Viernes
14 de Diciembre de 2018
Humor

Incomunicación

Autor: Gerardo Hernández Nordelo. Licenciado en Relaciones Internacionales por el Instituto Superior de Relaciones Internacionales «Raúl Roa García», de la Universidad de La Habana, 1988. Vicedecano del ISRI
Fotos: Ilustraciones de Gerardo Hernández Nordelo
Fecha: 26 de Septiembre de 2018
Ilustraciones de Gerardo Hernández Nordelo Licenciado en Relaciones Internacionales por el Instituto Superior de Relaciones Internacionales «Raúl Roa García», de la Universidad de La Habana, 1988. Vicedecano del Instituto Superior de Relaciones Internacionales (Isri).

Las  reuniones después de almuerzo nunca han sido buena idea… Corrían los últimos años de la década de los 80, y los estudiantes del Isri estábamos en el teatro del Instituto, en una asamblea bastante aburrida, cuando a un par de compañeros de mi aula se nos ocurrió hacer algo para no quedarnos dormidos.

Quintín era estudiante de un año inferior, pero mayor en edad, porque había entrado a la carrera por la Facultad Obrera. Un mulato que intimidaba: unos seis pies de estatura, fornido, y como si fuera poco, con ciertas «malas pulgas». En cambio Amalio, todo «un alma de Dios», incapaz de alzar la voz, pacífico, y de poca estatura. ¡Los candidatos perfectos para «echar a fajar»!

¿Quién no ha pasado un papelito alguna vez en una reunión? En el primero, dirigido a Quintín, a nombre de Amalio, se leía: «Cuando se acabe esto tenemos que hablar, porque eso no es de hombres…».

La respuesta que escribió Quintín se caía de la mata: «¿De qué tú hablas, chico?».

Por supuesto, el papelito que llegó a Amalio, supuestamente de parte de Quintín, decía: «Cuando se acabe esto quiero verte allá afuera, porque eso no es de hombres».

Para disfrute de los conspiradores, pronto comenzaron las miradas punzantes entre ambos por entre las varias filas de asientos que los separaban.

Cada cual veía al otro escribiendo, de modo que no tenían dudas. Desconocían que manos intermedias cambiaban los papelitos en una dirección y en otra.

Los verdaderos mensajes, interceptados, pedían explicaciones. Los falsos, siempre recibidos, subían el tono: «¿¡Con esa cara de loca que tú tienes me vas a echar guapería a mí!?». ¿Cara de loca?¿¡Decirle cara de loca a Quintín!? Solo Amalio podía atreverse a algo así.

Ilustración de Gerardo Hernández Nordelo. Licenciado en Relaciones Internacionales por el Instituto Superior de Relaciones Internacionales «Raúl Roa García», de la Universidad de La Habana, 1988. Vicedecano del Instituto Superior de Relaciones Internacionales (Isri).

 

Claro, que él no lo sabía. En un momento determinado tuvimos que parar, porque Quintín parecía querer saltar por sobre las hileras de asientos para agarrar a Amalio por el cuello, y si la asamblea terminaba así, saldríamos todos los conspiradores por el techo.

Los minutos finales fueron muy tensos. Ambos sudaban, se movían impacientes en sus asientos… ¡Al fin se terminó! Amalio, sentado más cerca de la puerta, salió primero, sin que su paso firme delatara el miedo que sentía.

¡Quintín no era Quintín, parecía el más malo de los Transformers! Entre cuatro lo aguantaron, dos por cada brazo, mientras yo trataba de explicarle que Amalio no tenía nada que ver con los papelitos. La cogió entonces conmigo.

Por un momento debo haber tenido más cara de pánico que el propio Amalio, pero con tantos profesores y el mismísimo Rector saliendo del teatro, no le quedó a Quintín más remedio que calmarse. Nuestra relación jamás volvió a ser la misma. Y a la luz del tiempo creo que sí, que se nos fue un poquito la mano ese día…

Comentarios

Imagen de Amalio Rey
26 Septiembre 2018 - 1:05pm
Soy Amalio y doy fe que lo que cuenta Gerardo fue así. Había que ver cómo era Quintín. Mas bueno que el pan, súper bondadoso, pero un negro de casi dos metros y parecía un armario. Me miraba con cara de asesino y yo no entendía nada de lo que pasaba. En fin, travesuras de Gerardo y los suyos, que no se perdían una. Menos mal que al final se aclaró todo. Pero el susto no me lo quito nadie. Gracias por la anécdota que me devuelve a los inolvidables tiempos del ISRI. Un abrazo

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