Martes
21 de Mayo de 2019
Opinión

Intelectualidad joven en Cuba. Ser intelectuales es ser revolucionarios

Autor: Dainerys Mesa Padrón
Fotos: Ilustración de Carralero
Fecha: 22 de Enero de 2018
Intelectualidad joven en Cuba.  Ser intelectuales es ser revolucionarios. Ilustración de Carralero

¿Cuál es el modelo de intelectual entendido y requerido en los tiempos de la Revolución? ¿Qué condicionantes mueven a los artistas e intelectuales cubanos? ¿Cómo deben ser los jóvenes intelectuales y artistas cubanos según la intelectualidad consagrada de la Isla?

La vanguardia artística o la intelectualidad revolucionaria, es un concepto que no ha dejado de ser prioridad entre el gremio de los intelectuales cubanos.

Desde sus motivaciones, sus proyecciones creativas y su propia interrelación con el medio, hombres y mujeres de las letras y las artes debaten cómo lo han hecho, quiénes lo han hecho mejor y de qué forma deberían superarlos los que vienen detrás.

En 1961 Fidel Castro reflexionó sobre estos y otros temas en Palabras a los intelectuales, y el documento comenzó a rectorar el quehacer artístico, buscando, con el paso del tiempo, adecuar sus preceptos a los momentos.

En aquel momento Fidel dijo: «Nadie ha supuesto nunca que todos los hombres o todos los escritores o todos los artistas tengan que ser revolucionarios, como nadie puede suponer que todos los hombres o todos los revolucionarios tengan que ser artistas, ni tampoco que todo hombre honesto, por el hecho de ser honesto, tenga que ser revolucionario. Revolucionario es también una actitud ante la vida, revolucionario es también una actitud ante la realidad existente. Y hay hombres que se resignan a esa realidad, hay hombres que se adaptan a esa realidad; y hay hombres que no se pueden resignar ni adaptar a esa realidad y tratan de cambiarla: por eso son revolucionarios».

Es en estas palabras donde está la génesis de lo que la sociedad cubana ha necesitado y necesita de sus intelectuales: personas con conocimientos, poder de reflexión, de diálogo, pero a la vez, capaces de moverse de un nivel a otro y comunicarlos, hacerlos útiles para el resto de la población.

La intelectualidad cubana no puede vivir en una burbuja que nadie entiende. No puede sufrir los desgastes que solo sufre una élite. Por eso Alfredo Guevara, en su texto La vocación del ser, advierte sobre los peligros de olvidarse de la cultura y de lo que esta representa para Cuba después de 1959.

«…nosotros no podemos olvidarnos que la cultura, las manifestaciones artísticas de la cultura, eran en nuestro país motivo de abandono, enconamiento y risas… yo no voy a decir en La Habana, en Santiago, o ciudades como Matanzas, Cárdenas, Manzanillo, Cienfuegos, donde hay una cierta tradición cultural, una cierta vida cultural propia y donde se produjeron y nacieron figuras que ennoblecieron distintas manifestaciones de la literatura y el arte.

«Pero ¿quién era el artista del pueblo, en todos estos años? ¿Quién era el intelectual del pueblo? En este programa de televisión, que en su concepto mismo es un logro y en su repetición sistemática no se sabe lo que es, San Nicolás del Peladero, pero que en su creación original es un logro, es una sátira de la época tú puedes estar haciendo lo mismo todos los días, entonces se cae en lo que se cae. ¿Pero quién es el intelectual del pueblo?: es el despedidor de duelos, el medio loco, el Caballero de París, el poetastro, en fin… Y también en muchos pueblos es un hombre que en verdad es loco, que es marginado y todo, o una mujer que es medio loca, pero que lo ha marginado la sociedad, despreciándolo, y que él sin embargo, estudió las tradiciones, etcétera, y que tenemos que rescatarlo. Pero lo que no podemos rescatar son las deformaciones, aunque las deformaciones sean el producto de la sociedad y de la indiferencia de la sociedad; aunque se haya vuelto medio loco y medio lunático, empeñado obsesivamente en conservar las tradiciones…, nosotros lo tenemos que rescatar. Pero nosotros no podemos educar a nuestra juventud en que ese es el modelo del intelectual. El modelo del intelectual es un intelectual participante, un intelectual más integrado a la vida normal de la gente».

