entonces, que Disney nos haya fabricado la figura de un Ícaro totalmente desquiciado, pues solo los locos o los fanáticos andarían un camino como ese. Pero podemos sacar algo más profundo de esta imagen de jóvenes alados, a pesar de las intenciones conservadoras de los mitólogos griegos.

Martí da la pista, y sí, Martí también escribió sobre esto. En el segundo capítulo de un libro inédito todavía, Desiderio ­Navarro realiza un análisis semiótico de la poesía martiana, en busca de lo que Iuri M. Lotman llamó sujet (un argumento que subyace en todo relato). Encuentra la imagen de un Hombre Alado, armado con la Espada, que lucha contra las fieras de la tierra, del mundo bajo, y en un Vuelo Ascensional, se dirige, no al cielo ancho (a la libertad romántica), sino a un punto único, «la estrella que ilumina y mata» .

Ese es el acto final: la conquista del Sol. Existe aquí un imperativo ético, potencialmente perpetuo, de marchar hacia lo imposible. El ascenso y caída de Ícaro pueden verse entonces con otra luz. Cuando cae y se estrella contra el fango, no llega a morir. Lame sus heridas, repara las alas y repite una especie de salmo: aprender mejor a volar, cada vez más cerca, más incombustible. Y va a por el nuevo récord, el próximo highscore. Como cuando pierdes tu última vida y quieres volver a intentarlo. Pero no hablamos de un videojuego, siquiera de metaestructuras martianas. Esa lucha imposible y constante es parte de nosotros:

«La obra de las revoluciones», que para nosotros Martí configuró como una revolución, tiende a convertirse en la hechura misma de la patria (…) aquello que realmente la constituye. No se lanzaron, pues, como iconoclastas políticos, a destruir, sino a rescatar y a «acabar» aquella obra, que sin embargo hoy presentimos inacabable precisamente por consustancial».2

Esta ética/sentido de la liberación, anda muy lejos de ser solo un tema metafísico. Es una cuestión cotidiana. En el Manifiesto Liminar de 1918, que da voz al movimiento de Reforma Universitaria continental del que se nutren esta revista y la FEU (y del que celebramos cien años) aquellos jóvenes arielistas reclamaban: «Los dolores que nos ­quedan son las libertades que nos faltan».

No hablaban solo de Córdoba, ni de Argentina, les hablaban a los hombres libres de América, querían comerse el mundo. Pero la libertad para estos jóvenes alados no era volar a Tokyo, Barcelona o Moscú. Vuelvo a Desiderio:

La concepción martiana de la libertad difiere (…) de la libertad anárquica, (…) de los románticos. (…) el hombre no ha de ser el soñador (…) que rechaza programas, disciplinas y metas definidas que restringirían la absoluta libertad de su Yo, sino el que ha de ir por un camino bien definido hacia una meta concreta (…) el arribo a un estado superior del hombre y no por una perpetua evasión libertaria.3

José Martí traza una línea, monta un dispositivo al que tributa toda su obra (la retórica, su poesía, su periodismo, sus ensayos, la organización del Partido Revolucionario Cubano, el ejército que funda, su política, ética, estética). La totalidad del discurso martiano produce la Nación, su Historia (englobando toda la lucha anterior), su Proyecto y la noción universal del equilibrio del mundo. Todos vivimos en el mito martiano, y en él nos hemos chamuscado y vuelto a volar. Y si hubo 1878, 1901, 1935 (caídas estrepitosas), hubo 1868, 1895, 1933 y 1959. Si quedamos «especialmente» quemados en los noventa,  se puede despegar otra vez. Porque siempre hay algunos «quemaos»  sin miedo a los imposibles. Su locura resulta la imagen más clara del futuro. En esos «locos» la ética toma cuerpo y se contagia, en ellos deja de ser doctrina y llega lejos.

Estamos mal si leemos a Martí y a su ética de otra forma, porque cuando la ética se amuralla, lejos de la realidad y se vuelve una declaración de superioridad moral, es inútil. La ética de la liberación solo sirve cuando contribuye a ese sentido de transformación del mundo y supera la Isla. Tenemos que juntarla con la política, llenarla de indignación, y en ese trance, replantearla. La mejor ética es la que deja de ser solo ética. Martí, el Che y Fidel lo sabían. A veces eso significa quemar todo lo innecesario (quemar lo que debe ser quemado) y empezar de nuevo.  Podemos extrapolarlo fuera de la política a las artes, la literatura y la ciencia.

Algunos prefieren quemarse. Some like it hot. En el diálogo final de esa película de 1959,  Jack Lemmon (disfrazado de mujer y lleno de peros) discute con Joe E. Brown, que le propone matrimonio y le rebate cada argumento. Lemmon entonces se quita la peluca y le grita ¡Soy un hombre! La respuesta de Brown nos ilumina. Por eso, si me preguntas ¿Pero de dónde van a salir esos ángeles, sin manchas y sin defectos que van a continuar la revolución? ¿Pero si la gente es mala y no merece?  ¿Pero si la juventud está perdida? Te respondo como Brown: «Bueno, nadie es perfecto».

 

Notas:

1. Desiderio Navarro, Las causas de las cosas, «De la fosa al sol: Martí y una semiótica del sujet más allá del poema», Letras Cubanas, La Habana, 2006  p. 166

 2. C. Vitier, «Discurso de la Intensidad», Contracorriente, julio-septiembre / 1995, Año 1, número 1

 3. D. Navarro, ob.cit.,  p. 187-188

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