Viernes
24 de Mayo de 2019
Sociedad

La bandera «asesina»

Autor: Nemo
Fecha: 20 de Febrero de 2019

Los más jóvenes teníamos 25 años y los otros no pasaban de los 36. Estábamos en aquel teatro, por haber sido escogidos entre muchos dispuestos para cumplir la tarea.

Por esos días las llamas del patriotismo se habían avivado en muchos de nuestros corazones, aunque la frase parezca cursi o un tanto épica.  Se cumplía un aniversario de uno de los hechos más trascendentales de la historia reciente: la victoria de cubanas y cubanos contra la invasión mercenaria por Playa Girón.

Se organizaba un desfile y habíamos sido seleccionados para una acción que no requería tanto esfuerzo personal, o al menos eso pensábamos.

Cerca de donde se desarrollarían los acontecimientos, tres altos edificios desafiaban el paisaje. En los minutos finales del acto, debíamos subir casi 15 pisos hasta la azotea. Allí ondearíamos unas banderas de unos 2 metros de largo, sujetadas por unas varas de madera de unos 2,5 metros de alto.

Éramos alrededor de 100 muchachos. Desde abajo sería todo un espectáculo: un mar de banderas. «Es algo sencillo», decíamos mientras esperábamos en aquellas butacas rojas. Fue entonces que apareció un «político» a explicarnos nuestras funciones.

Antes de continuar la narración, debo aclarar que respeto mucho a los «políticos»; incluso yo, en mis tiempos del pre, desempeñé dicha función. Aunque a veces en el servicio militar son víctimas de burlas y acusados de «solamente dar muela»; su rol es determinante. En una guerra —como también en tiempos de paz— no se trata solo de cumplir misiones; alguien debe explicar, motivar, argumentar el trasfondo ideológico de lo que hacemos; conmover a las personas; ocuparse de aspectos más subjetivos que a veces los jefes pasan por alto; animar a la vanguardia; pensar en quienes conviven con él y ser un puente necesario para satisfacer las necesidades de la gente.

Ahora bien, al desempeñar esa función uno debe tener siempre presente las palabras que utiliza, porque una frase mal hilvana puede ser contraproducente o desencadenar la carcajada en el auditorio. Aquel día entró el «político» al teatro, y luego de destacar lo importante de la actividad político-cultural, hizo énfasis en detalles estratégicos: no podíamos usar los elevadores pues las varas de madera eran muy altas, debíamos subir en silencio por las escaleras y ondear las banderas con fuerza.

«Pero ojo —alertó—, deben tener cuidado. Siempre en los desfiles se cuelga una bandera gigante de cada uno de los edificios que es amarrada con unas sogas muy fuertes. Durante varias décadas, estos amarres solo se han zafado en una ocasión. Aquella vez el viento hizo que la bandera subiera hasta la azotea, tumbando todo lo que encontraba a su paso»; el político hizo una pausa y notó que la premonición del peligro había captado la atención del auditorio.

«Si esto pasara, en el instante en que ustedes están arriba, tienen que tirarse al suelo. Y esperar a que el viento o los compañeros de seguridad bajen la bandera. Tienen que estar muy atentos; no puede suceder que la bandera enrede a uno de ustedes, sople fuerte el viento y los lance para abajo. Eso desluciría la actividad…» —y dándose cuenta inmediatamente de lo mal que se escucharon sus últimas palabras, enfatizó: «…y pondría en peligro sus vidas, que para nosotros sería lo más lamentable».

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