Esta es la perspectiva que no podemos perder, sobre todo en los primeros años de la enseñanza artística, en las escuelas vocacionales de arte, en los grupos de aficionados, y con énfasis, en los centros  universitarios donde hoy se forma el futuro intelectual cubano.

En reflexiones sobre Palabras a los intelectuales, luego de 55 años de su pronunciamiento, Fernando Martínez Heredia reitera ese protagonismo del que habló Fidel y explicó Alfredo Guevara.

Resalta la importancia excepcional de las artes para las sociedades, desde su naturaleza, su valor y sus significados para las personas, así como sus funciones sociales. No obstante, hace un aparte en lo que supondría entender las artes sin conocer y comprender antes sus condicionamientos.

«Hay que saber bien quiénes somos —requiere Martínez Heredia—, de dónde venimos, a qué herencia no debemos renunciar, qué enemigos y qué combates han tenido y tienen una y otra vez ante sí los que pretendan ejercer sus cualidades y realizarse como individuos en el mismo proceso en que crean un medio social que fomente el crecimiento y el desarrollo de la libertad y la justicia social: una sociedad que conquiste liberaciones, en la que sea factible gozar y repartir entre todos los bienes, la belleza y la imaginación».

Y los análisis de los propios intelectuales ofrecen pistas para conformar el concepto de artista de vanguardia que no podemos abandonar.

Algunos de los pilares quedan claros desde el principio: el arraigo al pueblo y sus tradiciones y la contextualización con el medio en que viven. No obstante, otros asuntos imprescindibles —atraviesan— esta construcción, como lo es la crítica y la responsabilidad para hacerla y asumirla.

¿Cómo criticar?

La palabra crítica posee en nuestro registro una connotación negativa (a veces en extremo), por lo cual no siempre encamina un mejoramiento de su objeto, ni reconforta a quien la recibe. El rechazo hacia quienes ejercen la crítica esconde también una mala praxis, empeñada más en destruir que en enriquecer la obra en cuestión.

Y a pesar de que ya en 1961 Fidel llamaba la atención sobre estas prácticas inoportunas, la crítica en Cuba en muchas ocasiones ha perdido el respeto por sí misma, dejándonos huérfanos de una postura tan significativa entre la intelectualidad.

Con respecto a los planteamientos acerca de la crítica en Palabras…, dice Fidel: «… creo que de las cosas que se plantearon aquí, una de las más correctas es que el espíritu de la crítica debía ser constructivo, debía ser positivo, y no destructor.  Eso, hasta los que no entendemos nada absolutamente de crítica, lo vemos claro.  Por algo la palabra crítica ha venido a ser sinónimo de ataque, cuando realmente no quiere decir eso, no tiene que querer decir eso.  Pero cuando a alguien le dicen: “Fulano te criticó”, enseguida se pone bravo antes de preguntar qué dijo. Es decir, que lo destruyó.  Es decir, que debe haber un principio en la crítica: que sea constructiva».

Este principio constructivo apela al sentido revolucionario del pensamiento de los seres humanos y resulta vital para engrandecer las ideas y proyectos de orden artístico.

Así lo piensa el sociólogo Aurelio Alonso, quien subraya que el pensamiento revolucionario es invariablemente pensamiento crítico, aunque no toda reflexión crítica pueda definirse como revolucionaria.

«Aun cuando la crítica constituye un ingrediente inseparable de todo pensamiento creador. Quiero decir, a partir de aquí, que lo primero que puede deslegitimar al pensamiento revolucionario es la ausencia de la dimensión crítica.

«Pensar a contracorriente es precisamente el reto del ­pensamiento que toca a nuestro siglo XXI. Estamos en un tiempo en el cual tanto el inmovilismo como la ingenuidad se pagan a un precio político muy elevado».

Y ese pensar a contracorriente se espera más en los jóvenes. Por eso, una vez más, recalcamos en la validez de procurarles a las juventudes artísticas una formación a tono con los principios de la intelectualidad revolucionaria; que luche contra el acomodo de las posturas y los perfiles de superioridad que algunas veces se crean quienes provienen de un medio intelectual.

¿Qué se espera de los jóvenes?

Las desavenencias generacionales son naturales. Marcan errores que deben cometer los novatos y mejores soluciones para enmendarlos, legadas por aquellos de más experiencias.

En el ámbito de las artes, como en la vida misma, también hay encuentros y desencuentros entre las figuras consolidadas y las que recién surgen. Pero, muchas de las posturas de estas últimas hacia las noveles generaciones vislumbran deseos de encaminar más que de competir.

El escritor Antón Arrufat manifiesta esta visión optimista. «No digo que no me interese lo que pueda hacer un escritor de mi edad, pero siento especial curiosidad por la creación de los jóvenes. También me preocupa la juventud de mi país. No tanto la juventud en el plano de la cultura, sino en el plano de la vida social, esa que usando un término que quizás se le ocurriera a Jorge Mañach, calificaría como “descarrilada”. Y no me preocupa a mí, creo que al país entero, a los padres, a los profesores, a los líderes políticos. Qué está haciendo esa juventud, qué le interesa ser y hacer, cómo valoran conceptos que han sido importantes para nosotros a lo largo de nuestra historia».

Por otra parte, rescata el valor de la joven intelectualidad para desestimar algunos moldes (a pesar de estar probados como exitosos) y retarse con otras formas de creación.

«Es valioso el afán de hacer cosas distintas —expresa Arrufat— recuperar ese afán, que debe ser el de todos. Ponerse a trabajar en literatura sin creer que eres un genio, no tiene sentido. Si no, es mejor irse a pasear, al cine, o hacer el amor o cualquier actividad más gratificante que ponerte a escribir.

«Los jóvenes tienen cierto atrevimiento, aunque a mí esta palabra no me gusta mucho, pero son atrevidos en ciertos temas, también ciertos temas están en circulación, y uno se dice: Caramba, yo en mi época podía haber abordado este tema también, porque el tema era mal visto o nadie me iba a publicar ese libro».

Justamente los temas de las obras suponen otro eslabón fuerte en el modelo de intelectual que pretendemos. Sin renunciar a la universalidad, los conflictos nacionales cobran vida entre los recursos con que trabajan los artistas de estos tiempos. Por eso, presos de la vorágine actual, legitiman los dramas humanos mediados por el amor, la emigración, las renuncias; se valen y usan las nuevas tecnologías como desafío de las formas tradicionales; y cuestionan la política. Pues como expresara Julio García Espinosa, el artista no puede desligarse de la política como ente imprescindible de su proyección.

«Artista y persona no son nociones divorciadas. Algunos hablan de que el artista mientras más ajeno sea a la política, está en mejores condiciones de proyectar su arte. Eso es pura falacia. La cultura artística y literaria se realiza mediante circuitos condicionados por factores económicos, sociales y políticos de muy diverso tipo, y no me refiero solamente al cine… he dicho más de una vez que me resulta raro que se hable como si el artista tuviera más independencia quedándose exclusivamente como artista, cuando la experiencia nos dice que la lucha por la renovación estética se sustenta en convicciones políticas».

Otra vuelta al asunto y caemos en el inicio: las condicionantes, que imprimen el nexo con la sociedad, la necesidad de la crítica y las temáticas en la agenda de los intelectuales que, hoy más que antes, deben ser revolucionarios.

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